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TRIBUNA

Manifiesto blanco de Sitges (II)

Jorge Casesmeiro Roger
sábado 01 de octubre de 2016, 19:55h

Decía que a la Subur no le sienta bien el azufre del amarillismo. Entiéndase. El amarillo, tercer color del espectro solar, es imperial y alegre. Pero también concita, como recuerda Pastoureau, todos los atributos de la infamia. Por eso es que prefiero, para mi amada Sitges, la universal concordia de su tradición blanca. La que no tiene miedo de mi lengua española. Pues sabe bien que no le traigo minas, ni bombas, ni esputos de galeras o veintisiete barcos castellanos.

Que tu mar es el mío, Sitges, paloma de las villas (Pardo Bazán), cuerpo gracioso y calles de espuma (Ganivet), La Florida de España (Juan Ramón Jiménez), cascabel del Mediterráneo (Gómez de la Serna), Blanco refugio (Diego Ruiz), museo abierto a orillas del mar (Cela), jugoso y poético Sitges cristalizado ante el agua maquillada y blanda (Joaquín Calvo Sotelo).

Esta tropa te traigo, Sitges. A ti que eres “una de les coses mes civilitzades, mes amables y de mes bona qualitat que podem oferir a les persones de fora” (Josep Mª de Segarra). A ti, Sitges, Babel donde toda singularidad tiene su asiento (Avel·lí Artís). Como en ese pequeño universo que fue tu Chiringuito a mediados del XX. Cuyo muro aun celebra, en mestiza barreja o mezcla, que por allí pasaron escritores y artistas como Mingote, Masoliver, Clarasó, Guillermo Díaz-Plaja, Durancamps, Ignacio Agustí Peypoch, Baltasar Porcel, Eugenio d’Ors, Pere Pruna, Lázaro Carreter; hasta Chesterton, que escribió en 1928: “Barcelona es el pueblo más sucio de Europa, y Sitges la ciudad más limpia del mundo”.

Y González-Ruano, claro, currando a moja de tintero sus artículos para La Vanguardia Española, y esa docena de libros que dio a luz durante los cuatro años que residió en tu mar. El mismo mar que acogió por entonces el exilio interior de la heterodoxa poetisa Ana María Cagigal; que ambientó entre tus calles su única novela, Leña húmeda, publicada en 1946 con prólogo de Ruano, que tenía el reloj blando y llegaba a todo.

Como llegó en 1944 a la inauguración de tu primera sala de exposiciones con librería. O a esa tertulia germinal de la revista Antología de Sitges (1950-55), fundada luego por el grupo de Ramón Planas con la misión de que otros recintos de España oyeran el pedigrí de tu voz y tus noticias de refinado ensueño: evocaciones de los universitarios de Yale y Cambridge que pasaban por tus magníficos cursos de verano para extranjeros, los poemas herméticos de Cirlot; o la reproducción inédita de “Quant és d’antiga la vila de Sitges”, el segundo capítulo de la Noticia universal de la vila de Sitges (1670) de fray Angel Vidal. ¿Te acuerdas, exótica Subur, colonia bohemia de posguerra, Cartago menor de la Espanya Tarraconense?

Como de fuera y exótica fuiste cuando los modernistas. Forastera en ti misma. Rara. De frecuencia infrecuente. Pues raro era Miquel Utrillo, vestido a la inglesa mientras diseñaba el Pueblo Español de Montjuic. O esa presentación dramatizada del Monumento al Greco, con discurso de Salmerón y Ganivet al fondo. O Rusiñol junto al piano del Cau, escuchando a su amigo Falla componer partes del Amor brujo y de Noches en los jardines de España. Y luego Rusiñol, de sinfonía plástica por esos mismos patios, se enamora de las fresas de Aranjuez y allí se nos queda. Pero eso fue después de que tu ínclito Espalter i Rull fuese nombrado pintor de la Real Casa; la del palacio al que otro suburense, llamado Bacardí, mandaba ese ron suyo capaz de satisfacer el paladar de la Corte y de la elite del Imperio.

Madrigal de concordia

A los de fuera, Sitges. A esos de fuera que en tu espíritu anidan y por ti beben vientos. A los tuyos de fuera. Porque tus piedras sagradas, que conocen la piqueta de guerras y revoluciones, también tienen los ojos abiertos a la realidad efectiva del amor. Y saben, como Salamanca, que si ira odium generat, concordia nutrit amorem.

Levanta pues, la vista, pueblo de Sitges, como esa virgencita tuya del Vinyet, que tiene los pies agudos, y es morenita de cara y mira lejos (Narcís Camós). Levanta y mira, con ojos limpios de madrigal sereno, a este tu huésped que te habla en castellano. Ojos dulces, piadosos… No tormentos rabiosos, porque no parezcáis menos hermosos.

Pero si en vez del madrigal que te he ofrecido, del sevillano Gutierre de Cetina, prefieres conjugar otro en tu lengua catalana, deja que te acompañe por el labio del mar hasta la iglesia parroquial de Santa Tecla. Que allí, en el recodo exterior de su muro norte, hay un plafón ya viejo, con versos de 1925 de finísima factura, que en 1991 todavía modelaban, según Ventura Sella: “El text poètic mes conegut dedicat a nostre vila, i que tots els escolars sitgetans han après a les escoles”. Me refiero, obviamente, a la malvasía lírica del Madrigal a Sitges de Josep Carner:

“Oh Sitges, cel i callitges, / mar al peu, clavells al niu, / blanc d’Espanya que enlluerna / les espurnes de l’estiu (…).

Apretemos nuestras oraciones para que no haya olvido. Para que sigas siendo, Sitges Blanco de España, un pueblecito del Garraf cuya mirada limita al Este con las Indias de los Virreyes, al Oeste con las costas romanas y las islas griegas, al Sur con Andalucía y Marruecos y al Norte con la Marie de Montmartre.

Todo un cuadrante para perderse. Arriésguese el paisano, de vez en cuando, a este turbador planisferio que nos legó Don César González-Ruano, marqués o príncipe de cronistas. Fue atesorado en piedra hace cuarenta años, y hace dos corroído por el orín y la polilla. Pero su voz perdura en Huésped del mar. Noticia y sueño de Sitges, mirífico ensayo lacrado en 1945 con la antigua enseña sitgetana de La Xarmada.

Y lectura deleitosa, a pesar de que Ruano sacrificó en esta obra –caso inaudito–, su lógica tentación por el lucimiento literario. Pero así debía ser. Pues como dijo él mismo: “Mi contribución de amor a Sitges es precisamente este librejo sin literatura, sin éxito personal, para que se luzca ella y no yo”. Léalo, por lo tanto, el suburense, que es amor verdadero de un canalla de los grandes. Léalo y pregúntese con su autor: ¿Dónde está Sitges? ¿De dónde es todo esto, villa señora, circe o sirena? Y verá que decir por qué nación está habitada su ciudad, no es cosa fácil de poner en claro.

Aunque también comprendo a los que, en esta época nueva y de una intensidad poética imprevista, prefieren recogerse en el moisés de su pequeña república. ¡Cómo echarle a nadie en cara que no se atreva a vivir en el problema de España, cuando uno ha comprendido que esta empresa requiere tanto valor como atreverse a morir de cara al misterio!

Nota bene

Memoria de un estudiante inglés sobre su estancia en Sitges durante la universidad de verano de 1950: “A moon, a street, a beach? The impressions lie tangled in the mind, as none as yet can be selected as typical of the experience of the visit. One searches for that wich is the key to this new world, but too many present themselves and there is no central point. Some day it will have boiled down and the name ‘Sitges’ will immediately evoke one essential image, one atmosphere, but now this is not possible. The moon, the street and the beach are confused together (…) But impressions? Brilliant color, colorful people, colorful sea and beach, colorful streets and all populated by a clamor that is itself colorful. / Pinturesque, noisy and underneath pride. A glorious pride in Spain and all that is Spanish. It exists everywhere but is for the most part unspoken, a great underlying force that is expressed in the dignity and elegance of the Spanish people”.

W. M. Wearne, Antología de Sitges, nº 1, diciembre de 1950, pp. 27 y 28.

Jorge Casesmeiro Roger

Licenciado en Pedagogía y en Periodismo

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