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La fiesta barroca en la CNTC

[i]Entremeses barrocos[/i], de varios autores, un humor canalla

viernes 18 de mayo de 2012, 16:46h
La Compañía Nacional de Teatro Clásico crea un espectáculo unitario basado en breves entremeses de Calderón de la Barca, Agustín Moreto y Bernardo de Quirós, entre otros dramaturgos del Siglo de Oro, hábilmente entrelazados por Luis García-Araus a partir del tema del amor y la risa satírica, con la que se facilita el disfrute y el conocimiento del la sociedad y el teatro del Barroco.
Entremeses barrocos, de Calderón de la Barca, Agustín Moreto y Bernardo de Quirós
Directores de escena: Pilar Valenciano, Elisa Marinas, Aitana Galán y Héctor del Saz
Versión: Luis García-Araus
Escenografía: José Luis Raymond
Iluminación: Pedro Yagüe
Intérpretes: Francesco Carril, Héctor Carballo, Paloma Sánchez de Andrés, Mamen Camacho, José Vicente Ramos, Jesús Calvo Jesús Hierónides, José Ramón Iglesias, Eva Trancón y Rebeca Hernando, entre otros.
Lugar de representación: Teatro Pavón. Madrid

Por RAFAEL FUENTES

Los estudios sobre el teatro del pasado, y más en concreto, de nuestro teatro barroco en los Siglos de Oro amplían sus círculos de investigación cada vez más allá de los textos para abarcar componentes escénicos no escritos, como la música, la danza, el ejercicio gestual de los actores y todo lo que cabía en la diversión escénica. Es lógico que la Compañía Nacional de Teatro Clásico sea cada vez más sensible a la confluencia de todos esos materiales chispeantes que se han dado en llamar la fiesta teatral barroca, a la que ahora le dedica un espectáculo monográfico con el título de Entremeses barrocos, donde el dramaturgo Luis García-Araus ha hilado piezas cortas, pero magistrales, de Agustín Moreto, Bernardo de Quirós y Pedro Calderón de la Barca, entrelazadas con jugosos fragmentos de Juan Matos, Jerónimo de Cáncer o Fernando de Zárate.



Lo heterogéneo de los autores no atenta contra la unidad del espectáculo, pues además del asunto común del amor, todos los textos quedan fuertemente ensamblados por la risa de la fiesta teatral barroca, donde está el verdadero vínculo de cohesión que aglutina estos dispares Entremeses barrocos en una función sin discontinuidades. Sabemos que el plato fuerte de la diversión burlesca y la fiesta alocada estaba entonces en las breves loas, mojigangas, jácaras, sainetes o entremeses que acompañaban y se intercalaban en los descansos de las grandes comedias. Allí reinaba la farsa, lo grotesco, el humor canalla, la befa, lo ridículo, el contrasentido cómico y el humor absurdo que conectaban de forma directa con la expresividad popular de los carnavales. Esto ha permitido a los cuatro directores de escena de estos Entremeses barrocos enriquecer el espectáculo con otras manifestaciones carnavalescas contemporáneas, más próximas a nosotros en el tiempo, pero de igual cariz que las originales. Se recurre al cabaret, a la revista, al circo, la barraca de feria, conciertos de rock y pop-gótico, también en los dibujos animados o los videoclip de Youtube… La mezcla produce esa comicidad irreverente que Tadeusz Kantor consideraba la esencia de la risa de Aristófanes: “sin cabida en las buenas formas sociales, aguda, chillona, bufonesca.”

Pero no todos los entremeses elegidos poseen la misma mordacidad. Sin duda sobresalen los que están inspirados en el personaje de Juan Rana, como sucede en el entremés de Calderón de la Barca El toreador, o El muerto, Eufrasia y Tronera, de Bernardo de Quirós, tan próximo a Los muertos vivos, de Quiñones de Benavente. “Juan Rana” fue un personaje interpretado durante casi medio siglo por un actor de oscura existencia, Cosme Pérez, que encarnaba a “Juan Rana” en las más disparatadas burlas y las mofas más desternillantes, hasta que su celebridad llegó a la Corte de los Austrias y obtuvo de ella una pensión vitalicia. Pasados los siglos, “Juan Rana” aún descuella entre los Entremeses barrocos de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, como torero a la fuerza hecho un flan de miedo o como camorrista convencido por amigos y familiares de que está muerto y debe entregarse a los sortilegios de un mago para resucitar. Aquí la hilarante comicidad conecta con el moderno humor absurdo de la vanguardia, y no desmerecería de la pluma de un Jardiel Poncela o un Mihura, sin dejar de mostrar el perfil más bribón de los Siglos de Oro.



Música en directo, coreografía, lucha escénica, canto e interpretación gestual a un ritmo trepidante ponen a prueba al elenco de jóvenes actores, que salen airosos en todos los trances, perfectamente preparados para expresar las intenciones de los versos clásicos a la vez que ejecutan un trabajo gestual frenético, como ocurre en la interpretación de la farsa grotesca en José Ramón Iglesias, el descaro cabaretero de Eva Trancón, los infinitos registros de Francesco Carril, la ingenuidad con segundas de Mamen Camacho, la inagotable vis comica de Héctor Carballo… Estamos ante una nueva generación de actores extraordinariamente capacitada para recrear en todas sus dimensiones esa inacabable fiesta barroca.

Ha llegado a ser una enojosa obstinación reivindicar el valor de los textos teatrales del pasado según su hipotético carácter agitador o subversivo, y Luis García-Araus, autor de esta versión, no deja de caer en el mismo tedioso tópico. ¿Subversivos entremeses que llegaron a ser representados en los palacios de los Austrias? Más bien ilustra el gusto por lo popular de la aristocracia española -como ya diagnosticase José Ortega y Gasset-, y mucho más aún: la fuerza ejemplarizante de la carcajada. Se olvida que el poder de la farsa nace en Aristófanes para defender las tradiciones más conservadoras y escarnecer las innovaciones. Otro tanto sucede aquí con los entremeses de la época barroca: la risa se emplea como garrote para arrear estacazos inclementes a cualquiera que se desviase un solo milímetro de las estrictas normas vigentes. Ya fuesen caballeros sin valentía, incautos que se dejasen engañar en cuestiones de honor, crédulos que cayeran en manos de la magia de hechiceros al margen de la Iglesia católica, todos acababan cumplidamente deslomados con el palo inclemente del ridículo y las carcajadas. Un aviso diáfano a los espectadores que no estuvieran atentos al orden establecido.



La risa siempre ha sido severa justiciera, y los entremeses no han perdido esa cualidad hasta hoy mismo. Véase si no los hilarantes varapalos que mediante el entremés cervantino El retablo de las maravillas, Albert Boadella y Els Joglars aplican a ridiculeces de nuestro más inmediato presente. El humor de estos Entremeses barrocos recuperados por la Compañía Nacional de Teatro Clásico son, así, un perfecto banderín de enganche para el disfrute de nuestro teatro clásico y una vía festiva para conocer el pesimista, rígido y complejo orden moral del mundo barroco.
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