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TRIBUNA

Política de maniqueos

domingo 26 de junio de 2016, 21:35h

Maní sufría de ambición universal. La religión que inventó tenía dos principios, la Luz o Bien supremo y la Oscuridad o Mal absoluto. En el pasado, la Oscuridad se apoderó de gran parte de la realidad y, ahora, el presente ofrece una mezcla de luces y sombras, obligándonos a chapotear entre el barro, el humo y las tinieblas. Sin embargo, el futuro está abierto a la razón, la inteligencia y el pensamiento.

Todas las ideologías exigen una creencia previa en su bondad y prometen la consecución del bien de modo mágico, por el poder taumatúrgico de los líderes. En consecuencia, esperan que la feligresía se postre, rendida de esperanza, creyendo a pies juntillas sus añagazas y señuelos.

El maniqueísmo en política triunfa porque siempre crea binomios ontológicos y morales. Así, oímos hablar de izquierda-derecha, lo público-lo privado, el Estado-el mercado, socialistas- neoliberales, la gente-los fachas, etc. Pero, sobre todo, se trata de levantar pasión, emoción sin límites, ilusión en un plus ultra, aunque sea sin norte, mediante el maniqueísmo moral, según el cual, el bien queda de mi parte, mientras el mal eres tú y cuanto representas: izquierda con pedigrí-izquierda sobrevenida, los míos-los fachas, sensatez-populismo. Es el principio “yo estoy bien-tú estás mal”, de cuyo funcionamiento hay descripciones precisas.

El espectáculo que estamos contemplando, en el escenario nacional, es un drama que hace palanca en este principio maniqueo, crea binomios desde el origen, fractura la sociedad y genera odio al otro, concienzuda y sistemáticamente.

Para unos políticos maniqueos, de una parte está la gente, el pueblo, los que sufren y son indefensos; de otra, están los poderosos, los privilegiados, los golfos, la casta corrompida. Aquella pluralidad difusa es la víctima a rescatar, mientras que el enemigo a abatir, el victimario, está muy localizado, si ostenta poder. Uno y otro concepto se zampan al individuo; éste no consta, no hay personalización alguna cuando hablamos de “la gente”, ni de “la casta”. El binomio siembra inquina y oculta que cada ser humano tiene un poder singular, que puede hacerlo autónomo, que la creatividad es inherente a cada quien y que la sociedad se articula a partir del contrato social, decisión libre entre partes, que se reconocen mutuamente.

Otros políticos maniqueos son propietarios de la experiencia, la sabiduría y la sensatez, mientras ven a sus adversarios como bisoños, atolondrados e incautos, pero montaraces. En la dinámica interna entre políticos, el maniqueísmo da saltos de canguro, apoyándose en dos patas, el binomio de la discordia (yo estoy bien-tú estás mal), y la potente cola salvadora (yo resuelvo todos los problemas) que requiere un acto de fe continuado.

Con este armamento, todos los canguros dan saltos en el aire. Ninguno se ve precisado a justificar lo que dice, porque la razón vendrá después, cuando se haga la luz. Ahora, lo importante es salir del chapoteo de la ciénaga de la corrupción y la miseria, salvar al desvalido de la opresión del oligarca, o de la incertidumbre de confiarse a la ineptitud de los pipiolos. Los que están arriba desprecian a los que suben y éstos pretenden bajarle los humos al mercado y entronizar la igualdad estatal.

Maní tuvo éxito ante el vasto océano de la ignorancia del año 527 de los astrónomos de Babilonia. Ni en el ágora ateniense, le hubieran hecho caso. A caballo entre el siglo IV y V de nuestra era, lo resucitó San Agustín; de sus consecuencias no voy a hablar hoy; pero, concédanme que diga que han sido y son funestas.

Al maniqueísmo político le interesa un marco de insolvencia intelectual semejante al del siglo V. No conviene que haya muchas personas adultas, dotadas de sentido crítico, capaces de discernir entre lo verdadero y posible, y lo fastuoso e improbable. Quizás por ello, las Humanidades están siendo desterradas de los planes académicos, sustituidas, pásmense, por I+D+I y, en España, tenemos una reforma educativa cada cuatro años, con las que hemos conseguido un índice de fracaso escolar superlativo. En esto, a salto ahora de cangrejos, vamos aproximándonos al tercer mundo…, de Cromagnon.

Eso poco importa, lo que es preciso es que “la gente” disfrute, que se entretenga en el circo y confíe en el Estado-providencia, que le dará el pan que necesite y socorrerá todas sus necesidades, mientras él va devorando toda la humanidad del hombre y la mujer.

Me explico. El Estado primero arrebata la singularidad de las personas, las convierte en gente, un conglomerado indefinido de seres informes, innominados, una masa acrítica. A continuación, atrofia el afán de superación y la capacidad resolutiva que convierte a cada individuo en un agente de cambio, bajo el señuelo del Estado taumaturgo; es decir, convierte a la masa en pasiva y dependiente. Simultáneamente, el Estado se incauta de la educación, para hacer a todos iguales en adoctrinamiento; esto es, cancela toda posibilidad de disidencia, porque la instrucción será, más que uniforme, única e irrevocable. Ni que decir tiene que los medios de producción, de comunicación y cualquier resorte de poder sólo pueden ser públicos, o depender del poder político, directa o indirectamente.

De esta pretensión participan, en mayor o menor medida, todos los partidos. Ejemplo: el poder judicial, igual que el legislativo, están copados por el poder ejecutivo, desde que éste asesinó a Montesquieu. Tres poderes, uno y trino, que emanan de la dictadura del maniqueo.

Los medios públicos de comunicación obedecen a sus comisarios, bien restringiendo su libertad, bien sobreadaptándose. Los sindicatos son correa de transmisión del maniqueo que los subvenciona y muñe. Y así, las organizaciones no gubernamentales, los grupos mediáticos, los grupos de presión y hasta los equipos deportivos quedan sujetos a las veleidades del maniqueo que detenta el poder, paga y exige contrapartidas.

Frente a este panorama, es necesario reivindicar la dignidad del ser humano, el derecho a ser único e irrepetible, que arranca desde la herencia genética y que cada persona administra, orienta y desarrolla, porque es un sujeto, un agente transformador.

La autonomía de pensamiento, sede de la libertad, sólo se garantiza abriendo autopistas a la curiosidad, dejando que cada persona construya su saber. Por ejemplo, la ILE, a finales del XIX y principios del XX, nos situó en Europa, educó a Ortega y Gasset, Dalí, Buñuel y a toda la Generación del 27, permitió conseguir tres Premio Nobel e influyó en Rey Pastor. No impuso doctrina, ni tenía educación para la ciudadanía, si bien sus alumnos salían ciudadanos educados, libres y dotados de pensamiento propio. ¿Hay algún krausista ejerciente en los equipos maniqueos? Porque la reivindicación profunda no es callejera, debe hacerse en las aulas.

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