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DESDE ULTRAMAR

Panamá: Murió Noriega, el “Cara’epiña”

Marcos Marín Amezcua
martes 30 de mayo de 2017, 20:06h

A última hora del martes 29 de mayo de 2017 en América, supimos que ha muerto Manuel Antonio Noriega, apodado el “Caradepiña” o “Cara’epiña” para decirlo en el sonido local. Quien fuera el polémico “hombre fuerte” de Panamá en los ochenta, que se enfrentó a sus padrinos, los Estados Unidos, sin los cuales no se entiende su existencia, que estuvo a punto de descarrilar los Tratados Torrijos-Carter, haciendo así involuntariamente el trabajo sucio de los yanquis y que nos hizo pensar que prometía pudrirse en un calabozo de Miami y al final no fue así y a nada estuvo de darle la vuelta a la Historia. De inmediato corrió la noticia como reguero de pólvora, rememorando aquellos días en que su figura llenaba portadas y encabezados retadores.

De cacarizo rostro, por las secuelas que le dejó la viruela, el “Cara de piña” era ese personaje feo, poco agraciado, prohijado por Torrijos, que usaba chaquetones con la bandera panameña dibujada –un tanto kitsch, hay que decirlo– que se hizo familiar. Llenaba nuestras pantallas del televisor a diario, vociferante, volteando bandera a los Estados Unidos, confrontándolos, y que era lo más grotesco que vimos hasta entonces, solo superado cuando llegó Hugo Chávez. Porque fue insuperable en ese rubro el comandante Chávez. Pero esa es otra historia. Al toro. Que se ha muerto Noriega.

Más que un dictador, porque apenas si ocupó la presidencia panameña, siendo proclamado como una suerte de jefe de gobierno al final, fue un mandamás con la Guardia Nacional de su lado, cuya figura no se entiende si no es por el padrinazgo estadounidense heredado de los tiempos de la Guerra Fría, del intervencionismo militar yanqui en la región centroamericana y prohijando a la escoria más nutrida, proyanqui y educada en las instalaciones militares estadounidenses. Hasta que Noriega fue sospechoso de no impedir el cumplimiento de los Tratados Torrijos- Carter de 1977 –que devolvían el Canal de Panamá a su patria, arrancándole a Washington la ventajosa y grosera perpetuidad que aprovechados, se agenciaron en 1903 a la fuerza y presionando a los panameños– y fue más sencillo acusarlo de todo para justificar hacerlo a un lado, a costillas de una invasión estadounidense –una más en la dilatada historia panameña–.

Siempre se dijo que EE.UU. era renuente a marcharse del Canal y a sacar a su esbirro, el Comando Sur, de tal sitio. Una dependencia que permitía amedrentar a los países de la región. Se afirmaba que Noriega al final hubiera impedido el incumplimiento. Pero es verdad que faltaban 10 años para que sucediera y acabó sucediendo la entrega del Canal de Panamá a los panameños (1999). El colofón de los Tratados Torrijos-Carter fue la misteriosa muerte del general Torrijos y costarle a Carter la reelección en 1980, sumándole errores cometidos en otras latitudes. Sus malquerientes no les perdonaron semejante acto.

El deceso de Noriega me trajo el recuerdo de los noticieros mexicanos que puntualmente daban cuenta de sus andanzas a finales de los años ochenta. Años convulsos prestando a Panamá de base militar azuzando las guerras centroamericanas en el trajín de tropas y oscuros intereses estadounidenses en la región, con Washington metido en todas. El Canal utilizado para esos fines desestabilizadores partía a la república istmeña en dos y delineaba la zona canalera con las siglas EUA, marcando la propiedad del sitio. Años en que Chayanne cantaba una hipócrita canción, “Fiesta en América”, en que despistado argüía sin señalar causantes: “hoy corren malos tiempos…la guerra y la mentira no parecen terminar…” como si de la nada y sin causa real existiera y argüía que la fiesta brotó de no se sabe dónde. Vomitiva ante la realidad centroamericana.

Años en que a diario se incrementaban escenas de panameños seguidores de un Noriega azuzándolos, que poco a poco exigían la salida estadounidense, que hace presumir las dudas de que sucedería, clamando por el boicot a EE.UU. y vimos la crisis política de las elecciones de 1989, desconocidas por Noriega pasando velozmente de ser el hijo prodigo a uno malcriado no aguantado en la Washington de la frívola era Reagan. Menuda “fiesta” la de Chayanne, ya se ve.

Bajo la amenaza de una invasión que al final se produjo el 19 de diciembre de 1989 –como en invasiones anteriores desde que Estados Unidos ambicionó el istmo y un canal interoceánico– y con el cercano precedente de Granada de 1983, ensombreciendo el panorama, las acusaciones a Noriega por narcotráfico –al inicio del lacerante asunto causado por la demanda de droga de Estados Unidos, que ha ensangrentado la América Latina– y mientras la desestabilización del istmo centroamericano persistía, Panamá fue la sede en la isla Contadora de un esfuerzo titánico y eficaz de los países vecinos de Centroamérica para frenar el intervencionismo yanqui dañino en grado superlativo y no con pocas resistencias a la tarea diplomática impulsada por México con la colaboración de Colombia, Panamá y Venezuela creando el Grupo Contadora, un detonante mayúsculo de la integración iberoamericana. Paradójico sin duda en tiempos de Noriega.

La del 89 fue la última invasión de Estados Unidos a un país de la región en la mejor tradición del Gran Garrote. Fue el corolario de un año convulso y clave en el siglo XX. Acusado de narcotraficante y chivato redivivo de Washington, y hoy se sostiene que amigo de la URSS, confrontando con Bush padre, harto de tanta insolencia de su antiguo cómplice, Noriega debió ser bien conocido en los subterráneos en que se movían ambos. Invasión injusta, desigual en su saldo de muertos y heridos para los panameños, con la inservible OEA de por medio, con escenas peripatéticas como la del títere Guillermo Endara asumiendo la presidencia de la independiente (e invadida) república panameña en un barco de bandera estadounidense, como los Tratados Buneau-Varilla que le dieron nacimiento a ella y solo equiparable la escena aborrecible y repugnante del salvadoreño José Napoleón Duarte besando la bandera yanqui en su visita a Washington. Y el arrebato de los sitiales a los embajadores panameños de Noriega por los de Endara en la OEA y la ONU, echándolos. Para la anécdota.

Noriega se refugió en la nunciatura apostólica en Ciudad de Panamá, metiendo en un brete a la Santa Sede. Llamadas entre Washington y El Vaticano hacen ver que fueron Reagan y (san) Juan Pablo II los negociadores de la cabeza del general Noriega, rodeada la sede diplomática con tanques estadounidenses que torturaban a sus ocupantes con música de “vomito nuclear”. Trasladado a Miami tras de entregarse, capturado como una vil rata, Noriega fue extraditado a Francia años después y regresó a Panamá a purgar sus cuentas pendientes. Recién fue excarcelado para someterlo a una cirugía cerebral. A saber si fue el resultado de las torturas recibidas en Estados Unidos. Mas vivió para ver la devolución del Canal, el traslado del Comando a Sur a Miami, sobreviviéndole Bush, pero no Endara. Así se escribe la Historia y esperemos que esta grotesca de cabo a rabo, no se repita. Por lo pronto me parece que Noriega al final, venció. A saber.

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