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Paso de la operación bikini

domingo 13 de abril de 2008, 21:25h
Se acerca el buen tiempo y con él la temida operación bikini. Con lo contenta que estaba yo escondiendo mis neumáticas carnes entre leotardos opacos y vestidos holgados y ahora me tengo que enfrentar a la paliducha desconocida que me mira con cara de pena al otro lado del espejo del probador. Los escaparates de las tiendas se llenan de minishorts imposibles y bikinis monísimos. Trato de embutirme sin éxito en vestidos veraniegos, lamentado que un año más las tiendas hayan decidido disminuir el tamaño de las tallas estándar. La posibilidad de que quien ha aumentado realmente sean mis muslos, cruza fugazmente mi cerebro –¡no!-.

Empiezo a tener pesadillas cada noche sobre lorzas blanquecinas que se asoman despiadadamente por encima del pantalón que hace un año me estaba perfecto. Menos mal que no estoy sola. Mis amigas de las revistas femeninas me dicen desde sus páginas coloridas y amables que no me preocupe, que invirtiendo la mitad de mi sueldo y de mi tiempo en cremas y ejercicios “sencillos y eficaces”, estaré a punto para enfrentarme a la prueba del bikini. Ahora mismo no soy digna de considerarme una auténtica superwoman del siglo XXI, pero con su ayuda volveré a ser una divine urbana que pare el tráfico a golpe de cadera huesuda.

Dicho y hecho. Cada mañana hago propósito de enmienda y me prometo a mi misma que ese día sí, volveré a calzarme las zapatillas y me iré a practicar 20 minutos de saludable jogging y cumpliré a rajatabla la última dieta milagro -pero saludable- que recomiendan. Sin embargo, conforme avanza el día me invade una extraña congoja cuando me doy cuenta de lo mucho que me queda por hacer para la puesta a punto. La ansiedad me domina y acabo sucumbiendo a los hidratos de carbono -macarrones con tomate, para el resto de los mortales- que no debería comer bajo ninguna circunstancia y me regodeo en el sacrilegio más absoluto, acompañándolos de lípidos –carne picada, por ejemplo-. Y, por si fuera poco, soy incapaz de negarme a tomar un par de cañas con algunos amigos a última hora de la tarde, escaqueándome de mi sesión de footing. Vamos, que al final acabo el día bebiendo alcohol, pasando de la dieta Montignac y sin más ejercicio físico que el de subir las escaleras de la oficina. Sé que el dios de la Vogue y la Cosmopolitan me castigarán por mi mal comportamiento, impidiéndome lucir con soltura un trikini este verano, pero... qué quieren que les diga. ¡Qué me quiten lo bailado!
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