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AMISTOSO: BÉLGICA 0 ESPAÑA 2

La España de Lopetegui nace con notable ante Bélgica | 0-2

jueves 01 de septiembre de 2016, 22:35h
Los goles de Silva materializaron un ejercicio de dominio ilusionante.


La decisión más árida de tomar en el cambio de mando de la selección española de fútbol está, con toda probabilidad, por asumirse. La supresión de Iker Casillas de la lista -que algunos todavía leen como extirpación injusta-, revestida de medida semi vinculante, marca la apertura de una nueva etapa. O no tan nueva. Salvo el escrutino meticuloso de matices en la paleta estilística (presión sin pelota, paso a la generación siguiente...), Villar ha apostado por la continuidad del modelo sin comprender que los nombres que sacaron lustre a la historia del combinado nacional ya no resplandecen. Siquiera figuran. La evolución global de ese deporte, tendente al físico y el todocampismo, marca una pauta que España no acepta. El Rey Balduíno acogía este jueves el primer acto de la era post-Del Bosque como el peldaño inicial de un camino que sólo el tiempo definirá como transformación, transición o tozudez. En la trinchera belga se encontraba otro proyecto recién nacido, el asumido por un técnico catalán que ha de uniformar de colectivo a un vestuario tan prometedor que no deja de desencantar. Por todo ello, más que conclusiones el envite trataba de avanzar planteamientos. Esbozos.

 

Roberto Martínez, ese peregrino casi autodidacta que ha ganado el respeto suficiente en el Viejo Continente como para ser el elegido del trono centroeuropeo, debutó ante su nueva hinchada con un sistema que alumbró el intento por entregar cauces equilibrados a la calidad disponible. Witsel y Nainggolan ejercerían como el doble pivote tapón que soltaría el deborde de sus finos y venenosos mediapuntas: Hazard, De Bruyne y Carrasco. El frenético Origi figuraba como punta de lanza -clara intención de morder al espacio y en transición, por esto no alineó a Rommel Lukaku o Benteke- en un equipo cerrado por Courtois bajo palos, la complementaria pareja Alderweireld-Vertonghen y los laterales de amarrado recorrido Meunier y Jordan Lukaku. El guión local, que obvió la planicie futbolística que supone Fellaini buscando fluidez rasante, intentaría empezar a gestionar la fase contemplativa con mayor familiaridad y efectividad para volar en transición. La atención posicional se impondría al debate de la posesión, por lo que los 'diablos rojos', capaces de controlar el ritmo con balón, se examinarían en el necesitado rol pasivo, espectante, como medio para edificar la consistencia ansiada. Quería no britanizar aún más el estilo belga, sino dotar de sentido (y compromiso) táctico a esa frugalidad característica.

 

Julen Lopetegui diseñó en su estreno una tímida maniobra de modificación: mantuvo el sistema (4-3-3) y susurró la profundidad de sus sustituciones con siete nombres repetidos en la Eurocopa. Rodeó a Busquets con Koke y Thiago (por Cesc, no convocado, e Iniesta, lesionado), reprodujo la zaga con Piqué-Ramos, Alba y Carvajal (por Juanfran) y sentó a Nolito por Vitolo en una línea ofensiva sostenida por la creatividad de Silva y la movilidad de Morata. Debía jugarse de manera asimilada con pelota pero radicalmente diversa sin ella. La verticalidad tras recuperación también se incorporaría al libreto, con distinguida atención a la cohesión entre líneas y la vigilancia después de pérdida. La morfología de los peones y de la pizarra no variaban. Crecer con la posesión hasta resultar monopolística y mostrar un nivel de activación defensiva que refrescara la deteriorada pulsión competitiva del combinado nacional constituían el mandato. El atino en el remate no importaría tanto como el volumen de opciones generado y el espesor del ratio de la eficiencia posicional defensiva. Mata, Saúl, Asensio o Alcácer aguardarían la alternativa para ganar la legitimidad adecuada para rebatir las atribuciones asignadas por el preparador vasco.

 

El amistoso, pospuesto por el nubarrón terrorista que aterrorizó Bruselas en el invierno pasado, alzó el telón exponiendo la densidad propia de lo prematuro de ambos planes. Las selecciones enfrentadas respetaron las directrices impuestas desde la banca con rigor, intercalando presiones ambiciosas y repliegues de intensa ejecución táctica en cancha propia. Del primer suspiro salió victoriosa España, que venció en el desafío moral y fue la primera en enlazar aplomo y claridad en el manejo escapisa del cuero para aflojar a la soga rival. Thiago, Busquets, Koke y Silva intercambiaban escaños para nutrir el mando visitante, que fue retrotrayendo la valentía posicional belga hasta provocar la cesión de metros. Se trazó, por tanto, un prólogo de dictado horizontal patrio. Válido para asentar jerarquías en la conversación pero fútil en lo relativo a la profundidad. Bélgica, amaestrada pero no encerrada, se limitó a bascular con afán y tapó las primeras superioridades exteriores y avances centrados españoles gracias a la unión entre sus líneas. Carrasco y Hazard brillarían más en su responsabilidad defensiva antes del descanso y la pelota, de salida, se confirmó rojigualda.

 


El tacticismo siguió imponiendo su plomizo pentagrama y el partido no rompería a espectacular. En ningún caso. Al tiempo que Thiago reclamaba el gobierno del centro del campo saliendo de sitio, disparando la calidad del enfrentamiento y proponiendo verticalidad en plena travesía controladora, Nainngolan y Witsel, los sostenes locales, asomaban subidas posicionales que pretendían coonfluir en presionnes que atragantaran la placidez combinativa española. Hasta seis obreros poblaban la parcela central del terreno, en una línea energética que se pegaba a Busquets y compañía. Buscaba Martínez convulsionar el envite para recuperar cierto protagonismo. La idea era forzar al envío rudo a la primera salida de pelota ibérica y lo consiguió en intervalos concretos antes de la primera media hora, cuando el fuelle y el compromiso de todas las piezas todavía vibraba. Sin embargo, el avance del minutaje le jugaría en contra y la gallardía táctica se tornaría en exposición para que la clase española disfrutara con espacios.

 

Una volea desviada de Thiago a la salida de un saque de esquina y un lanzamiento desvirtuado de Witsel había supuesto toda la producción ofensiva. Morata, decontextualizado por la irregularidad de Silva en el puesto de mediapunta, se retiró lesionado, cabizbajo por la poca participación que, de nuevo, le otorgaba la dinámica estilística prototípica de la campeona del Mundial de 2010, y Diego Costa ocupó su plaza. Pero aceleró el bloque dirigido por Lopetegui ante la subida de líneas local. Vitolo se adhirió a la cal diestra y Alba y Carvajal se añadían a la circulación con intención de localizar rutas de incorporación sorpresivas. Y la argucia funcionaría como desatascador casi instantáneo. España redoblaba su exigencia defensiva a Hazard y Carrasco con la subida de sus laterales y el sistema de Martinez haría aguas. El avance le costaría la erosión de su comodidad contemplativa. Los balones en largo, aéreos o terrestres, se colaban hacia los movimientos de Vitolo, Costa y los carrileros. Uno de ellos, proporcionado por una incursión de Carvajal, abriría la ventana. El madridista leyó el desmarque de Vitolo, que ganó la espalda a la zaga y se anticipó a la salida de Courtois. El extremo canario centró hacia el punto de penalti, donde Diego Costa cedió para que Silva abriera el marcador al filtrar su remate rasante entre los zagueros agolpados -minuto 32-. Había respondido a la expectativa continuista el bloque nacional y se adelantó con justicia.

 

Reaccionó el seleccionado belga con mayor agresividad posicional y mantuvo una mayor asiduidad en su adelantamiento de líneas, favoreciendo, en consecuencia, la fluidez al espacio de los creativos españoles. Silva, Koke y, sobre todo, Thiago engrandecieron su figura para lanzar transiciones que no inquietarían al meta del Chelsea por falta de puntería o precisión en tres cuartos de cancha. No obstante, Hazard sólo destacó para salvar a los suyos al arrebatar el cuero a Carvajal, in extremis, cuando encaraba la portería local. Busquets y la intensidad en la vigilancia visitante cercenaron todo atisbo de contragolpe belga, con especial coordinación en el trabajo de desactivación aérea. España zanjó el primer acto con una superioridad argumental notable, prosiguiendo con el cariz ofensivo en su convicción de juego y muy poco exigida. La silbatina dedicada por la tribuna al prolongado desempeño de achique local encuadró 45 minutos de depauperado espectáculo artístico y excesiva tenaza y respeto táctico. No le estaba bastando al respetable con la concepción que su nuevo seleccionador asoció a este amistoso. Roberto Martínez confirmó que trazó este choque como el primer entrenamiento de altura en los fundamentos colectivos de su plantilla y, en efecto, sucumbía con nitidez ante el buen despliegue español. Los datos (60% de posesión, tres acercamientos a uno) corroboraban el aspecto que dibujaba el paisaje.

El ex entrenador del Everton introdujo a Dembele en el verde, en sustitución de Nainngolan, para intentar cohesionar las intenciones con la práctica, pero el devenir se radicalizaría con la desventaja en el electrónico. No sólo no amainó España en su querencia por dictar el tempo del enfrentamiento sino que, ante la subida de ambición defensiva local, desamarró sus anclajes y aliñó con naturalidad su propuesta combinativa. Silva desbarató su templado nivel hasta gritar liderazgo -reluciente a la ostre como mejor del partido- en la mediapunta y la pelota volaba pintada de rojo en un paréntesis exquisito. Koke, Thiago y Vitolo engrasaban la orquesta mientras que Bélgica atravesaba su peor momento, cada vez más descosida. Con el marcador a favor y su rival padeciendo una inesperada fiscalización a su resabida endeblez mental, la selección nacional resolvió la visita a las primeras de cambio. Courtois emergió, entonces, para sostener la sufrida competitividad de sus compañeros. Desvió al cielo el inaugural cabezazo de Piqué tras una deliciosa falta frontal lanzada por Koke -minuto 48- y tapó un mano a mano a Diego Costa en el enésimo agujero enseñado por la envelesada retaguardia centroeuropea. No conseguiría, impotente, sanar el fallo de Lukaku en el 62 de juego. Las coberturas de la medular local cayeron en desuso y los manos a manos con atacantes españoles le desnudaron. El lateral zurdo, de calamitosa actuación en el baile con Vitolo (decisivo), picó el anzuelo y derribó al sevillista en su área. Silva cerró su rendimiento instaurando el 0-2 al buscar su palo menos natural en el golpeo y engañar al sobresaliente arquero.

 

Con el interés estadístico entendido como un caso cerrado y De Gea envaneciendo, sobrevinieron las sustituciones. Bartra, Azpilicueta, Saúl, Lucas Vázquez y Sergi Roberto suplieron a Piqué, Alba, Silva, Vitolo y Carvajal antes del desenlace para repartir resuello e implicación. Martínez incluyó en la ennegrecida fórmula de su estructura a Rommel Lukaku, con la pretensión de introducir el modelo de balón largo al tanque del Everton como prioridad despertadora del marasmo de sus pupilos. Origi abandonó el césped inédito, muy inferior en el cuerpeo que habría desahogado el esfuerzo de cierre continuo de su selección. Por el contrario, nada se movería para rebatir la trayectoria de la trama. Hazard y De Bruyne no se despegarían entre líneas ni significarían una amenaza creíble, aislados de sus compañeros en fase de elaboración. Martínez pagaría la tosquedad de su doble pivote y sus astros se victimizarían. Incluso Diego Costa encontró su lugar en las hectáreas por recorrer a la espalda del grugere belga.

 

Con una relación de 9-1 en ocasiones gestadas, De Bruyne promocionó la estirada de De Gea -minuto 82- con un chut compacto desde la frontal. Repetiría intento, esta vez fuera de palos, en el postrero despertar belga, ya sin tensión, de los últimos diez minutos. El crepúsculo de la batalla no superaría lo plomizo y la charla se tornaría insulsa entre imprecisiones, escaramuzas locales y el cierre templado que la posesión española quiso para el duelo. Mirallas por Carrasco y Defour en sustitución del pitado interior estrella del Manchester City no alcanzaron a matizar la sensación de sintonía que ofreció la ejecución coral nacional. Debutó con firmeza y sobriedad el escuadrón de Lopetegui, a pesar de la intermitencia en la rutilancia en el cortejo del esférico de piezas que deben ser troncales como Koke y Thiago. El mejor síntoma, sin duda, arribó desde la cueva. Ramos y Piqué se vieron abrigados por el colectivo para, desde el equilibrio, gozar del estatus determinante de la calidad. Pulgadas relevantes sin pelota alzan las pulsaciones y optimismo de la selección antes de su estreno en la fase clasificatoria del Mundial 2018. Este balance es, con exactitud, el deseado por un Roberto Martínez que este jueves afianzó la percepción del grosor del trabajo por hacer. Duró menos de lo deseable el orden de su seleccionado y quedó suspendido para que el engranaje español le etiquetara de víctima. La probatura del nuevo patrón terminó en paseo.



Ficha técnica:
0 - Bélgica:
Courtois; Meunier, Alderweireld, Vertonghen, Jordan Lukaku; Nainggolan (Dembélé, m.46), Witsel; De Bruyne (Defour, m.87), Carrasco (Mirallas, m.77), Hazard; y Origi (Romelu Lukaku, m.67).
2 - España:
De Gea; Carvajal (Sergi Roberto, m.85), Piqué (Bartra, m.59), Sergio Ramos, Jordi Alba (Azpilicueta, m.59); Busquets, Koke, Thiago; Vitolo (Saúl, m.75), Silva (Lucas Vázquez, m.75) y Morata (Diego Costa, m.27).
Goles:
0-1, m.33: Silva. 0-2, m.62: Silva, de penalti.
Árbitro:
Benoit Bastien (Francia).
Incidencias:
encuentro amistoso disputado en el estadio Rey Balduino de Bruselas ante unos 38.000 espectadores.
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