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CRÍTICA DE ÓPERA

Otello, el holgado triunfo de la maldad

viernes 16 de septiembre de 2016, 08:31h
El coliseo madrileño ha inaugurado este jueves con Otello su temporada de ópera, un estreno de gala presidido por Sus Majestades los Reyes en el que ha brillado de forma especial el Coro Titular del Teatro Real.
Otello, el holgado triunfo de la maldad
El foyer del teatro de la Plaza de Oriente recibía anoche a su público, después de la pausa estival, engalanado con cascadas de flores color escarlata, vestido de gala para celebrar el primer estreno de la temporada 2016-2017, pórtico de entrada – como lo calificaba el Presidente del Patronato del Real, Gregorio Marañón, durante la presentación a la prensa de esta nueva producción de Otello – a la que será la temporada de celebración del Bicentenario del coliseo madrileño.

Poco más tarde, ya en el escenario, la oscura noche de feroz tormenta con la que la penúltima ópera de Giuseppe Verdi da comienzo a la acción dramática basada en la obra de William Shakespeare se veía desde el principio iluminada por las voces del Coro Titular del Teatro Real, el más premiado por el público en la velada de anoche, capaz de “competir” con las notas en exceso elevadas que llegaban desde el foso. Un foso, que bajo la batuta de Renato Palumbo se veía en esta ocasión privado del premio de una parte del público, claramente dividido ya en el inicio del tercer acto a la hora de aplaudir o protestar al maestro italiano, conocido en el Real por su dirección en Les Huguenots, La Traviata y Tosca. Una protesta que iban a recibir igualmente, incluso incrementada, el responsable de la escena, David Alden, y el resto de su equipo: el escenógrafo y figurinista Jon Morrell, así como el iluminador Adam Silverman, a pesar de que haya sido la iluminación y su correspondiente juego de sombras lo que otorgaba cierto movimiento a una escena que se antojaba fría y rígida, extrañamente simplista, que no ayudaba, como tampoco lo hacía la dirección actoral, a crear la atmósfera de tragedia inevitable que ha de acompañar esta historia de anunciada derrota del bien frente al mal.

En la obra que Arrigo Boito adaptó para esta ópera, Shakespeare exhibe con maestría la facilidad con la que el pérfido Yago puede derrotar al héroe, a Otelo, ese vencedor a quien aclama el pueblo y ama la dulce Desdémona. Más que derrotarlo, lo que consigue con inusitada comodidad Yago, convertido en arquetipo del mal, es destruirlo. Y es tal el calibre de la tragedia a la que conduce dicha destrucción, tanta la profundidad de sus personajes, que Verdi, admirador confeso del escritor británico, acabó mordiendo el anzuelo que su editor Giulio Ricordi había echado en la creatividad sin límites del compositor de Busseto. Porque al editor de la mítica Casa Ricordi no le cabía en la cabeza que su compositor estrella decidiera retirarse cuando, a su juicio, aún tenía tanto que ofrecer al público y, por supuesto, a los bolsillos de su editor. Aunque el propio Verdi estuviera convencido de lo contrario.

Después del estreno de Aída en El Cairo, alcanzada la fama y la riqueza a los 58 años, Verdi anunció que daba por finalizada su carrera de compositor y su vida mundana para retirarse a su villa de Sant’Agata en la localidad que lo había visto nacer. Por fortuna, Ricordi tenía otros planes, y desde que se hizo pública la noticia de que Verdi se encontraba trabajando en una nueva ópera, el estreno de Otelo – tuvo lugar en la Scala el 5 de febrero de 1887 - se convirtió en el más esperado. Su éxito, rotundo. Desde la primera noche. Igual que ocurrió poco después en Londres, tierra de Shakespeare y, por lo tanto, poco dispuesta a hacer concesiones cuando de su literato más famoso se trata. El escritor irlandés George Bernard Shaw, que ejercía de crítico musical en el periódico Star, dijo sobre el estreno de la ópera de Verdi: “Pensábamos que era una ópera italiana escrita al estilo de Shakespeare, y es una ópera escrita por Shakespeare al estilo de la ópera italiana”.

El libreto de Boito profundiza aún más en la psicología de los personajes y lleva al límite lo que caracteriza a cada uno de ellos, igual que hace la intensidad de una partitura de asombroso dramatismo. Yago, convertido ya por Shakespeare en modelo de la maldad humana, tiene momentos de verdadera recreación en lo que es y en lo que hace. Su “credo” al inicio del segundo acto, en el que el personaje confiesa su fe en un Dios cruel, demuestra que va a disfrutar, sin grietas para que se filtre ningún tipo de arrepentimiento, del engaño que llevará hasta el asesinato de Desdémona a manos de su amado Otelo y, finalmente, al suicidio de este último. El barítono George Petean se mete de forma convincente en la piel de Yago para demostrarnos lo rápido que puede crecer la semilla de los celos en quien se encuentra predispuesto a padecer dicha “enfermedad”. Basta encender la mecha, para que quien se siente inseguro, indigno de lo que tiene, acabe por destruirlo por sí mismo. Porque el amor, al contrario de lo que solemos creer, adolece de una espeluznante fragilidad.

El amor de Otelo y Desdémona se quiebra de forma tan brusca, tan descabellada, que de pronto se convierten en dos seres que no se reconocen. El héroe, interpretado por un Gregory Kunde que crece vocal y actoralmente mientras su personaje se autodestruye, se presenta a los ojos de su mujer, a quien da vida la elegante y solvente Ermonela Jaho, como un auténtico desconocido. Quien tanto la amó, ya la ha juzgado sin escucharla, sin darle la mínima oportunidad de demostrar su inocencia, para terminar matándola con sus propias manos. Una Desdémona perdida que la soprano albanesa encuentra desde el principio de su interpretación, con la que ha cosechado el mayor número de aplausos dedicados anoche a las voces solistas.
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