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ORIENT EXPRESS

Derribar monumentos

domingo 21 de junio de 2020, 20:08h

Los grupos violentos que derriban monumentos en los Estados Unidos se alimentan del pensamiento identitario que ha alimentado el resentimiento y la culpa como motores de la actividad política. La atomización del individuo en identidades -sexual, cultural, lingüística, religiosa, etc.- y la construcción de “interseccionalidades” ha terminado dividiendo a parte de la sociedad en colectivos que se consideran históricamente agraviados y que, aunque compitan entre sí por la magnitud de los agravios, coinciden en culpar a la “cultura dominante” de todos ellos.

Estas ideologías de la ofensa histórica hunden sus raíces en el marxismo cultural y la práctica revolucionaria. Gramsci ya teorizó sobre el papel de la educación, la cultura y los medios como formas de práctica revolucionaria que lograsen con el paso del tiempo lo que las revoluciones comunistas de principios de siglo no habían conseguido. Era necesario actuar sobre las instancias de generación del pensamiento -las universidades, las editoriales, las artes- para socavar las estructuras que habían resistido los embates revolucionarios. Era necesario destruir los cimientos de las identidades nacionales e imponer a la sociedad el modelo comunista precisamente desde esas instancias de generación del pensamiento. El control del discurso y del lenguaje, la estigmatización de los opositores, el uso masivo de la propaganda y el recurso a los intelectuales orgánicos son algunas de las técnicas que la práctica inspirada en Gramsci popularizó en los movimientos de izquierda de todo el mundo.

En el ámbito español y americano, el Foro de São Paulo es uno de los centros de generación y difusión de un pensamiento identitario fundado sobre pretendidas ofensas históricas a manos de los colonialistas, los criollos, los blancos, los capitalistas, los hombres, los ricos y cualquiera que, según el colectivo de que se trate, pueda etiquetarse como “opresor”. Huelga decir que la verdad histórica, en esta práctica política, es irrelevante. Para explotar el rencor es más efectiva la ficción política que la realidad de los hechos. No olviden que, en el comunismo, la “narración” es parte de la acción política. También lo es la violencia.

Veamos, por ejemplo, la Revolución Cultural de Mao, que pretendió arrancar de raíz los fundamentos de cinco milenios ininterrumpidos de civilización china. El ariete fueron los jóvenes adoctrinados a través del “Libro Rojo” y las consignas que recibían en los colegios, los institutos y los medios de comunicación. La combinación de propaganda, adoctrinamiento y violencia convirtió a los guardias rojos en máquinas de destruir monumentos, incendiar edificios y linchar opositores. El cementerio de Confucio fue profanado en 1966. A los restos del emperador de la dinastía Ming Wanli (1563-1620) y a su esposa los sacaron de sus tumbas, los “denunciaron” y los quemaron. Bibliotecas enteras con manuscritos de incalculable valor fueron pasto de las llamas. Se obligó a monjes a participar en el derribo de sus propios templos. Los opositores - a menudo intelectuales etiquetados como “burgueses”- fueron detenidos, humillados públicamente, sometidos a trabajos forzados y en algunos casos linchados por las turbas de jóvenes enfervorecidos por la construcción de un pretendido mundo nuevo. Esa humillación pública hoy consiste en arrodillarse en aparente asunción de culpa y petición de perdón.

Volvamos a los Estados Unidos. El derribo de estatuas (entre ellas, las de un santo como Fray Junípero Serra), los daños a monumentos (no se salvó ni el busto de Cervantes, que fue él mismo esclavo de los piratas argelinos) y los intentos de reescribir la historia forman parte de un proyecto mayor: imponer un supuesto “progresismo” -permítanme las comillas, porque en ese progresismo no hay progreso alguno- como forma única de pensamiento a través de los distintos dispositivos de control del discurso: la corrección política, la imposición de pretendidas culpas colectivas, la explotación de hipotéticos agravios, el uso del rencor y la indignación para neutralizar los debates, etc. Muchos de los defensores de la libertad de expresión se han terminado encontrando que, so pretexto de crear “espacios seguros”, ya no puede hablarse con libertad en muchos sitios.

Hay, por supuesto, evidentes contradicciones que revelan la naturaleza totalitaria de esos grupos radicales al asalto de los símbolos nacionales de los Estados Unidos. Ahí están la condescendencia con el terrorismo (que recuerda a las narraciones políticas post-coloniales), la estigmatización de Occidente y la exaltación de todo lo demás desde el islam radical hasta la Nueva Era, la exaltación de la violencia y, sobre todo, el antisemitismo. Esto merece otra columna así que dejémoslo sólo apuntado: hay un velo de silencio sobre las agresiones antisemitas que sufren judíos religiosos en los Estados Unidos que sólo se rompe cuando el agresor es blanco y puede ser catalogado como “supremacista blanco”. Los supremacistas de otro tipo gozan de un silencio cómplice para evitar “estigmatizar” a minorías.

Así, lo que está en juego en los Estados Unidos, en Europa y en otros lugares donde esos movimientos radicales se reproducen no es la condena del racismo, que es unánime en las democracias, ni la necesidad de reconocer las injusticias históricas (que por otra parte todos los pueblos han cometido en uno u otro momento), sino la imposición de un pensamiento único que asfixie el debate y destruya la democracia no mediante las bayonetas, sino mediante símbolos, consignas y narraciones pretendidamente liberadoras. Derribar monumentos es una de las etapas del camino.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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