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Habermas entre nosotros

Juan José Solozábal
jueves 12 de noviembre de 2009, 19:33h
Es impecable la reflexión que Habermas ofrece en el próximo número de Cuadernos de Alzate sobre los derechos humanos con ocasión de la recepción por su parte del premio Jaime Brunet 2008 y que va acompañada de una certera semblanza sobre su figura de una de las españolas que mejor conoce su pensamiento, Marta Rodríguez Fouz. Habermas no puede menos de registrar la ambivalencia de la universalización del lenguaje de los derechos, manifestación indudable de su éxito, testimonio innegable de su institucionalización, pero prueba también de su desvirtuación, de su inevitable “palabrería”.

Tal vez lo más sagaz del análisis de Habermas es el señalamiento de la doble faz de los derechos, moral y positiva. Los derechos humanos son la concreción elemental de la dignidad de la persona , su, me gusta decir, proyección obvia en el plano jurídico, singular o colectivo. Los derechos de los que hablamos son los más importantes, pues sin su ejercicio no cabe el desarrollo del individuo como persona ni es posible la vida democrática. La relación de los derechos humanos con la dignidad determina, de una parte, su titularidad universal ya que no se le pueden hurtar a nadie sin negar la racionalidad y libertad que suponen, y también, de otro lado, su contenido concreto que habrá de establecerse en un dialogo sobre su configuración, a la medida no solo del rasero occidental sino de otras culturas.

Pero es curioso que Habermas no se pare en el destacamiento de la vertiente moral, ideológica o filosófica, de los derechos humanos, sino que insista sobre todo en su dimensión política. La suerte de los derechos depende de un orden político que los reconozca, de un ordenamiento que los integre y defienda. Ocurre que es necesario que los derechos pasen de ser una demanda moral y se conviertan en una realidad jurídica. Atrás nos parece oír la voz de Hannah Arendt que aunque tampoco era jurista sabía perfectamente que los derechos fundamentales sin un Estado o un sistema político internacional efectivo que los reconozca o declare y proteja en su ordenamiento, no son mas que simples nombres o vagos postulados filosóficos.

Lo que me resulta especialmente sugerente del texto de Habermas es su llamada de atención sobre la raíz histórica de esta pretensión de efectividad de los derechos fundamentales. Aunque hoy no concibamos los derechos sin referencia a su base ideológica, sin su contenido iluminista, pues los derechos de que hablamos al fin son criatura de la Ilustración, el origen de los derechos no puede apartarse de su atribución clasista, como exigencia concreta al reconocimiento de los demás y del poder, que hacía valer efectivamente una determinada estamento o clase en la edad media. Lo decisivo en la transformación del derecho fundamental, si se mira bien, no afectó a su comprensión efectiva o realista, positiva desde este punto de vista, sino a su titularidad y a su propio contenido. De los derechos defensa o libertades negativas se pasaría a los derechos activos o de participación y a los derechos sociales, y hablaríamos de derechos de todos y no sólo de un sector social determinado. De otro lado en la nueva era la vigencia de los derechos pasa a depender de la protección del Estado y no solo de la propia fuerza de su portador para imponer su observancia.

Creo que lleva razón Habermas cuando sugiere que la reflexión sobre los derechos, en cuanto los mismos son el núcleo institucional e ideológico de nuestra democracias constitucionales, es el mejor modo de impedir su desgaste y que su nombre se utilice en vano.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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