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AL PASO

Ideas para Catalunya

Juan José Solozábal
martes 26 de noviembre de 2019, 20:07h

Nos hemos juntado en una limpia mañana de invierno madrileña, este pasado domingo, en el Circulo Bellas Artes, y por iniciativa del club Matador, convocados por Alberto Anaut y Antonio Lucio, unas cuantas voces para hablar de Cataluña. Me llega el turno tras las intervenciones del historiador José Ruiz-Domènec y el filósofo Javier Gomá. Ruiz-Domenèc explora un tema bien interesante que es el de la difícil relación entre el nacionalismo y la historia. El nacionalismo busca el reconocimiento y la protección de la comunidad en la continuidad inmemorial de ésta. Pero la historia de las naciones, si se mira honestamente, no confirma siempre una experiencia de extrañamiento o explotación que es la que necesita el argumentario del nacionalismo, sino muchas veces, una experiencia de integración y armonía, aunque con tensiones, claro, en una estructura política compartida, y no necesariamente en posición hegemónica. Ante esta situación los ideólogos nacionalistas no renuncian a los títulos de legitimación de la historia sino que recurren a la tergiversación o invención de esta.

Javier Gomá, que es un filósofo moral y que además tiene una envidiable formación jurídica, hace dos valiosas anotaciones. Primero, insiste en la imposibilidad de la independencia contra la que se conjugan diversos elementos, de naturaleza histórica, jurídica y económica que son de remota superación: sencillamente no es el momento. Y en segundo lugar, y contra una inteligente provocación de Angeles González-Sinde, realiza una defensa, frente a la fiebre emocional y la excitación del nacionalismo(el tremolar de banderas y la euforia de los cantos patrióticos) de la tranquilidad y aun el aburrimiento de las sociedades maduras y deseables. Gomá hace una apuesta por lo que podríamos llamar sociedades sin énfasis, donde el poder público pasa a un segundo plano, renuncia a señalar objetivos o propuestas de redención nacional, y deja que los ciudadanos se busquen la vida y se dediquen simplemente a sus asuntos.

Cuando me llega mi turno remoloneo un poco. No deja de ser un poco osado en el momento actual atreverse a dar un paso y presentar sobre el asunto tan grave que nos ocupa algunas ideas: lo hago consciente de la insuficiencia de estas y de su provisionalidad: valdrán si se añaden a una discusión o diálogo, necesariamente abierto y plural. Ocurre además que albergo dudas sobre la coveniencia de mi aportación, a pesar de su carácter propositivo y la cordialidad con Cataluña que la inspira. Muchas veces no dejamos de mirar adustamente el problema catalán, lo que es inevitable. Me acuerdo en estos momentos de la teóloga irlandesa Karen Armstrong, cuando relataba el agradecimiento de su auditorio musulmán en Pakistán porque en ella habían encontrado alguien que les hablaba desde la cordialidad y no desde la sospecha o el desdén con que se suele considerar por los cristianos a los creyentes musulmanes.

Ocupo el grueso de mi intervención en desgranar las propuestas a Cataluña que veo convenientes y que están inspiradas en lo que podríamos llamar federalismo identitario, esto es, reforma federal y catalanismo, según planteamientos que conoce el lector de este Cuaderno, y que he desarrollado aquí tantas veces, lo que me excusa ahora de su relato. Pero advierto que la consideración de este plan para Cataluña no puede eximirme de formular dos graves objeciones contra el independentismo (ante el nacionalismo nada hay que oponer a mi juicio) desde una óptica constitucional.

Vivimos en una innegable situación de anomalía obviamente en Cataluña, pero que trasciende al funcionamiento de nuestra democracia en su conjunto, que se resiste a las categorías acostumbradas del análisis constitucional, constatando una vulneración o quebrantamiento concretos, o incluso un cambio no expreso, esto es, una mutación constitucional, pero no la situación de un territorio en el que no rige la Constitución. Como puede ver cualquier observador estamos ante una crisis que tiene lugar en el plano de la legalidad, en cuanto se desobedece el orden jurídico positivo constitucional y estatutario establecido; pero también en el plano de la legitimidad, en cuanto la desobediencia deriva de una falta de reconocimiento del orden político, que es objeto de un rechazo de fondo o absoluto. Obvio es decir que esta avería constitucional dificulta notablemente la actuación del sistema político e incide en las posibilidades de nuestro protagonismo internacional, comenzando por Europa.

Los perjuicios causados al sistema constitucional deberían poner al independentismo ante el espejo. Llevamos dos siglos intentando construir en España un Estado que haga posible la conjugación del orden y la libertad. No lo hemos podido lograr: lo han impedido, primero la reacción del ejército y la Iglesia, en el siglo XIX; luego el enconamiento social y el levantamiento militar, en el siglo XX . Es triste que nuestra democracia constitucional, al final instalada, sea cuestionada en sus cimientos por una crisis territorial no suficientemente justificada.

La crisis catalana ha tenido, en fin, otra consecuencia, que considero muy regresiva y que podríamos caracterizar como la huida hacia el derecho natural: se desobedece el derecho positivo, que obviamente comienza por la Constitución, y se abraza un conjunto de valores criterios y principios integrantes de una esfera ética o lógica que esta fuera y sobre el derecho positivo vigente. Como no puede ser de otro modo, esta contraposición es rechazable pues señala un regreso al iusnaturalismo que conduce a la arbitrariedad y la injusticia. Admitir que lo que Constitución diga o signifique, según la autorizada interpretación de los tribunales, comenzando naturalmente por el Tribunal Constitucional, puede ser desobedecido, supone volver al horizonte del antiguo régimen o de los sistemas totalitarios, donde el ejercicio del poder se basa exclusivamente en el capricho del gobernante o el empleo de la fuerza. Puesto más claro: sin derecho no hay derechos. Así, la cuestión en un Estado de derecho no es si una sentencia es justa (al condenado o sus seguidores siempre les parecerá que no), sino si lo es el proceso del que trae causa la sentencia, esto es, si, conforme al ordenamiento vigente, tal proceso es regular.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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