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crítica

Confesiones de una vieja dama indigna, unas auténticas y sinceras memorias

viernes 29 de enero de 2010, 13:22h
Esther Tusquets: Confesiones de una vieja dama indigna. Bruguera. Barcelona, 2009. 368 páginas. 19,50 €
Con rotundidad, quiero decir que Confesiones de una vieja dama indigna (Ediciones B) es un gran libro de memorias y su lectura me ha enriquecido. Esther Tusquets (Barcelona, 1936) ha escrito un segunda parte de la memoria de su vida que supera si cabe en lo relatado en Habíamos ganado la guerra, título que ya acreditaba una valentía y un coraje poco frecuentes en estos días, en plena ejecución de la “memoria histórica”. En esta segunda parte de sus memorias, Esther Tusquets acredita una enorme dignidad, una notable calidad literaria y una elegante manera de contar, de relatar, de describir cómo fue la Cataluña de los últimos cincuenta años, su mundo editorial, la creatividad y la fecunda actividad intelectual de muchos protagonistas. Armas Marcelo en su comentario en ABC de hace unos días confesó que se lo había leído de un tirón y yo admito que no lo he hecho para regodearme día a día en la recreación intimista y a la vez mundana de las peripecias humanas y literarias de esta gran señora que en cada adjetivo, en cada descripción y en cada relato de un episodio demuestra tener una gran categoría personal.

Por sus páginas aparecen sus amores juveniles y maduros, su inteligente aproximación a los escritores ya fueran Ana María Matute, Camilo José Cela o Umberto Eco, y los describe con su grandeza y con mimo cuida sus defectos o carencias, sin hacer sangre. Ella misma ha admitido que no es este libro un ajuste de cuentas, aunque algunos hayan querido encontrar algún atisbo de ello en algunos juicios a la “revoltosa” Rosa Regás, al gran Carlos Barral, al neurótico Moix o a la “todopoderosa” Carmen Balcells. Es especialmente delicioso el relato de su viaje a Valladolid con Oriol Maspons para entrevistar a Miguel Delibes, en el que admite haber perdido su virginidad con el acreditado fotógrafo, y la peripecia literaria por la que varias editoriales se aliaron para crear una empresa propia, “Distribuidora de Enlace”, con la que llegar a los puntos de venta. La creación de su editorial Lumen con una apuesta por la literatura infantil –Quino y Mafalda fueron decisivos– y con un libro maldito de Cela, Toreo de salón, y el genial Umberto Eco es un clarividente relato de la dificultad de ser editor y de compaginar la edición con la amistad. Me parece espléndida la forma como relata las dependencias, miserias humanas y complicidades psicológicas de sus relaciones sentimentales en las que demuestra haber amado mucho y ser capaz de comprender las carencias y amarguras de sus parejas y de sí misma. Y preciosa y entrañable la descripción que hace de Carmen Martín Gaite y conmovedoras las alusiones a su padre, a su genial madre y a su hermano, todos ellos tan singulares y auténticos.

No hay nada de impúdico en estas memorias, y mucho de intencionada desnudez, con una mirada de sí misma un punto crítica pero sin llegar a la acritud, crueldad y cinismo con la que Jesús Pardo nos ha contado su vida. La última experiencia literaria de Tusquets fue la biografía del ex Presidente de la Generalitat Pasqual Maragall, iniciativa frustrada y frustrante, por pretender precisamente la familia “encubrir” determinados episodios de su familia.

“A los setenta y tres años muchas cosas han dejado de importarme”, ha declarado Tusquets hace unas semanas, pero para llegar a esa conclusión fatal, su trayectoria profesional y humana acredita que durante su vida muchas cosas sí le han interesado e importado como la amistad, el amor, la riqueza de la generosidad con la familia, la dignidad en el difícil ejercicio vital. Y este nuevo testimonio de su pluma es la mejor medicina contra el victimismo instaurado en mi entrañable Cataluña, obsesionada con acreditar una identidad propia a costa de perder alguna de sus históricas cualidades.

Ya era hora de que las muchas personas notables de la Cataluña de la segunda mitad del siglo XX se sinceraran literariamente y que las editoriales apostaran en serio por las memorias de los personajes que de alguna manera han protagonizado la vida española de los últimos años. Y además ya era hora también de que alguien contara con sinceridad y sencillez admirables su experiencia profesional y su gran peripecia humana. La pluma de Esther Tusquets ya se había prestigiado en su propia labor literaria con la novela El mismo mar de todos los veranos –precioso título– y en otras novelas posteriores, pero en estas Confesiones… es donde, como acertadamente ha descrito Jorge Herralde en el homenaje que se le tributó en Barcelona en mayo de 2007, “…su prosa, a la par que elegante, es extraordinariamente eficaz para dar cuenta de las más vibrátiles agitaciones del corazón humano”.

En algunas declaraciones recientes Esther ha admitido no pertenecer a ningún grupo, y ahí está sin duda la clave de su independencia de criterio, su libertad de opinión, su liberación de tanta impostura, tanto ejercicio políticamente correcto y en una palabra de tanta agotadora capacidad de esconder la realidad y de camuflar los verdaderos sentimientos.

Por Carlos Abella
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