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Torpeza y magnicidio

jueves 01 de marzo de 2012, 21:24h
En esta era democrática, ¿debiéramos reservar la palabra “magnicidio” al homicidio de los reyes y las grandes personalidades o cabría aplicarla también a la muerte provocada de una masa importante de ciudadanos? Esta pregunta viene al caso porque la semana pasada murieron 51 pasajeros y 700 quedaron heridos debido a que un tren no frenó a tiempo en la estación del Once, en el centro de Buenos Aires.

El “accidente” conmovió al pueblo argentino. Si ponemos la palabra “accidente” entre comillas, es porque la muerte no llegó a raudales a la estación del Once por azar, como si hubiera caído un meteorito. La prueba es que, no bien se conoció la tragedia, sus presuntos responsables se echaron mutuamente la culpa por lo acontecido. Cada uno de ellos, desde el modesto conductor del tren siniestrado hasta las máximas autoridades del Gobierno, dijo “yo no fui”. Con lo cual, al excusarse, vinieron a reconocer con implícita unanimidad que alguien, situado en algún punto de la cadena del mando ferroviario, había contraído la deuda de una descomunal torpeza.

¿Pero es la torpeza, siempre, menos grave que el crimen? ¿No hay ocasiones en que ella, por su magnitud, compite con el crimen en la escala de nuestras condenas? Supongamos que un asaltante solitario hiere a un desprevenido transeúnte. ¿Es su acción comparable a la masacre de la estación del Once? Ni siquiera así, nos dirá un jurista clásico, porque pese a que muchos murieron en el Once y nadie en el ejemplo del asaltante solitario, la acción de éste es más grave por haber sido guiada por esa intención maligna que llamamos “dolo”, en tanto que en el estrago ferroviario no hubo dolo sino simplemente “culpa” y los responsables del estrago pudieron alegar, como los niños cuando cometen una travesura, que “fue sin querer”.

Esta distinción benévola en favor de la culpa aun cuando sus consecuencias sean enormes, está anclada en la tradición jurídica de Occidente porque ella se fija únicamente en la “intención” de hacer el mal, aviesa en el caso del asaltante pero inexistente en el caso del torpe que causó el estrago. ¿Qué pasaría, empero, si a la intención de cometer el mal, que exime a los torpes, le agregáramos otro concepto, el del “daño objetivo” que resultó de su acción? ¿No cambiaría en tal caso nuestra distribución de las responsabilidades?

En 1804, Napoleón mandó fusilar al joven duque de Enghien, miembro encumbrado de la dinastía de los Borbones, bajo la acusación nunca probada de que conspiraba contra él. Se trataba, en principio, de un “magnicidio”, pero Talleyrand, el sagaz canciller de Napoleón, salió en defensa de su jefe pronunciando una frase que quedó en la historia al decir que la muerte del duque, “más que un crimen, fue una torpeza” o, según la escala de valores que venimos de mencionar, que la “torpeza” de Napoléon lo eximía del “crimen” porque el emperador, más que cometer un acto “doloso”, deliberadamente maligno, sólo había incurrido en la “culpa” de no advertir el desprestigio que le acarrearía su error político, su “torpeza”, que desató la larga venganza de las monarquías europeas hasta culminar finalmente, en 1815, en la batalla de Waterloo.

Al hablar así, Talleyrand se apoyaba en la idea, todavía hoy vigente, de que la “culpa” de la torpeza es siempre menos grave que el “dolo” del crimen. Apoyados por este famoso antecedente, quizás los jueces argentinos fijen una pena limitada contra los responsables de la tragedia del Once, algo que es posible anticipar desde el momento en que caratularon la causa de tantas muertes como un “estrago culposo”, con lo cual eximieron de entrada de toda condena criminal a los responsables de ella. Cuando concluya esta causa y los jueces determinen que sólo hubo un estrago “culposo” ¿qué sentirán los familiares de las víctimas? Quizá sientan que ellos, por ser meros ciudadanos, no se hicieron acreedores a una reivindicación ejemplar. Quizás sospechen que, aun cuando vivamos en democracia, el hecho de que las víctimas no sean “magnas” sino ciudadanos comunes, y aun cuando centenares de ellos hayan caído y otros más puedan caer mañana debido al estado caótico de nuestros trenes, nunca se elevarán a la altura aristócrática, predemocrática, de los magnicidos.

Mariano Grondona

Doctor en Derecho

MARIANO GRONDONA es Abogado y doctor en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires

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