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La salud de los estereotipos

De ratones y hombres, de John Steinbeck, la fría versión de un clásico

domingo 13 de mayo de 2012, 10:40h
De ratones y hombres, de John Steinbeck
Director de escena: Miguel del Arco
Versión: Juan Caño Arecha y Miguel del Arco
Espacio escénico: Eduardo Moreno
Iluminación: Juanjo Llorens
Intérpretes: Fernando Cayo, Roberto Álamo, Antonio Canal, Rafael Martín, Josean Bengoetxea, Irene Escolar, Eduardo Velasco, Diego Toucedo, Alberto Iglesias y Emilio Buale
Lugar de representación: Teatro Español. Madrid

Por RAFAEL FUENTES
PIE DE FOTO

La selección del repertorio teatral no guarda grandes secretos. Buena parte de los títulos son elegidos entre autores consagrados con una obra ilustre que conecte de un modo u otro con un asunto de actualidad. Todas estas condiciones concurren en el Premio Nobel John Steinbeck, célebre por las versiones cinematográficas de novelas como Las uvas de la ira o Al este del Edén. Steinbeck es el novelista de la Gran Depresión en la California rural, donde se inscribe su relato breve – casi un cuento convertido en parábola- De ratones y hombres, en el que los trabajadores agrícolas son tratados por los capataces con la misma implacable desconsideración que una plaga de roedores. Es esa analogía entre el “crack” de 1929 y la “crisis” financiera que nos aqueja el factor de actualidad decisivo para que Juan Caño Arecha y Miguel del Arco adapten la sucinta novela con el fin de llevarla a escena e involucrar al público de hoy.

Steinbeck cifra en los dos protagonistas de su narración, George y el gigantesco pero disminuido psíquico Lennie, la defensa de valores inequívocos. En el comportamiento de George descubrimos una profunda compasión hacia Lennie, solidaridad, ayuda, responsabilidad. En Lennie, con cuerpo hercúleo y crédula mente infantil, hallamos inocencia, la energía de la ilusión y una intuitiva simbiosis con la naturaleza que le hace amar a todas sus criaturas, incluso a aquellas que a los demás les pudieran parecer repugnantes. El narrador californiano le imprime una fuerza análoga a la que Mary Shelley ideó para ese monstruo al que dio vida sacrílega el doctor Frankenstein. No porque Lennie esté constituido por fragmentos de cuerpos saqueados en las tumbas del cementerio, incluyendo un cerebro con impulsos criminales, sino porque se encuentra zarandeado por una sociedad enloquecida incapaz de reconocer y amparar la inocencia, de modo que su vigor se transforma en un poder maléfico que destruye todo lo que ama. La candidez de esa fuerza nefasta y la aniquilación brutal de la inocencia conmueven hondamente en la novela. En el escenario no.

El porqué de esa insuficiente involucración emocional durante la representación De ratones y hombres no hay que buscarlo, con toda seguridad, en la dirección escénica. Roberto Álamo construye con eficiencia ese Frankenstein social que es Lennie, del mismo modo que Fernando Cayo hace creíbles los valiosos sentimientos de George, e Irene Escolar la inquietud aciaga de la esposa de Curley. El calor opresivo del Rancho Tyler y el agotamiento embrutecedor al que se ven abocados los temporeros que trabajan en él están perfectamente sugeridos. La puesta en escena alcanza una impecable – y carísima- espectacularidad cinematográfica. El mensaje conceptual de que, tanto entonces como ahora, la indignación popular está justificada y la sublevación contra los poderosos acaudalados es justa y posee grandeza, se entiende con total claridad en palcos y butacas. La falta de emoción habría que rastrearla más bien en el proceso de adaptación de la novela al texto teatral, que son dos tipos de narraciones con obvias diferencias en su lenguaje expresivo.

Si reparamos en el conflicto de fondo, vemos que se confronta la clase social de los propietarios, simbolizados por el hijo del dueño del Rancho Tyler, Curley, machista, camorrista, arbitrario, violento e insensible al sufrimiento de los demás, con el cándido Lennie, que encarna la limpia alma del pueblo humillado, y al que se obceca en maltratar. El novelista Steinbeck trata de hacer pasar lo más desapercibido posible un estereotipo demagógico tan maniqueo, en tanto que la versión teatral lo ensalza con trazos de brocha gorda haciendo mella en la verosimilitud de la pieza, pues ya nos avisó hace mucho tiempo el viejo maestro Stanislavski de que los convencionalismos son el peor veneno para la salud del arte dramático. Los adaptadores parecen realizar un sobreesfuerzo para convencer al público –diríase que por convencerse a sí mismos- de un supuesto paralelismo absoluto entre el “crack” del siglo pasado y la actual “crisis” del siglo XXI, en una correspondencia tan geométrica que resulta dudoso aceptar sin más, y ese sobreesfuerzo parece canalizarse hacia los poderes persuasivos de una tramoya aparatosa y efectista, en vez de encauzarlo a través de la vivencia emocional de los personajes. Una vez más vuelve a comprobarse que lo espectacular corre el riesgo de fascinar la vista y dejar frío el corazón.

Más allá de la adaptación en sí, el relato De ratones y hombres tiene la gran virtud narrativa de preparar concienzudamente la credibilidad de los hechos trágicos en que desemboca. Pero este gran acierto de Steinbeck para una novela corta, resulta particularmente perjudicial en un drama que, sin explorar una alternativa, se trocea, se estanca, carece de una auténtica línea de continuidad, de un hilo conductor capaz de articular una verdadera tensión dramática, que solo brota en aislados chispazos broncos. Con toda probabilidad un escenario despojado de efectismos y volcándose en la compleja experiencia humana, habría estremecido los sentimientos del público con la misma eficacia que lo hace la novela original. Entre tanto, nos debemos conformar con estos aparatosos juegos de artificio ideológicos, tan fríos y estáticos dentro de su incansable agitación.
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