www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Años lentos, de Fernando Aramburu

Juan José Solozábal
martes 15 de mayo de 2012, 20:35h
Para mí lo de menos es la forma de esta excelente novela que ha llamado tanto la atención. Cada capítulo de Años lentos está doblado por unas notas del escritor que ofrece el material del relato o las alternativas abiertas a su confección, según una técnica que me ha recordado alguna edición del Benito Cereno de Herman Melville, en la que se acompaña la narración principal con una crónica paralela de los hechos de alguno de los protagonistas como el capitán Amasa Delano. En el Quijote se intercalan relatos contados por alguno de los personajes que ocasionalmente acompañan a Sancho o a don Quijote, y la totalidad de la novela es en realidad la transcripción de un relato de origen árabe que habría encontrado el autor en la ciudad de Toledo.

La novela por lo demás es más tremendista que realista. O es tremendista en los trazos de algunos personajes, cortados casi por el patrón de Pascual Duarte, así Mary Nives o, en menor medida, el propio Julen que incurren en una conducta sexual degradada y con los que el destino es inexorable, y realista por la descripción de un fondo, ambiente o coralidad, los de la periferia de San Sebastián en una época, los años de plomo, en la que la transición política no se percibe, y de la que se compone un fresco inolvidable.
La localización de la novela nos lleva a un barrio de las afueras de San Sebastián, parecido al que yo conocí en mi niñez unos cuantos años antes. Mi vida en esa época trascurría, por decirlo así, en dos escenarios. El del colegio de jesuitas, donde confraternizaba con los hijos de la burguesía de la ciudad y el del barrio, donde vivía gente de otra pasta. Más arriba de Ategorrieta, por Inchaurrondo y Alza, hacia el Norte, había una población de clase media baja y aun proletaria, proveniente en parte de la provincia, pero sobre todo de Navarra y Rioja, semejante a la que localiza la novela de Aramburu en el barrio de Ibaeta, hacia el Sur, hacia Andoain o Lasarte.

La vida en el barrio de la novela de Aramburu es una urdimbre de nacionalismo y religión. El cura que Aramburu presenta es un arquetipo de los defectos que esos dos elementos pueden presentar, encarnados perfectamente en don Victoriano, practicante de un catolicismo convencional y descristianizado y en realidad dedicado al adoctrinamiento y reclutamiento de etarras. La vida de la parroquia, de una parte, puede atender al ocio y la orientación de las mujeres del barrio, entre ellas Maripuy, la tía del narrador, navarra de una pieza, controladas férreamente por el cura; de otro lado, las actividades recreativas o culturales de “apostolado”(excursiones al monte, sobre todo) con los jóvenes, determinan su orientación patriótica y aseguran el reclutamiento de la cantera subversiva. Por supuesto se trata de un relato, del que menos que nadie el autor, pretende sacar conclusiones generalizadoras. He conocido en el ambiente que describe Aramburu otra iglesia y otros curas, de modo que no se debería obtener munición de esta novela para entender sólo en un sentido la relación entre Iglesia y Nacionalismo. Desgraciadamente no puedo preguntar a mi hermano por las peripecias de don Juanito Uribesalgo, el párroco durante tantos años de Ategorrieta, que oficiaba la misa de los domingos en los Angeles Custodios, al que recuerdo con sotana y fumando siempre en boquilla. Desde luego no era franquista pero tampoco se le significa como nacionalista, me parece, en Puertas Coloradas la reconstrucción de Pablo Muñoz un poco en tono de farsa, eso sí bien hecha , de los personajes de su infancia. Por aquellos años, en Alza algunos jesuitas vivían como curas obreros a los que a veces visitábamos, pero sus problemas entonces tenían que ver más con el marxismo que con el nacionalismo.

Me parece en cambio mayor la utilidad de la novela para entender el origen de Eta en relación con las oportunidades de la gratificación nacionalista a quienes no eran vascos de origen, como muchos de los que vivíamos en Ibaeta o Inchaurrondo, y a los que el apoyo o la militancia en el nacionalismo extremo podía ofrecer la compensación, en una argumentación en clave etnicista, a sus carencias de procedencia u origen fuera del País, aunque se tratase de territorios tan próximos como Navarra, la Rioja u otras zonas limítrofes. La causa nacionalista, de otro lado, ennoblecía la posición de determinados sectores sociales autóctonos cuyo declive o marginalidad quedaban diluidos, al menos si se les consideraba en comparación con los recién llegados de la inmigración.

La novela, de ritmo trepidante, impresiona por el testimonio vívido que aporta de la brutalidad de la policía franquista ya en sus allanamientos de morada o en los raids en la ciudad ocupada y desierta. “En todas partes se hablaba de registros domiciliarios, de redadas, de palizas en los sótanos de las comisarías… me entraba un estremecimiento de miedo cuando veía pasar por las calles de San Sebastián hileras de vehículos de la Guardia Civil o la Policía Armada”. Respecto de la condición de los militantes de Eta se da cuenta tanto de la inanidad de su consistencia ideológica (Julen, que guardaba debajo del colchón la ikurriña), como de la sordidez y dureza de su propia existencia en el Sur de Francia con unos niveles de miserabilidad hobbesianos. No se la pierdan

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios