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KOLTÈS RETORNA A NUESTROS ESCENARIOS

Combate de negro y de perros, de B-M. Koltès, una herida sin cicatrizar

sábado 17 de marzo de 2012, 21:37h
Combate de negro y de perros, de Bernard Marie Koltès
Directores de escena: Mikolaj Bielski y Borja Manero
Espacio escénico: Mikolaj Bielski y Borja Manero
Diseño de iluminación: Jakoslaw Bielski
Intérpretes: Manuel Tiedra, Malcolm Sité, Lorena Roncero y Raúl Chacón
Lugar de representación: Réplika Teatro. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Estos días vimos cómo el actor George Clooney se dejaba arrestar –durante unas pocas horas, obviamente- en el enésimo acto de propaganda y autopromoción diseñado por sus estrategas de imagen a partir de un caso tan atroz como es la tragedia que experimenta Sudán. Estamos ya habituados a ver cómo se alimenta el narcisismo de privilegiados a costa de frivolizar con situaciones espantosas. Por el contrario, tras volver a contemplar Combate de negro y de perros, de Bernard-Marie Koltès, resulta inevitable salir aún más convencido del carácter higiénico de los grandes clásicos contemporáneos y sus saludables efectos benéficos en una sociedad cada vez más banalizada. Obras así nos interpelan desde claves profundas sobre cuestiones de plena actualidad que la cultura audiovisual suele arrojar sobre las pantallas con una trivialidad cercana a lo insultante. La tragedia del poscolonialismo en África –de la que se nos satura a diario con una permanente información vacía-, está expuesta en Combate de negro y de perro de un modo contundente y conmovedor, capaz de traspasar todos los prejuicios epidérmicos y obligarnos a pensar en las auténticas y devastadoras fuerzas en juego. Hastío nos produce –una fatiga indignada- cuando un asunto tan terriblemente hiriente se plantea en las estrategias de estrellas cinematográficas, en programas de garrafón o debates de telebasura, convirtiéndolo en un espectáculo donde los estereotipos se esgrimen a voz en grito.

Tras su viaje africano en la década de los ochenta, Bernard-Marie Koltès acotó, para su Combate de negro y de perros, un exiguo terreno iluminado en medio de la noche, para proyectar sus potentes focos sobre un grupo de europeos al mando de una construcción en África. Cada uno de ellos encarna una pieza del engranaje europeo desconcertado ante su pasado colonial. Al frente de la empresa, Horn, representa la fe en la diplomacia, entendida como elegantes y edulcoradas palabras que fían la resolución de graves problemas a una manipulación del lenguaje acompañada del soborno. El texto original de Koltès pone en su boca prolongadas frases edulcoradas que Horn confunde con soluciones dialogadas. En su puesta en escena, Mikolaj Bielski y Borja Manero han preferido construir un Horn colérico impulsado por una furia impotente. La ira asesina le pertenece íntegramente a su subalterno, Cal, heredero de una antigua Europa confiada en su supremacía racial y tecnológica y orgullosa de un poder bélico, hoy menguado y subordinado al diálogo diplomático. La llegada de Liona, una joven parisina sin norte en su existencia, para casarse con un anciano como Horn, castrado en una revuelta, termina por dibujar a una sociedad europea desorientada, irresoluta, laberíntica, incapaz de afrontar con energía sus grandes retos quizá porque ha traicionado y dejado fuera de la luz algunos de sus valores fundacionales.

La confrontación de todos ellos con la simbólica noche africana subraya con mano maestra esa amnesia de valores que les deja moralmente inermes. Ante la reclamación de Alboury, enviado por la cercana aldea para demandar el cadáver de su hermano muerto en un confuso episodio, las perplejas piezas humanas europeas exhiben toda su profunda desorientación. Horn desea alcanzar una solución dialogada mediante una diplomacia sostenida por el soborno y la ayuda humanitaria. El propósito obsesivo de Cal es volarle la cabeza a Alboury y la joven Liona simplemente se le entrega con tal de encontrar a alguien en quien creer y al que seguir fielmente, aunque solo sea el desgastado espejismo del buen salvaje de la tradición ilustrada. Alboury es lo oscuro, lo otro, lo ajeno, que escapa en la noche a nuestra mirada, lo incomprensible para una Europa desarmada de sus valores morales que recurre, consecutivamente, a la diplomacia, a la ayuda humanitaria, a la agresividad homicida o a la sumisión más absoluta por puro miedo a lo que no es capaz de comprender, obteniendo siempre –por descontado- resultados infructuosos.

Una de las grandes virtudes de Combate de negro y de perros es que no entabla una melodramática confrontación entre buenos y malos. Si de algo podemos estar seguros es de que Koltès no escribía melodramas, situándose justo en el polo apuesto de lo melodramático: ahí está su póstumo ángel exterminador llamado Roberto Zucco para atestiguarlo. Un género favorito del público, el melodrama, que encontramos camuflado en los lugares más insospechados, por ejemplo: en actos propagandísticos de actores célebres, o en ciertos telediarios melodramáticos que cosen retazos de actualidad para ensalzar a buenos sin tacha y denostar a villanos sin matices. Bernard-Marie Koltès no traza nunca, por el contrario, una demagógica raya en el suelo para poner a un lado a los buenos buenísimos y al otro a los malos absolutos. El africano Alboury representa, sin duda, a una Antígona de piel negra y sin instintos suicidas que se propone enterrar el cadáver de su hermano y que, al igual que sus oponentes, es incapaz de comprender a los otros en la misma medida que los otros son incapaces de comprenderle a él. Ambas partes son una incógnita mutua, un enigma que se desafía y cuyo miedo engendra, en todas las direcciones, un instinto violento. El centro de la obra va gravitando así sobre la incomprensión. Una incomprensión trágica que no puede ser solucionada por una simple buena voluntad.

Koltès subrayó ese determinante factor de incomprensión trágica ideando una escenografía donde se eleva un puente sobre los personajes de su obra–el puente que está construyendo la empresa europea-, pero un puente inacabado y que no se concluirá tras los sucesos del drama. El ala derecha del puente se eleva y se acerca al ala izquierda dejando el centro roto e inconcluso, como símbolo de dos culturas que se aproximan pero no se tocan ni se comprenden. Alboury, desde una visión tribal, tiene motivos para desencadenar una furia incapaz de comprender el individualismo de la visión europea, cuyo furor se alimenta, a su vez, mediante la nula comprensión de los valores de una civilización tribal. Los jóvenes directores de la obra, Mikolaj Bielski y Borja Manero, ha sustituido la imagen de ese puente trágico por una alambrada que circunda el dominio europeo frente a la amenaza externa, añadiendo así nuevas connotaciones a ese aislamiento, similar a la red que en un circo aisla las alimañas domadas frente al público.

La excelente dirección de actores por parte de Bielski y Manero, inspirada en el método de las acciones físicas, da continuidad al estilo propio que la Sala Réplika ha venido construyendo durante años, decantándose cada vez más por problemas de conflictos interculturales. La juventud de ambos asegura una persistencia en los rasgos singulares del centro teatral Réplika, respaldando la pieza representada con sucesivas conferencias, coloquios, talleres y lecturas dramatizadas que iluminan desde los puntos de vista más dispares los asuntos abordados en ella. Todo un auténtico antídoto contra la vulgaridad con que la sociedad de la imagen banaliza temas tan cruciales.
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