www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La ética española de Juan Ramón Jiménez

Juan José Solozábal
martes 08 de mayo de 2012, 21:05h
Reservaremos la tarde del domingo para la lectura de Juan Ramón. Como lector me interesa la emoción estética que un poeta suscita, pero quizás especialmente su perspectiva ética. Creo que no hay poesía sin ética. La ética nos da la referencia moral desde la que vivir el hoy, pues como decía W.H.Auden, no podemos desistir de ser parte. La prosa de Juan Ramón que yo suelo frecuentar es muchas veces explícita sobre las raíces institucionistas de la filosofía vital, esto es, después de todo la ética, que profesaba.

En su Libros de Madrid dedica unas páginas a evocar la figura de don Francisco Giner de los Ríos y otros nombres de la Institución. Estupenda la estampa entusiasta de don Fernando de los Ríos, sonriente muy antes de llegar, o del Marqués de Palomares que parecía, aunque fuese en Septiembre, venir “de pasar la primavera en Sevilla”. O las mujeres de la Institución: Micaela, Carmen Cossío, Natalia de Jiménez Fraud, “seria, sencilla, sin nubes, con la clara luz de su frente abierta”. Insuperable el escorzo de don Julián Sanz del Río cogiendo en Heidelberg el krausismo, ”como alta flor posible”, pasándolo a “unos hombres entusiastas que entonces se tienen por locos”.

Giner era un hombre limpio, una luz moral, el amigo fervoroso que regalaba su inteligencia hablando y leyendo. “Nos interpretaba la intelijencia de otros , de qué otros: Platón, Spinoza, Kant, Hume, Voltaire, Renan, Wundt”. Lo interesante de Giner estaba en el resultado humano de su filosofía , “por eso su ejemplo, su contagio estaba en su persona más que en su obra escrita, que no fue lo fundamental en su vida”. Giner era para Juan Ramón el ejemplo de verdadero hombre superior en el que la inteligencia se añade a la bondad. “Hombre superior es el hombre solo intelijente, pero la intelijencia no da el sentimiento por añadidura. Mucho más superior es el hombre de profundo sentimiento en donde se da, por añadidura, la intelijencia”.

Francisco Giner fue siempre andaluz, o mejor, español andaluz, “con lo más hondo de Andalucía fijo y quitado lo más innecesario y superficial”. Por ejemplo el acento exagerado. ¡Que propuesta más acertada la de Juan Ramón sobre el complemento de lo territorial y lo nacional, que posibilita el verdadero patriotismo español! Primero de donde venimos, pero corregido, después, por lo que en definitiva somos. O sea, España como ámbito indeclinable de integración secundaria, o no inmediata, pero superior, a pesar de su artificialidad.

Juan Ramón quedó prendado de la exactitud de la austeridad que “el (machadiano) hermano de la luz del alba” practicaba. Giner, dice Juan Ramón, fue de los primeros que comprendió la belleza escueta de lo popular, alejado del chabacanismo plebeyo, el brillo, “ese aquí estoy yo de la abundancia desmedida”. La ropa suficiente y corriente “con la única excelencia de la limpieza”, lo contrario de lo provocativo,“corbata de ajedrez, pañuelo de flores, calcetín, bastón”. Y el orden sobre todo: el orden que es la libertad y la fuerza de la vida.

Giner estaba lejos de la imitación, la simulación, el parecido, toda esa poca calidad. Difícil en la agitación sin propósito, meramente exterior de nuestros días, en donde la divisa es antes muerta que sencilla, la escueta propuesta de contención y verdad de Giner: “pena de lo fácil, apartamiento de lo bullanguero, idealismo concentrado, al margen de la exhibición, del retrato, del alarde”.

La muerte fue objeto de múltiples reacciones de Juan Ramón Jiménez, desde la obstinación trágica ante ella al modo unamuniano del principio (¿han de servir mis blancas ilusiones /para comida del gusano inmundo?), hasta su aceptación resignada en algún poema después (me iré/y estaré solo sin hogar ni árbol/ y se quedarán los pájaros cantando…). La muerte tras la vejez cansada y la vida plena es lógica, casi deseable. Aunque los amigos quedan perdidos de veras y errantes. Juan Ramón entra en la estancia de don Francisco por última vez. Los mirlos silban y en la mañana hay un hombre en la casa que ya no los oye. “El que más y mejor los oía”…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios