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Colombia, gestionar la paz

sábado 25 de junio de 2016, 08:07h

Sin duda, hay que congratularse por el acuerdo alcanzado entre el Gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Desde que llegó a la presidencia del país Juan Manuel Santos se propuso como uno de sus principales objetivos lograr la paz a través de un proceso de negociación con la guerrilla, algo que ya intentó alguno de sus antecesores en el cargo y que desembocó en fracaso. Estas negociones han sido largas y se han visto jalonadas por no pocos escollos, pensándose incluso en algún momento que las conversaciones iban a dar al traste. Sin embargo, finalmente, Juan Manuel Santos y Rodrigo Londoño, alias “Timochenko”, hoy líder máximo de las FARC, han escenificado con gran parafernalia en La Habana -donde se han celebrado los encuentros y bajo la mirada de Raúl Castro y del secretario general de la ONU-, el acuerdo de un alto el fuego bilateral y sin retroceso.

Un alto el fuego que pone fin al conflicto armado más largo de Hispanoamérica, que en sus más de cincuenta años de existencia ha acarreado un espeluznante saldo de víctimas mortales, heridos, desplazados y desaparecidos y ha impedido que Colombia desarrollara todo su potencial lastrado durante décadas por la criminalidad de la narcoguerrilla de las FARC que, como suele suceder con quienes se proclaman “salvadores”, machacó a los que decía defender y sembró el odio y la destrucción en la nación.

Por eso sin escatimar que este pacto sea un extraordinario y esperemos que irreversible avance en la consecución total de la paz -todavía queda firmar el acuerdo definitivo para el que no hay fecha-, no debemos olvidar que más que nada pone sobre la mesa una hoja de ruta para que los guerrilleros entreguen las armas, comiencen a integrarse en la vida civil y se habilite su participación política. Y mucho menos perder de vista que en los acuerdos alcanzados durante el proceso negociador no deja de haber puntos oscuros o cuando menos ambiguos sobre cómo será esa participación política, y que concesiones han arrancado al Gobierno, y sobre el espinoso asunto de la impunidad -muchos de los dirigentes y miembros de la FARC han cometido delitos de lesa humanidad- que, si bien lógicamente deseosos de paz, inquieta a la mayoría de los colombianos. Si tras este acuerdo de alto el fuego se llega al de la paz definitiva, gestionar esa paz sin olvidar la justicia será un reto de enorme envergadura.
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