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Lo último, casarse consigo mismo

miércoles 30 de mayo de 2012, 20:08h
Las cosas buenas, llevadas al extremo, también pueden degenerar hasta convertirse en, como poco, ridículas. A estas alturas, nadie ignora que sólo desde el amor y el respeto a la propia persona, se puede llegar a sentir genuina empatía y desprendido afecto hacia los demás, especialmente, hacia aquellos que padecen algún tipo de mal o de carencia. Hay que admitir que es muy complicado, por no decir imposible, meterse en la piel de otro, sentir lo que nunca hemos sentido, ni siquiera imaginado, pero es ahí, precisamente, donde radica el misterio de la empatía, en abstraerse de uno mismo para no medir los hechos partiendo siempre del kilómetro cero de nuestro ombligo.

Por eso, si bien, por una parte, quererse a uno mismo puede ser esencial para llevar una existencia equilibrada y de relativa paz interior; por otra, tenerse a si mismo como único punto de referencia a la hora de relacionarse con los demás, a la larga, puede resultar una acción abocada al fracaso. Quien vive únicamente de los laureles que lanzan a su paso los demás, lo más seguro es que un día tenga que darse cuenta de lo solo que, en realidad, está. En todo caso, la noticia de que cada vez más personas – o personajes – deciden contraer matrimonio consigo mismas, seguramente, poco o nada tenga que ver con cualquier tipo de disquisición filosófico-existencial. Más bien, con la simple y llana tontería. Porque uno puede haber decidido que en su vida está mejor solo que mal o bien acompañado o, quizás, sencillamente no ha tenido la suerte – sí, la gran suerte – de encontrar a un compañero ideal, y real, para compartir lo bueno y lo malo del efímero paso por el mundo, pero convertir ese hecho personal en un espectáculo, lo que parece es una demostración de que si esa persona se quiere de verdad, tal como proclama a los cuatro vientos, es porque no se ha preocupado en absoluto de explorar en su interior. O es que el interior se encuentra tan vacío, que sólo queda la posibilidad de continuar explotando la superficie.


Saber que esa moda que empezó en Taiwan hace unos pocos años, y saltó a los medios como la extravagancia de quien se moría por tener sus quince minutos de fama, se está extendiendo ahora a otras partes de este mundo que llamamos desarrollado, haciendo que florezcan en internet webs especializadas en organizar ese tipo de bodas, más que incredulidad, lo que despierta es indignación. ¿Cómo puede alguien gastar miles de euros en comprarse un modelito especial y encargar una ceremonia, seguida de banquete para varias decenas de invitados? Si sólo fuera para resarcirse con los regalos y aumentar la cuenta corriente, el crimen todavía tendría un móvil “aceptable”. Sin embargo, escuchar a sus protagonistas hablar de la importancia de celebrar el hecho de que te quieres más que a nadie y por encima de todo, como diría mi abuela, clama al cielo. Sí, por supuesto que la meta es que cada uno haga con su vida lo que quiera pero, ¿no sería más sano y coherente comprometerse consigo mismo a través, por ejemplo, de apadrinar un niño en cualquier lugar del mundo? En todo caso, acciones tan superficiales como esta explican, en parte, la decadencia de una sociedad que lleva décadas fomentando y aplaudiendo las formas más patéticas e injustas de administrar nuestra riqueza, grande o pequeña. Una sociedad que, para colmo, ha caído en manos de administradores, políticos o económicos, infinitamente más preocupados por su propio beneficio. Pero la mayoría de las veces, la abundancia reside en su aparente contraria, la moderación, igual que la felicidad de uno mismo, en ocasiones, puede llegar más fácilmente a través de la felicidad del otro.
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