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La inmortalidad

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Recordarlo todo puede ser una condena, como la de Funes el memorioso de Borges (y nótese lo divertido del nombre, la raíz de ‘funesto’, ni más ni menos). Recordar puede ser un acto cotidiano con el que no olvidamos acudir a una cita, la lista de la compra, el lugar donde dejamos las gafas o el móvil. Pero recordar también es el signo de la inmortalidad.

En la Odisea de Homero, el peor castigo para el griego no era la muerte sin más. La muerte heroica, por ejemplo, era hasta un fin en sí misma, mientras que el castigo más temible era morir en el mar y ser sepultado por las infinitas olas que nunca permitirán el descanso eterno. La gran diferencia entre el héroe muerto en el fragor de la batalla y el guerrero muerto en altamar está en el recuerdo. En la memoria de los que se quedan. El muerto entre el oleaje no podrá ser velado, ni sepultado ni visitado como mandan los rituales divinos, una vez que haya bajado al Hades, al más allá. La falta de un sitio, de una sepultura en la tierra, simboliza la amenaza de perder el sitio en el que, los que le recuerdan, no dejan de alojarle.

Lo ‘funesto’ de Funes no era sino que nada olvidaba, que no dejaba que nada muriese en él, que inmortalizaba todo lo que pasaba por sus ojos, por su corazón, por su cabeza. Tenía la divina capacidad de otorgar la inmortalidad.

El sitio de los muertos en la tierra no está en la tierra sin embargo. Está en los corazones de los que siguen paseando en cuerpo y alma. Así que podemos mirar a la muerte como una dispersión de un alma en los corazones de los otros que constituyeron la vida del que se fue.

“Estar en la memoria es una forma de estar vivos”, escuché el otro día, y pensé, que el homenaje en el que me hallaba, no era sino un ejercicio colectivo de movilización de corazones celebrando la inmortalidad de los recuerdos que dejan los difuntos.

In memoriam…
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