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La carrera hacia al Eliseo (III)

viernes 16 de marzo de 2012, 21:56h
La campaña presidencial francesa está ya en pleno rendimiento mediático, hasta hacer casi insoportable el ruido que cada candidato con su equipo van produciendo. De esta campaña – faltan apenas 40 días para la primera vuelta – ya se pueden ir sacando algunas observaciones. Las primeras son meramente coyunturales y las segundas más duraderas.

La coyuntura es el panorama político: un presidente saliente que aspira a la reelección (N. Sarkozy), un candidato socialista que piensa representar la alternativa (F. Hollande), una candidata de extrema derecha cuyo populismo traduce el malestar de una sociedad desorientada (M. Le Pen), un candidato de centro que pretende romper el molde del bipartidismo (F. Bayrou), un candidato de izquierdas que intenta resucitar la fe en la transformación económica y social (J.-L. Mélenchon) y una candidata ecologista que vive su campaña como una autentico vía crucis (E. Joly). Faltan algunos pequeños candidatos cuya presencia no está asegurada (se necesita para ser candidato presentar al Consejo Constitucional el aval de 500 alcaldes, diputados provinciales o nacionales, senadores, diputados europeos repartidos en más de 30 departamentos. Y parece que este año la competencia es severa y que el número de candidatos será más bien restringido – entre 7 y 9 – con una incógnita sobre la presencia o no de Marine Le Pen que al día de hoy tiene solamente 480 avales – faltan tres días para presentar los 500).

La coyuntura es también el panorama económico: una crisis que ha sacudido el mercado de trabajo (la cifra de paro oscila entre un 2,8 millones si se toman en cuenta los parados sin trabajo y un 4,5 millones si se añaden los que trabajan algunas horas al mes), que ha mermado las finanzas públicas (un déficit del 5,4% del PIB [pero a diferencia de España, Francia está en déficit desde que comenzó el euro – y más aun], una deuda pública que alcanza el 90% del PIB), que ha quebrado la confianza de los franceses en su porvenir (¡Francia es el país más pesimista del mundo detrás de Irak y Afganistán!) y que ha puesto de relieve el impacto de Europa en la vida de nuestras naciones, todo un trauma para un país que en 2005 pensaba poder alejarse de la construcción europea con su voto mayoritariamente negativo contra la Constitución europea.

Y, para acabar, la coyuntura es también el lastre que seguimos arrastrando de treinta años de polémicas inútiles sobre la presencia de los extranjeros en el país. Polémica inútil porque la estructura de la población francesa ha ido cambiando. La inmigración de los años 60 y 70 ha producido una segunda generación de nacionalidad francesa. Pero, la estigmatización de lo extranjero hace que estos franceses de origen magrebí o subsahariano tienen la impresión de no ser reconocidos como ciudadanos de pleno derecho. Y como, en reacción, se ha fomentado un antiracismo tan simple y reductor, nuestra sociedad, en vez de pensar su complejidad, huye de si misma en unos debates estériles.

Estas coyunturas nos llevan a intentar desvelar la estructura profunda de nuestro presente, trabajo indispensable para asentar las bases racionales de lo que debería ser nuestro debate político. Pero es una utopía. La política, en tiempos de comunicación y de marketing, no busca la definición conjunta del bien común sino revela lo que es – y que siempre ha sido – una brutal y salvaje competición por el poder y sus beneficios.
Salta a la vista el viraje económico, geopolítico y social que estamos viviendo. Pero en vez de limitarse solamente a tratar los efectos de la crisis, debemos volver a la inteligencia de sus causas. Sin este trabajo intelectual y político, no habrá verdadera salida a la crisis. ¡Ojo! Eso es importante: del mismo modo que la crisis de los años 30 acabó en una guerra mundial, es posible pensar que esta crisis acabe en lo mismo. Si Europa era el epicentro de la geopolítica mundial en los años 30, se puede entender que una crisis tan violenta como la que sufrió acelere los fenómenos de descomposición. Hoy en día, estos fenómenos existen: están en Oriente Medio con el problema de la energía, están en un movimiento estructural que está haciendo pasar el centro de gravedad del mundo de América a Asía. ¿Creen Uds que las Sudetes en Checoslovaquia era un sitio que todo el mundo localizaba en 1938? Pues bien, Asia está fracturada por muchos Sudetes que ignoramos – porque estamos lejos. La guerra no ha salido de nuestro horizonte… y la crisis la acerca peligrosamente.

El segundo cambio estructural es el agotamiento profundo de nuestras democracias. Lo que revela nuestra campaña electoral es la ausencia de cualquier proyecto colectivo. El Estado está asfixiando la sociedad civil en Francia… con la complicidad de la clase política que vive y prospera gracias a un Estado obeso y una élite que vive y prospera de las relaciones incestuosas entre Estado y grandes empresas. En esta campaña electoral, no se habla de la sociedad civil. El Estado lo tiene que asumir todo si escuchamos las propuestas de los candidatos. N. Sarkozy dijo en su mitin de Villepinte que el “presidente tiene que asumir las penas colectivas y personales de los franceses”. ¡Dios mío! Lo que faltaba. No: el Estado tiene la única obligación de regirse a si mismo… y dejar hacer a sus ciudadanos. Demasiado Estado mata a la potencia pública.

Y por último, vinculado a esta metamorfosis de nuestras democracias, cabe señalar la evolución del debate público en una guerra de comunicadores, de profesionales de la publicidad y de la propaganda, que degrada la democracia y decepciona la opinión pública (un 70% de los franceses según los sondeos dicen estar decepcionados por la campaña). Todo esto lo pagaremos: la calidad de una democracia se cuida. El exceso de cinismo, de mentiras y de espectáculo es una enfermedad mortal.
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