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¿Por qué somos oscuros?

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
¿Por qué no somos claros cuando hablamos? ¿Qué ocultamos? ¿Por qué siempre que escuchamos a alguien, cuando un político habla, siempre que vemos un anuncio o leemos una oferta comercial, pensamos que además de lo que dice, algo se esconde que hay que encontrar porque nos puede perjudicar?

Según esto, podemos recapitular dos utilidades del decir. Decimos para comunicar y decimos para esconder. Cuando escuchamos o leemos a algún líder, político o de opinión, a alguna autoridad, le creemos y sospechamos al mismo tiempo. Creemos una parte y tratamos de imaginar lo que dice pero que no dice, lo que oculta.

El supuesto saber del líder o autoridad es el fundamento de su poder y de su credibilidad. Es decir, es una cuestión de confianza que nosotros generamos cuando, por algún motivo, los receptores, nosotros, depositamos en todo aquello a lo que atribuimos una cierta dosis de autoridad en algún aspecto de la vida y de este modo, les atribuimos poder. Por lo que somos nosotros los que generamos el poder a través de la confianza, porque suponemos que el otro sabe más que nosotros, aunque siempre se guarde una parte de ese saber y nos la oculte.

Pero, ¿por qué confiamos si siempre esta confianza va unida a cierta sospecha? ¿Por qué no sospechar más que confiar? Es decir, ¿Por qué no darle la vuelta a la proporción?

De esta manera, se crearía una actitud activa frente a las autoridades de todo tipo, académicas, políticas, sociales…lo cual se podría traducir fácilmente en una mayor exigencia hacia nuestros líderes: representantes, doctos asesores, profesores etc etc.

A mayor sospecha, mayor número de preguntas, mayor exigencia, mayor conocimiento y más Ilustración y transparencia en el sistema.

Y entonces seguimos preguntándonos, ¿qué se esconde tras ese pequeño atisbo de oscuridad que percibimos siempre que habla un político, un periodista, un experto? ¿Por qué no terminamos de creérnoslos nunca?

No sería más fácil si en vez de medias verdades, de mensajes siempre sospechosos, el común del pueblo ciudadano conociera las enormes dificultades del día a día del ejercicio de la política, es decir, sus dificultades, problemas, su enorme complejidad…De esta manera quizá se generase una empatía, como cuando un amigo que últimamente se comporta de forma extraña, una tarde, frente a un café, te cuenta lo que le pasa. Lo raro pasa a ser familiar, lo extraño, entendible, la distancia, cercanía y la extrañeza, empatía. La realidad recobra su complejidad y nosotros ganamos en comprensión de ella y en riqueza.

Somos lo que contamos y cómo nos lo contamos. Pero no sólo a nosotros mismos, sino a los otros. Somos lo que nos preguntamos, lo que pensamos, pero no sólo en torno a nosotros mismos y nuestro pequeño mundo, sino también por el mundo de los otros.

Preguntar. Preguntar al otro, es el principio de la acción comunicativa que propicia un correcto, abierto y transparente uso de la comunicación para una deseable democracia rica y compleja.
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