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La tragedia del paro juvenil

jueves 01 de marzo de 2012, 21:28h
El paro es la principal preocupación de los españoles y el problema más grave de la crisis económica en nuestro país. Afecta a casi el veinticinco por ciento de la población activa y a casi el cincuenta por ciento de nuestros jóvenes. Los datos son sencillamente dramáticos. Detrás de las cifras están millones de personas que sufren de distintas maneras las consecuencias de esta situación. El paro tiene muchas vertientes, se hace mucho hincapié en la económica y en la social, pero hay otras de las que se habla menos, son las vertientes psicológica y psicopatológica. Y es que la situación de paro entraña un riesgo enorme para la salud mental.

Distinguiremos dos tipos de paro que plantean problemas distintos a las personas que lo padecen. El paro primario es el que afecta a las personas que nunca antes han trabajado y es, por lo tanto, un paro fundamentalmente juvenil. El paro secundario es el que afecta a personas que estaban trabajando y pierden su empleo, es por ello más propio de personas adultas que en su mayoría tienen familias a su cargo. El primario daña esencialmente a un individuo interfiriendo la maduración de su personalidad, mientras que el secundario supone una catástrofe familiar, produciendo una crisis de todo el sistema con fuertes repercusiones socio-económicas.

Centrémonos hoy en el paro primario o juvenil. En nuestro contexto cultural resulta prácticamente imposible que un joven pueda llegar a ser un adulto libre, independiente y responsable, sin haberse iniciado en el ámbito laboral o profesional. El paro primario cierra al joven el acceso a la madurez y bloquea su biografía. En la sociedad occidental actual la madurez social se retrasa mucho y la adolescencia suele extenderse hasta los treinta años, que suele ser la edad en la que la mayoría de los jóvenes dejan de depender por completo de sus padres, comienzan a trabajar, se casan y forman una familia. El paro alarmante que padecen nuestros jóvenes hace que la adolescencia se prolongue en ellos aún más, casi indefinidamente.

Porque es obvio que la entrada en la madurez no es algo exclusivamente biológico fijado por la edad, sino un proceso complejo con vertientes psicológicas, afectivo-emocionales, sociales y económicas. Sin entrar en el mundo laboral no es posible adquirir una personalidad globalmente equilibrada y madura en todas las vertientes referidas. Sin entrar en el mundo laboral, el joven sigue estando bajo el cielo protector de los padres.

Sólo al comenzar a trabajar saldrá del universo protegido de la familia, abriéndose a otro mundo, con otras relaciones, otras experiencias, otras exigencias, otras responsabilidades. Además, la misma relación con los padres se modifica y de alguna manera se sustituye la relación humana de dependencia por una relación entre adultos.

Por otro lado, un trabajo adecuado y acorde a la formación del joven, le otorga a éste, en cierto sentido, identidad social y favorece en gran medida su integración en la sociedad. No es extraño, pues, que el paro crónico de muchos jóvenes esté detrás de muchos movimientos antisistema que tanto afloran últimamente. No pueden sentirse miembros de pleno derecho, ni sentirse integrados en una sociedad incapaz de darles una oportunidad, negándoles así su desarrollo como personas independientes.

Cada vez hay más jóvenes que ven como algo muy lejano el encontrar un trabajo. Esto tiene consecuencias negativas, una de ellas es considerar como algo inútil los esfuerzos empleados en estudiar y formarse. ¿Para qué? si es el paro lo que espera. Otro riesgo es la aparición de conductas de evasión, fundamentalmente a través del alcohol, el cannabis y otras drogas de abuso. Los estragos que las llamadas drogas duras, como la cocaína y la heroína, producen en la salud mental son sobradamente conocidas. Sin embargo no hay una conciencia clara de la extensión y la gravedad que otras drogas “mal llamadas blandas”, como el alcohol y el cannabis, ocasionan a nuestros jóvenes. El alcoholismo es una enfermedad grave con múltiples formas de manifestarse que afecta a muchos más jóvenes de los que imaginamos. Y el abuso crónico de cannabis, tan tolerado en muchos círculos, trae consigo que muchos jóvenes padezcan un síndrome que pasa desapercibido y que lleva a alteraciones en la memoria, la atención y sobre todo a un cuadro amotivacional, es decir, a un pasotismo cada vez mayor.

Hay otra triste consecuencia que afecta a miles de jóvenes en paro. Se ha dicho que esta generación es la mejor formada de la historia de España, quizás se exagere, pero es indudable la pérdida que supone para nuestro país que jóvenes con titulación universitaria se vean obligados a desarrollar su profesión en otros países, habiéndose además formado en el nuestro, con el coste económico que todo ello supone. Es como regalar diamantes en bruto, que otros, gratis, se encargaran de pulir y de disfrutar. Si en los años sesenta del pasado siglo era lamentable que los españoles tuvieran que emigrar para ser los braceros de Europa, hoy constituye una pena que nuestros mejores jóvenes realicen lo mejor de sí mismos fuera de España.

No podemos asumir que millones de jóvenes no encuentren su primer empleo, no podemos consentir que toda una generación esté condenada a ser adolescentes perpetuos, no podemos quedarnos con los brazos cruzados viendo como dilapidamos el futuro. Ellos, nuestros jóvenes, son el futuro, no los dejemos sin futuro.
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