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TRIBUNA

Doxa o episteme: Doxa para imaginar cosas chingonas

Diana Plaza Martín
sábado 14 de julio de 2018, 19:27h

Creencia o ciencia. Opinión o verdad. En el mundo hay muchos binarismos que ya no funcionan, aunque se sigan enunciando de forma repetida como en el caso de este artículo. A este rescate del mundo binario e inoperante me ha llevado la charla sostenida el pasado miércoles 9 de julio en las instalaciones del Instituto Ortega y Gasset en México con la Directora General de la empresa encuestadora Enkoll, Heidi Osuna, acerca del papel de las encuestas electorales en el reciente proceso electoral mexicano.

En mencionada conversación, y tras conocer el informe de dicha empresa, la pregunta fue ¿por qué conociendo esos datos las opciones políticas que no iban a la cabeza actuaron de esa forma? Es decir, ¿por qué a sabiendas de que todas las encuestadoras serias que operaron en el país durante la campaña electoral obtenían en sus estudios repetidamente un claro primer lugar, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), que además se afianzaba en el avance del proceso electoral, no ajustaron sus campañas? Es más ¿a qué responde que trataran de conseguir votos con estrategias que los resultados de las encuestas no apoyaban?

A todos los cuestionamientos se podría responder por la mayor: las encuestas fallan, lo acabamos de ver en procesos electorales recientes como el Brexit y Trump. Así mismo, al segundo se podría argumentar que en política no puedes decir que tu opción no es la puntera, ya que la ciudadanía se desincentiva si su caballo no es el ganador. No obstante, considero que no atender a los datos menores, esos que se utilizan para cruzar y comprender el sentido del importante, se cometió un grave error que, tal vez, hubiera evitado que el “tsunami Morena” barriera la costa.

Pareciera que al desoír los datos de las encuestas los partidos y candidatos del segundo lugar estaban, como dijo uno de los más célebres futbolistas de la selección mexicana, Javier “el Chicharito” Hernández, “imaginando cosas chingonas” (frase que se convirtió en trending topic con el #ImaginemosCosasChingonas). En ese momento, el futbolista se refería a la posibilidad de que México ganara la Copa del Mundo, algo que es difícil siendo una selección que nunca ha pasado al quinto partido, y los candidatos, entiendo, soñaban con que las encuestas se equivocasen y hubiera fenómenos operando como el “voto oculto al PRI”, a pesar de que el 51% de los ciudadanos tenía claro que lo no quería era que ganara ese partido y mucho más lejano, con un 12.6%, que no ganará AMLO.

No obstante, a pesar de ese escaso 12.6%, las dos opciones que iban a la zaga basaron su estrategia en la ya desgastada campaña del miedo; emoción a la que también apelaron de forma indirecta al pedir que, a pesar de votar AMLO, al menos no lo hicieran en las Cámaras para tener así un contrapeso. Este argumento, que en un principio puede ser saludable, como lo es la alternancia en el poder, no parece que case mucho en unos comicios en los que desde el inicio se había detectado “un deseo transversal de cambio” que implicaba un “deseo de cambio sin continuidad”. Así mismo, tampoco parece muy lógico votar por un programa de gobierno y al unísono votar para bloquearlo. Sentido en el que respondía la ciudadanía con un 45.1% a favor de que el presidente obtuviera la mayoría en las cámaras de representación.

Otro de los recursos utilizados para tratar de sumar voluntades, fue la apelación al “voto útil”, lo que ateniéndonos a la elocuente cifra que decía que el 67.6% población no sabía a qué se referían con ese término, tampoco pareciera ser una opción muy acertada.

Retomando el titular de este texto, pareciera que los partidos políticos no han confiada en la episteme y lo han hecho en la creencia de que, como en anteriores ocasiones, el Partido Revolucionario Institucional “a la mera hora”, es decir, en el último minuto, iba a hacer efectivo su “voto duro”, así como conseguiría movilizar al conseguido con la tradicional compra y coacción del voto.

No obstante, las empresas encuestadoras han reivindicado en México su papel empírico y no sólo con datos como la tendencia del voto, sino con la interpretación de los mismos y el cruce de variables que les ha permitido concluir que “los números eran claros, había un puntero pero, ¿esto se iba a mantener al llegar a las urnas? La respuesta era sí, y lo sabíamos porque acompañando a las tendencias numéricas, habían fenómenos de opinión y sentir generalizado.” Hecho por el que, según el informe de Enkoll en el que hemos basado este artículo, las elecciones se dieron desde el inicio en un escenario “carente de competencia” en el que “los candidatos que iban en segundo lugar no sólo no supieron proponer un cambio al nivel del capitalizado por AMLO, sino que se centraron en descalificar al puntero en lugar de posicionar sus propuestas”. Es decir, y como se dijo en repetidas ocasiones, sobre todo tras los debates presidenciales, la ciudadanía estaba ávida de propuestas y no las encontró.

Por último, señalaré el número que confirma la buena salud de uno de los rasgos centrales de la cultura política mexicana, la confianza en el líder que salvará la patria, ya que con un 78.2% los ciudadanos afirmaron votar por el candidato más que por el partido, porcentaje que es aún mayor en la franja millenials 80.1%, es decir, entre aquellos que difícilmente pueden tener miedo de que AMLO gobierne como los antiguos priistas a lo que apenas tuvieron el gusto de conocer y a los que muchos analistas no se cansaron en remitir con el fantasma de la crisis del 85.

En conclusión, creo que imaginar cosas chingonas es algo saludable pero, tal vez, si te estás jugando una elección presidencial es recomendable escuchar a la ciencia para que sucedan.

Diana Plaza Martín

Coordinadora Maestría en Relaciones Internacionales Instituto Ortega y Gasset México

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