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Memoria y locura en tiempos recios

Juan José Solozábal
martes 28 de febrero de 2012, 21:21h
Recibo, creo que por intercesión de Aurelio Arteta, todas las semanas Fronterad una exquisita revista digital que les recomiendo vivamente. En el último envío figuran dos artículos que me propongo comentar. Primeramente, Elogio del olvido de Sebastián Faber, que es una glosa del libro de David Rieff Against remenbrance. Parece que es inevitable distinguir entre la memoria, que no es lo que se recuerda, sino lo que se quiere guardar del pasado, y la historia que es la averiguación de lo que pasó de verdad. La primera actividad, la de recordar, implica intención y subjetivismo y supone el protagonismo del relator. Historiar con objetividad en cambio exige la marginación del observador, dejar hablar a los hechos y las fuentes.

Como dice Santos Juliá, la memoria pretende legitimar, y actúa siempre de manera selectiva y subjetiva. La historia, en cambio, “busca conocer” y actúa bajo la exigencia de totalidad y objetividad.

Es muy difícil idear una legitimación política que no sea nacional y desde luego no es el caso del tipo de legitimación que se contempla en nuestra constituciones históricas. Primordialmente lo que justifica la ordenación política que establece la Constitución es su relación con la voluntad de la nación, democráticamente afirmada. Lo que ocurre es que no hay nación sin pasado, sin una idea del mismo que cada generación ha de esforzarse por asumir y renovar. La legitimación nacional aunque se afirme preferentemente de modo proyectivo, como una disposición a hacer cosas juntos en el futuro, se nutre también del pasado en el que quienes nos precedieron forjaron la comunidad espiritual que compartimos.

Esto significa que la recuperación del pasado como tarea inevitable de cada generación tendrá un componente objetivo: el pasado no puede ser inventado o tergiversado y tenemos derecho a saber de verdad como fuimos, por lo que ha de asegurarse a la historia como disciplina científica un papel fundamental en esa reconstrucción. Pero la adhesión al pasado, sin el que es difícil la estabilidad política de la colectividad, es más fácil si se recuerdan los rasgos positivos que, por encima de los enfrentamientos civiles, muestran el progreso, aunque sea vacilante y nunca pleno, de la vida en común. Hay que hacer entonces un uso público del pasado, que reconcilie debidamente historia y memoria.

El segundo trabajo, esto es, el artículo “Locura y poder” de Ignacio Peyró, quizás es más reseñable por los testimonios que aporta sobre los esfuerzos de algunos hombres públicos por sobreponerse a la carga de la melancolía o, según el decir de Samuel Johnson, liberarse de la compañía del perro negro acechante, que por la propia conclusión que parece aceptarse de que mientras la cordura absoluta y total es positiva en tiempos de gracia, en las tormentas ciertos desajustes , paradójicamente, refuerzan los mejores liderazgos. No se trata, pues, de estudiar la relación entre el poder y la salud. Hay gobernantes con problemas mentales, pero quizás estos no se causan ni siquiera se estimulan por el ejercicio del gobierno. Es bueno mandar, decía Sancho, aunque sea un hato de ganado.

Lo que dice Peyró es que los problemas mentales se sobrellevan también por los gobernantes y que este esfuerzo de dominio sobre sí mismo garantiza su capacidad cuando los pueblos sobre los que rigen afrontan tiempos recios. Así Winston Churchill le confesaba su médico que en 1910, cuando era ministro del Interior, tuvo su primer episodio depresivo. “Durante dos o tres años, la luz se fue. Iba a los Comunes, pero la depresión más negra estaba dentro de mí”. Y continuaba relatando sus tentaciones suicidas : “No me gusta mirar al agua desde un barco. Una acción de un solo instante terminaría con todo. Unas simples gotas de desesperación” . La lucha contra la desesperación que Churchill había experimentado en sí mismo, le permitió concebir en 1940, que contra las tesis entreguistas, era posible resistir a la tentación del rendimiento frente al régimen nacional socialista. Sin duda, cabe concluir, las lecciones del sufrimiento humano dan su fruto. O al menos, acaba bellamente Peyró, siempre será mejor tener líderes con un conocimiento personal del corazón del hombre.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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