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Paul Auster: Diario de invierno

Juan José Solozábal
martes 24 de abril de 2012, 21:21h
No quiero contribuir a la agitación y el barullo amplificando el eco del ruido alrededor: hay que pararse. Bien mirado, como dice Iñaki Uriarte, lo más interesante que sucede es la lectura de libros. Paul Auster empieza el invierno de su vida, tiene exactamente mis mismos años, relatándonosla. Las vidas seguramente no tienen por lo común un propósito, pero sí un sentido, si se sobrepasan ciertos años y se les hace objeto de la mirada, entre lúcida y condescendiente, de la memoria.

Somos, en primer lugar, lo que queda de nosotros, lo que ha sobrevivido a los ataques del azar y de las enfermedades. Estas batallas en las que nos jugamos la supervivencia física dejan sus huellas en nuestra piel: son cicatrices, heridas, deterioros que arrastramos con más o menos compostura. Quizás el primer recuerdo de mi vida es, en la infancia de Ollauri, el de un accidente de mi hermano mayor en su triciclo que le costó una pala de la boca que nunca quiso verdaderamente reparar. Aun así tendría, entre Bogart y Brel, una sonrisa irresistible. Auster relata muchos episodios en los que ha estado a punto de perecer. “Aunque un solo hueso roto, el hombro izquierdo” , tobillos torcidos, muslos magullados, muñecas dislocadas, rodillas arañadas, codos doloridos, espinillas entablilladas, golpes en la cabeza… Lo que se deriva de nuestra experiencia es una idea de la propia fragilidad, pero también la esperanza de seguir contando en lo quede con la misma o parecida fortuna. No es entonces con ansiedad o desesperación como Auster ve el final, sino con serenidad y resignación.

Llama la atención también la idea del arraigo de Auster, cosmopolita, nada apegado a lealtades territoriales, patrióticas diríamos, pero absolutamente consciente de la determinación espacial de la propia vida: “habitáculos, habitaciones, las pequeñas y grandes viviendas que han protegido tu cuerpo al aire libre”. Auster nos ofrece un inventario de los veintitantos domicilios que ha tenido, descritos con detalle y cuidado extremos. Frente lo que nos ocurre a muchos cuya existencia queda troceada por los diversos espacios públicos en que hemos de aparecer para no ser borrados, Auster ama, escribe y vive exclusivamente en casa, que entonces es un ámbito imprescindible.

Contagia el optimismo de Auster a pesar de todo : “ tienes sesenta y cuatro años, vas acercándote cada vez más a la tercera edad, la época de la asistencia sanitaria a las personas mayores y los subsidios de la Seguridad Social”, que propone ante la vida no una actitud de conformidad o melancolía, sino de alegría y esperanza. La vida no es un desgaste y una frustración sino una oportunidad de goce y enriquecimiento que no debemos desechar. La mirada de Auster no es la del personaje de Marías (Los enamoramientos) que dice que lo que llamamos amor está fundado en la casualidad y el conformismo, “los descartes y las timideces”, pues no podemos ser los primeros o los preferidos y hemos de conformarnos, dice, con ser los restos. En todas las mujeres que Auster ha conocido, incluyendo a Sandra, la prostituta de Paris con la que leía a Baudelaire, ha encontrado una chispa de espíritu y energía que le ha ayudado a entender la vida. El amor para Auster termina bien con el encuentro de su mujer en el segundo matrimonio, “la persona más grande y más pequeña que habías conocido nunca o quizás la más pequeña y la más grande”. Hasta entonces, admite el escritor, se había equivocado en todas las decisiones tomadas en asunto de mujeres, “pero esta vez no”.

¿Hay una grapa en nuestras vidas que, no sabemos por qué, nos ha librado de la infelicidad y aun de la desaparición, que permite al fin al material de nuestra existencia la coherencia mínima que soporta el relato?. Auster parece creer en ello. Cuando en agosto de 2002 en el cruce de la Cuarta avenida y la calle Tres de Nueva York el coche que conduce avanzada la noche sufre un terrible accidente al chocar con una furgoneta que viene de frente, y es rescatada su mujer, medio inconsciente, uno de los escasos viandantes que presencia el terrible accidente es un “médico joven, natural de la India, de suave piel bronceada y facciones sumamente agradables”. El médico hace a la accidentada una serie de preguntas para impedir que caiga en estado de shok. El medico, dice Auster no es una aparición sino un hombre de verdad y queda al lado de ella hasta que llega la ambulancia y el equipo de urgencias. Pero, concluye Auster, “¿cómo no pensar en él como un espíritu divino que ha venido a salvar a tu mujer?”

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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