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Europa como problema constitucional

Juan José Solozábal
martes 13 de marzo de 2012, 21:44h
Las crisis políticas, como ocurre con las situaciones personales difíciles, nunca nos cogen preparados. Siempre hay un “décalage” entre aquello con lo que, en el peor de los casos, contábamos, y lo que sucede realmente, al final fuera de las previsiones. La salida de la crisis también exige un afrontamiento esforzado de la situación, un impulso renovado, una actuación casi al borde de nuestras posibilidades. El problema que tenemos en Europa es el de la capacidad del sistema democrático, hablemos de los Estados o de la propia Unión, para afrontar las dificultades del funcionamiento del capitalismo. La crisis presenta unas dimensiones globales, transnacionales, que exigen como poco un tratamiento europeo, pero las estructuras institucionales capaces de tomar las decisiones correspondientes carecen tanto de un diseño suficientemente eficaz como de legitimidad bastante para ser aceptadas y, asimismo en consecuencia ser llevadas a la práctica con éxito.

No hay ninguna duda sobre la dimensión trasnacional del espacio económico. Los problemas de la economía griega muestran que incluso en el sistema europeo, con una unión limitada a la política monetaria y con deficientes instrumentos de actuación en la política fiscal, es difícil contener geográficamente la propagación de los efectos de la crisis económica. La cuestión consiste en como se hace frente por el conjunto a una situación que, hoy en Grecia, mañana en Italia, Portugal o España, afecta a toda la forma política. Hay que tener en cuenta que cualquier sistema descentralizado, y la Unión Europea lo es, consiste en un reparto de competencias en los asuntos públicos en el que las decisiones tomadas en el centro se aplican en los territorios de los componentes de la organización política. Hay entonces una clarificación competencial y una dualidad institucional o de gobierno que permiten al conjunto, de una parte, tomar medidas sobre determinados aspectos que afectan a la vida de todos y, de otro lado, garantizar que esas decisiones se van a llevar efectivamente a la práctica, pues, en un Estado federal, la Federación dispone de instrumentos ordinarios suficientes para ello, así la coordinación o la inspección, u extraordinarios, así recurriendo ante la jurisdicción constitucional o echando mano de la intervención federal.
¿Donde están, podemos preguntarnos, los mecanismos federales de la Unión?¿Dónde se establece el diseño institucional efectivo y la clarificación de la competencia para decidir la política de la Unión? ¿Quién gobierna Europa y sobre qué bases constitucionales se hace?.

Políticamente estamos en una situación bien difícil en la que sabemos lo que nos falta, esto es, una verdadera Constitución, pero no podemos conseguirlo. El momento es excepcional, pero debemos ser conscientes de que la crisis no puede prolongarse o perpetuarse, sin poner todo el sistema en cuestión. Es, lo sabemos, el directorio franco-alemán el que decide por todos: ese es ahora el fulcro de la Unión, aunque después se adopten las decisiones, tomadas ya, formalmente por el Consejo, la Comisión o el Parlamento. Debemos salir de la excepción. Schmitt no puede convertirse en el mentor ideológico de la construcción europea, ni siquiera en el tiempo de la turbulencia. Europa se fundó sobre planteamientos funcionalistas y pragmáticos, sobre las ventajas del derecho y el gradualismo frente a las exageraciones de la teología o el existencialismo.

Lo que pasa es que el actual momento no es el mejor para el parto constituyente, pues no se dan las circunstancias en las que surja el entusiasmo sin el que la aventura constitucional es posible. ¿Quién apuesta ahora por Europa?. Europa es la que impone las políticas y la que degrada a la impotencia los ámbitos nacionales de decisión, obligados simplemente a ejecutar lo que desde más arriba ya se ha determinado. En el momento presente los griegos, como lo italianos, como los españoles, podemos cambiar los partidos que nos gobiernan, pero no podemos cambiar las politicas fiscales, que se dicten en Berlin. Es el tiempo de los Estados pantomima, como dice Timothy Snyder . Malos tiempos para despojarse de la soberanía nacional que se añora y que ofrece, a los demagogos del populismo nacionalista, la identidad y el confort de los estados tradicionales.

Pero no nos engañemos, no se puede retroceder. Hay que reforzar los vínculos de solidaridad y progreso del proyecto europeo y pensar, como hicieron the founding fathers en hacer una verdadera unión política de la confederación de Estados. Es verdad que las uniones políticas exitosas entre los Estados no se hacen en tiempos buenos, sino en los malos. Sin coraje no se sale, como decíamos al principio, de la crisis. Sólo la necesidad no puede salvarnos.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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