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Tensiones nacionalistas y Estado Autonómico

Juan José Solozábal
martes 03 de julio de 2012, 20:36h
Prometimos volver sobre el importante libro de Roberto Blanco, Los rostros del federalismo, y es lo que hago ahora. La variedad de manifestaciones federales, sus muchos rostros, son la prueba de la relación del federalismo con el pluralismo. De modo que esta forma política parece adaptarse a la condición de algunas naciones, resistentes a aceptar moldes homogeneizadores. En el caso de España, nuestros clásicos, así Gracián, captaban bien el contraste entre algunos países como Francia donde la homogeneidad geográfica y social, facilitaba la gobernación y nuestra patria , “donde las provincias son muchas; las naciones diferentes; las lenguas varias; las inclinaciones opuestas y los climas encontrados” y, donde por tanto, se necesitaba gran “capacidad” para unir.

Blanco propone distinguir, decíamos, la diferencia, que equivale a la idea convencional del pluralismo, o diversidad, de las deshomogeneidades, o pluralismo competencial, traslación inmediata y no cualitativa de la diferencia, y la asimetría, que supone alteraciones “en la respectiva posición político constitucional” de los entes federados. Ni la diversidad ni la deshomogeneidades representan problema constitucional alguno para el federalismo, lo que sí pueden generar las asimetrías, que apuntan a una diferenciación cualitativa que tal vez arriesgue la unidad del conjunto. No sufre la unidad si las Comunidades Autónomas difieren en sus competencias, por ejemplo lingüísticas o de ordenación fluvial, pero sí es cuestionable la solicitud de especificidades fiscales sin justificación suficiente. Aquellas son deshomogenidades, estas suponen una muestra de asimetría.

La cuestionabilidad de la asimetría resalta de modo especial cuando en su origen se encuentran posiciones nacionalistas, que Roberto Blanco considera tienen difícil acomodo en el sistema federal, que después de todo es un modo de reforzar la unidad de la nación plural, pero no un sistema ideado para liquidar el Estado compartido, lo que en el fondo es el objetivo de los nacionalismos identitarios obsesionados con la labor salvífica atribuída al proyecto nacionalista. El profesor Blanco no confía en la capacidad integrativa de la organización federal en el caso de los sistemas de descentralización, o el llamado federalismo de devolución, cuyos modelos son Bélgica y Canadá, sometidos a tensiones casi insoportables y que además plantean graves problemas de funcionamiento.

El cuadro español se agrava porque el identitarismo nacionalista mayoritariamente tiende a entenderse en fórmulas finalmente independentistas, que no pueden ser contrarrestadas en el Estado autonómico, dada la insistencia del nacionalismo en incrementar continuamente las competencias propias, de acuerdo con demandas privativas calificadas como extractivas, contando además con que en el juego del régimen parlamentario común las formaciones nacionalistas consiguen un peso abusivo. Estos planteamientos nacionalistas operan como verdadera carcoma del sistema y se hacen posibles por la indefinición constitucional propia de nuestro federalismo confuso que permite la evolución permanente del modelo autonómico sin límites eficaces de contención. Además, el oportunismo político fuerza a los dos grandes partidos nacionales a recurrir, no importa a qué costo, al apoyo de los nacionalistas en el Congreso.

Me parece que esta posición de Blanco, que se desarrolla de modo especial en el último capítulo de su obra con gran brillantez, merece algún matiz en lo que se refiere a los supuestos constitucionales que la fundamentan. Creo que el sistema constitucional español es un sistema abierto pero con topes claros, como permite una lectura sensata de la ordenación constitucional, de acuerdo al menos con la suficiente explicitación llevada a cabo por el Tribunal Constitucional, y me parece asimismo que la deferencia excesiva hacia el nacionalismo se podría haber salvado en virtud de un acuerdo entre las fuerzas nacionales, que puede tener lugar sin negar el suficiente espacio para la confrontación entre ellas.

A mi juicio si se aprovechan las ventajas del enfoque dinámico sobre la comprensión estática del sistema autonómico necesariamente ha de matizarse la contraposición radical entre nacionalismo y federalismo en que insiste Roberto Blanco. Lo cierto es el Estado autonómico como forma descentralizada tiene un efecto integrador que no se puede minusvalorar. Watts, el gran comparatista federalista, ha señalado muy acertadamente que los Estados que explosionan son con mayor frecuencia los unitarios. Es verdad también, en segundo término, que ni la instauración ni el desarrollo del sistema autonómico habrían tenido el carácter sustantivo que han adquirido en España sin la colaboración nacionalista. Sin duda, las Comunidades Autónomas nacionalistas han espoleado continuamente al caballo de la emulación, que ha generalizado la autonomía como modo de descentralización profunda y sin exclusiones, logrando que el autogobierno territorial se identifique no sólo con la referencia identitaria sino con la democracia y la innovación política. Por eso, finalmente, creo cabe la esperanza cuando se contempla el futuro de nuestro sistema autonómico, pues la mejora de la articulación del Estado, que se persigue en el libro de Blanco, aunque sea superando prejuicios formulados desde una actitud de bilateralismo confederal, acaba beneficiando también a las Comunidades gobernadas por los nacionalistas.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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