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No mentirás

jueves 14 de junio de 2012, 21:02h
Una de las consultas más frecuentes acerca de la crianza de los niños y niñas tiene que ver con lo que se les puede decir y lo que no, o cómo comunicarles las cosas.

¿Cómo hablamos con Berta, por ejemplo, de cinco años, cuyo padre va a morir por una enfermedad que no tiene cura? ¿O con Pedro, de once, al que hay que contar que sus padres se separan?

¿Hay que hablarles de forma distinta que a los adultos? ¿Es mejor ‘dulcificar’ la realidad para que no sufran?

¿Cuándo hay que hablarles de drogas? Dicen los anuncios que la comunicación es el mejor modo de prevención, pero, ¿cómo se hace eso?

Los niños están preparados para escuchar las verdades. Por duras que sean. A veces los adultos creen que cuidar a un niño es retrasar al máximo su entrada en el mundo real, especialmente en aquello que le frustre o le haga sufrir. Es tan comprensible como erróneo. Porque subyace la concepción de los niños como seres ingenuos que no se enteran si no es porque nosotros se lo decimos. Hemos olvidado nuestra infancia.

El mundo que los niños y niñas necesitan ir comprendiendo está lleno de oscuros y desconocidos lugares que nunca han transitado. Hacerse un lugar en la escuela, por ejemplo, tanto con la profesora como con los compañeros de clase. Encontrarse en un espacio en que las reglas son diferentes a las de casa y tener que irlas averiguando para adaptarse lo suficiente como para no ser reprendido en exceso y tener con quién jugar.

Si aún dudan de que esto es duro para los niños, imagínense ustedes forzados a emigrar a un país no elegido y adaptarse a otras costumbres, con otro estilo de jefes en su nuevo trabajo. Y ahora acentúen esa inquietud, porque ellos no tienen el recorrido de la experiencia en cambios y adaptaciones que hacen a un adulto saber que, pasado un tiempo, uno lo consigue.

El papel del adulto es mediar entre el mundo y el niño, ayudarle a aprender a manejarse en cada situación que le toque vivir. No negar que las dificultades existen y forman parte de la vida, no engañar, sino preparar y apoyar.

Una mañana de martes la madre de Miguel actúa como cualquier día, pero su expresión es triste, su mirada está perdida, tiene más ojeras, parece estar pensando en otra cosa mientras pone el desayuno. Él le pregunta algo y ella le regaña: “Si no terminas pronto no vamos a llegar a tiempo, deja de hablar ya y come”. El niño -inquieto porque le importa mucho lo que le pase a mamá- se construye una explicación. Interpreta lo que no se le ha dicho pero sí ha percibido.

Los niños, recordemos, vienen de creer que lo son todo para sus madres y padres, para bien y para mal. Si mamá no es feliz seguramente es por algo que Miguel ha hecho mal. Será porque no se porta bien, porque ayer hizo enfadar a mamá, porque no es buen hijo. Porque no es bueno.

Entonces, para evitar esto, ¿debe saber Miguel qué mantuvo en vela a mamá esa noche? No, en absoluto. No se trata de desahogarse con ellos ni de tratarlos como a iguales. Pero su madre podría decir algo como: ‘Miguel, hoy estoy preocupada y nerviosa, así que date prisa en desayunar y preparar tus cosas que tengo poca paciencia. Son cosas mías, cosas de mayores que no tienen que ver contigo’. O cualquier otra respuesta que el niño escuche como:
-Es cierto lo que percibes, mamá tiene mala cara hoy y no se siente bien.
-Tú no eres el causante del malestar, no te sientas culpable.
-Son cosas de mayores, mamá lo va a resolver o manejar, tú no tienes que preocuparte por esto, que mamá se apoyará en otros mayores cuando necesite ayuda, no quiero que ‘cuides de mamá’.
-Mamá no va a dejar de cuidarte y quererte por esto ni por nada, pero a veces tendrá menos atención para ti.
-Este mal momento empieza y termina. Hoy estoy preocupada y nerviosa; ‘mañana’ estaré de nuevo como siempre.


Si tenemos en cuenta estos matices, las niñas y niños se sabrán tratados con respeto y sentirán que tienen permiso para ocuparse de sus cosas. También reciben un mensaje de seguridad, porque ésta proviene de saber salir de los problemas, no de hacer como si no existieran, y su madre le dice que ya ella (y otros mayores) lo resolverá.

Una pregunta muy frecuente en consulta es la de cómo hablarles de la separación de los padres. Es mejor que se lo digan cuando tengan la decisión tomada. En un artículo anterior en este mismo periódico abordé específicamente este tema: http://www.elimparcial.es/sociedad/cuando-los-padres-se-separan-61871.html.

Veamos un caso más difícil. A Berta hay que comunicarle que su padre está enfermo, y también que es grave, y que va a morir pronto, si es que es así. Berta necesita elaborar un impacto tan fuerte, despedirse de su padre, enfadarse con él porque la abandona, hacer como si no fuera verdad, llorar con él, decirle muchas cosas y provocar en él otras tantas. ¿En qué la beneficiamos si lo mantenemos en secreto? ¿En que retrasamos –supuestamente- su dolor? Cuando ella quiera despedirse, pedirle perdón por alguna cosa, abrazarle muy fuerte, regalarle su peluche o hacerse fotos con él, ¿no creen que se enfadará mucho por no tener esa posibilidad? Siéntense con ella. Cuéntenle la verdad. No teman a las emociones que puedan surgir en el proceso, ni a las suyas propias ni a las de la niña.

Si tratamos a las niñas y niños con este respeto -¿acaso merecen menos por ser más pequeños?- y ven que los adultos no niegan las dificultades, que no se escapan de la realidad cuando tienen problemas, les estamos mostrando un modo de actuar frente a ellos.

Las adicciones a drogas, juegos de ordenador o consola, redes sociales y otras compulsiones, son vías de escape que pretenden sustituir a la realidad que les está angustiando. El problema es que la realidad es la que es y vuelve tercamente, duplicando la ansiedad y la impotencia de los adolescentes frente a ella. No es lo mismo estar un rato con la consola para descansar o divertirse que no poder separarse del juego sin montar una bronca. Es en ese momento en el que los adultos tienen que ocuparse de ayudarles. De entender que no es un capricho sino la señal de un problema.

A esto se refieren las campañas de prevención con ‘habla con tus hijos’, a que intenten establecer esta relación con ellos, a que les faciliten poner palabras a los problemas en lugar de necesitar ‘hacer llamadas de atención’, encerrarse en su cuarto, enfermar, o cualquier otro síntoma de que tienen problemas que no saben abordar solos.

Si desde pequeños han creado una relación en la que los padres no se erigen como amos de la razón -que nunca se equivocan-, sino que pueden reconocer errores y pedir perdón cuando se pasaron con ellos; si pueden mostrarles que tienen dificultades que les afectan pero no dejan de luchar ni pierden la ilusión, estarán trazando un surco frente al camino de sus hijos. Éstos no necesitarán aparentar que son hijos perfectos puesto que no recibirán una regañina o una mirada de decepción si hablan de sus dificultades, sus vaivenes y sus dudas, sino comprensión, apoyo -y ayuda, si es necesaria-, en la búsqueda de solución.

[email protected]
María Elízaga Viana
Psicoanalista. Psicóloga Especialista en Psicología Clínica

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