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La tragedia del paro en el adulto

martes 27 de marzo de 2012, 21:33h
Hay más de cinco millones de personas en nuestro país que están desempleadas. El paro es sin duda el problema principal que tenemos hoy en España, supone una auténtica tragedia social. Hay dos modalidades, el paro primario que afecta a los jóvenes que nunca han trabajado, y el paro secundario que afecta a personas adultas que han perdido su puesto de trabajo. Son fenómenos muy distintos, el paro primario juvenil, del que ya hablamos, bloquea la biografía del joven impidiendo su maduración social y convirtiéndole en cierto sentido en un adolescente perpetuo sin posibilidad de emancipación, obligado a vivir bajo el cielo protector de sus padres. El paro secundario, el del adulto que ha perdido su empleo, tiene otras consecuencias socio-familiares y psicológicas que trataremos hoy.

Por lo pronto el paro secundario supone un drama que afecta no sólo al individuo sino a todo el sistema familiar que entra en crisis. La crisis no es, desgraciadamente, sólo económica, con frecuencia repercute en la salud de los hijos y en la estabilidad de la pareja. En algunos casos, quizás demasiados, vale aquello que decía: “cuando el dinero se va por la puerta, el amor se va por la ventana”. Y en cuanto a los hijos, si son aún pequeños, la repercusión de la crisis en ellos será en forma de trastornos de conducta y problemas en la maduración de la personalidad, incluida una falsa maduración precoz, que hace que algunos niños pierdan su infancia y entren muy pronto en la dinámica de los adultos, asumiendo responsabilidades impropias de su edad.

Al adulto en paro, sobre todo si es de larga duración (más de un año), lo que le ocurre es que entra en una especie de constelación depresiva. Y es que los cuatro tipos de situaciones que pueden llevar a un ser humano a la depresión se dan en el paro secundario. La primera la constituye las situaciones de pérdida y el paro, obviamente, lo es. Si además el trabajo que se pierde era valorado positivamente por la persona, la sensación de pérdida será aún mayor. Las situaciones de pérdida afectan sobre todo al estado de ánimo, pero también repercuten en la autoestima. La persona en paro se siente cada vez más pesimista y desesperanzada. La valoración que tiene de sí misma va bajando, mientras irrumpen sentimientos de culpa y de vergüenza por haber perdido el empleo.

El segundo tipo de situaciones que llevan a la depresión también se da en el paro del adulto, son las situaciones de estrés. El estrés psicológico al que está sometido un parado de larga duración y con fuertes cargas familiares es muy intenso. Las dificultades económicas se hacen cada vez mayores y sobre la persona gravita la responsabilidad de mantener el bienestar de los hijos y el sustento económico de la familia. Las repercusiones de un estado de estrés mantenido en el tiempo son tremendas y se acaba produciendo un hundimiento en la vitalidad. La persona sufrirá una pérdida de energía tanto física como psicológica que puede traducirse en trastornos médicos de toda índole, especialmente cardiovasculares e inmunitarios. El infarto de miocardio, las enfermedades infecciosas e incluso el cáncer son más frecuentes en las personas estresadas.
Las situaciones de soledad y aislamiento son el tercer tipo de situaciones depresógenas, y el paro secundario también puede llevar a ellas. La pérdida del trabajo conlleva una pérdida económica que obliga a la persona a cambiar su estilo de vida porque ya no puede mantenerlo. Se desarraiga. La vida social y de ocio fuera de casa se restringe al máximo, y además no suele faltar que muchos “considerados amigos” se vayan quedando en el camino. La persona en esta situación suele mostrarse introvertida, rehuye el contacto y la comunicación con los demás, se aísla y se torna con frecuencia irascible.

Por último, un cuarto tipo de situaciones pueden llevarnos a la depresión, las situaciones de cambio. La persona que pierde su trabajo cambia por completo sus condiciones de vida, sus hábitos, sus actividades y su temporalidad, la forma de ocupar su tiempo. Con frecuencia caen en la inactividad, pasan mucho tiempo en la cama o delante del televisor, en una ociosidad pasiva. El sedentarismo y el sobrepeso suelen hacer mella en su salud. Se alteran los ritmos biológicos y pueden aparecer trastornos del sueño, de la alimentación y de la sexualidad.

Que el parado desarrolle o no una depresión clínica va a depender también de otras variables, como la personalidad previa, la edad y el sexo. Las mujeres suelen hacer frente mejor a la situación de paro que los hombres por muchas razones, entre otras porque no suelen caer en la inactividad y además no hacen del trabajo la única fuente de autoestima. En cuanto a la edad, si el parado ronda los sesenta años se verá menos afectado porque suele vivir el paro como una jubilación anticipada. Pero en todo caso conviene reaccionar de una manera adecuada para que la situación de paro no lleve a la depresión. Hay que afrontar el problema sin caer en conductas de evasión como el abuso de alcohol y otras adicciones. Es fundamental mantener un estilo de vida activo, dedicando una buena parte del tiempo a la búsqueda de trabajo y a cursos de formación. La estructuración del tiempo es la clave para no caer en la ociosidad pasiva, que por así decirlo enmohece la personalidad y suele ser la entrada a la depresión del parado. Hay que seguir levantándose temprano, llenar el tiempo, evitar vacíos, practicar un deporte. En definitiva, se puede estar en el paro, pero no parado.
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