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RESEÑA

Pedro Molina Temboury: Islas, islas

domingo 01 de julio de 2012, 16:10h
Pedro Molina Temboury: Islas,islas. Pre-Textos. Valencia, 2012. 64 páginas. 11 €
Islas, islas es un buen poemario que demuestra la seguridad que goza una voz lírica aunque no se ejercite durante la friolera de 20 años –que según el tango “no es nada” aunque para Ulises implicó “todo un olvido”- siempre y cuando sea fiel, en primer lugar, a sí misma pero ante todo fiel a un modo de estar y ser en el mundo, y, en definitiva, tener un modo plausible de contarlo. “Cuaderno de viaje por el Dodecaneso”, es el subtítulo explicativo del libro, propio de quien con la escritura de novelas y libros de viaje no ha dejado de fatigar el mundo describiéndose “Isla soy y no náufrago: / la exactitud de ser” en el poema pórtico de certero rótulo: “(Robinson)”.

El prodigioso archipiélago del Dodecaneso ha sido cantado por toda la tradición, de Cavafis a Elytis, por citar los primeros autores que la memoria dicta pues larga es la sombra de Homero, el poeta ciego, como los canarios ciegos que siempre cantan mejor, según quiere la leyenda española. Asumir tal legado como propio y convertirlo en palabra vivencial es cometido reservado a unos pocos valientes. Aquí la pericia permite superar el escollo y el acento clásico se desglosa en aparente sencillez tan elaborada que parece poesía escrita con cincel milenario y tan medida que silban las palabras una tras otra en dulce armonía. Es, sin embargo, o por todo ello, netamente moderno al no prescindir en cada salto de página, donde se descubren peripecias de aventuras, reflexiones, y, en suma, la vida y el mar, de la ironía posmoderna, como en el poema “Lonely Planet” donde “Elegir una isla / es ya viajar por ellas”.

El poeta se coloca en el tópico viajero de “Ulises / tras saltar de isla en isla / logró alcanzar la suya en plena madurez”. Pero “los que vuelven, callan / silencian su epopeya como un amor prohibido / sin relato posible-”. Sin embargo, los lectores quizá hechizados por el embrujo de determinadas páginas, como en “Circe”- no pudiera ser de otro modo-, tenemos la sensación de “haber saboreado un elixir divino”. Si Tilos o el propio mare nostrum recuerdan la infancia perdida, esa “verdadera patria del hombre” que dijera Rilke, Rodas se antoja convertida en postal de turista, Lipsis despierta evocaciones eufónicas y se empatiza con la soledad de unos barcos parlanchines.

Por encima de todo planea la imposibilidad de fijar la poesía, como explicara magistralmente Juan Ramón Jiménez, aquí identificada en el trasunto de la playa más bonita: “ir y venir sin rumbo, / desesperar de hallarla, saltar vallas de alambre, / sortear a los perros / y al final cuando llegas / casi siempre es de noche”. De tal modo, entendemos ya que en la vida, en la literatura, todo “viajar es escoger” al saborear el significado de las Ítacas que pidiera el poeta heleno. Con una punta de tristeza acabamos sus páginas y al levantar la mirada no sabemos dónde volver, “¿pero volver a dónde?”. Se han despertado “nostalgias / de imposible retorno”, sofocadas siquiera por la certeza o el anhelo profundo de que a través de una futura lectura se produzca de nuevo el milagro y “continúe el viaje”.

Por Francisco Estévez
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