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CRÍTICA

Darío Jaramillo Agudelo (ed.): Antología de crónica latinoamericana actual

domingo 08 de julio de 2012, 13:09h
Darío Jaramillo Agudelo (ed.): Antología de crónica latinoamericana actual. Alfaguara. Madrid, 2012. 650 páginas. 21,50 €

Un fin de semana con el narcotraficante más peligroso de Colombia, el tristemente célebre Pablo Escobar, en el momento en que se preparaba para tomar las riendas del poder político, territorio que intentaba conquistar a base de regalos tan suculentos como envenenados; un transexual que acaba liderando un partido, en un país considerado de los más machistas de América Latina (de tópico a tópico se construyen las identidades), y que para colmo adopta el nombre macondiano de Amaranta; un artista argentino, Kuitca, que alcanza fama internacional desde la más tierna infancia, consagrado gracias a un puñado de cuatros que reúne bajo el lema Nadie olvida nada; una masacre perpetrada en un apartado pueblo de Colombia llamado El Salado donde, al son de las gaitas, los asesinos cometen atrocidades inenarrables; una colecta de joyas de damas de la burguesía chilena que tiene como fin colaborar con el golpista Pinochet y que muestra, con implacable ironía, la cruel paradoja de la condición humana cuando la estupidez va unida a la soberbia; un juez enfermo de miedo que, en su exilio, recuerda la más sórdida etapa de la guerra fría, padecida en El Salvador, al asumir el destino que lo puso al frente del caso del asesinato de Monseñor Romero, ordenado por los militares; un contingente de campesinos bolivianos explotados que trabajan encerrados más de veinte horas en las fábricas de textiles de las grandes marcas, en Buenos Aires o Sao Paulo, y que llegan engañados con la promesa de una vida mejor.

Divida en dos partes: “Los cronistas escriben crónicas” y “Cronistas escriben sobre la crónica”, América Latina está atravesada de sur a norte en esta apasionante selección que desvela aspectos ocultos de su realidad. Cada autor sigue una corriente subterránea de tráfico de personas, de míticas riquezas, de espejismos, que cuestionan el brillo de las pasarelas, en el aséptico “primer mundo”, la opulencia de los ricos, la corrupción política, las engañosas imágenes que invitan al consumo. Acaso sin proponérselo, éstos ponen en cuestión con su mirada valores religiosos, discursos hegemónicos plagados de consignas. Pero también rescatan del horror el lado más humano de aquellas zonas de miseria dantesca donde están confinados los humildes, quienes no podrían sobrevivir sin practicar la solidaridad. Compartir con estas gentes sus afanes, como hace el cronista que decide vivir en sus carnes seis meses con el salario mínimo en Medellín, entraña una postura ética, una disposición para instalarse en la situación del otro.

Escritas en primera persona, o desde la distancia y objetividad de la cámara fotográfica, muchas de estas crónicas o testimonios no pudieron publicarse, sino años después, cuando los delitos ya habían prescrito y los verdugos habían desaparecido o se disfrazaban de distinto color político. Más vale tarde que nunca, pienso, después de leer a Julio Villanueva Chang, incluido en este volumen, quien nos invita a volver sobre el pasado hoy, cuando “el exceso de información disponible en las pantallas de nuestros teléfonos es tan excitante e inasible que uno se entera cada vez más, pero recuerda cada vez menos”.

Sin lugar a dudas, como sugiere el colombiano Darío Jaramillo Agudelo, poeta y narrador (Cartas cruzadas, Cuadernos de música, etc.), la crónica periodística en Latinoamérica es una prosa narrativa de apasionante lectura. Esta nutrida muestra que Jaramillo Agudelo nos presenta, en la que se fusionan las técnicas del periodismo con los procedimientos de la ficción, es un ejemplo de ello. Y es que las fronteras, entre este periodismo de “experiencias límite” y la literatura, son borrosas. En cualquier caso, conviene subrayar que los orígenes mismos de la literatura latinoamericana encuentran en este género ejemplos felices, desde las crónicas de un Vasco de Quiroga, juez español destinado a la Segunda Audiencia de Nueva España en 1530, quien cuestiona la esclavitud a que son sometidos los nativos, pasando por Francisco López de Gómara, que conmovió a Montaigne con su Historia general de las Indias; o por Bernal Díaz del Castillo y Garcilaso de la Vega, por poner un par de ejemplos más. La crónica surgió de la necesidad de dar cuenta del nacimiento de un Nuevo Mundo cuyos límites se marcaban a fuerza de machete, aniquilando pueblos y clavando cruces por doquier. Pero los cronistas también volvían los ojos sobre los vencidos, indagando en sus tradiciones, dominando sus lenguas para imponer la del imperio, movidos, además, por un deseo de entender y justificarse.

En resumen, el asombro es el alimento de la crónica, trátese de una época o de otra. El caso es que en Latinoamérica una larga tradición incluye no pocos autores que dan lustre al género. Momentos épicos se viven con los modernistas José Martí y Enrique Gómez Carrillo, sin ignorar al célebre Rubén Darío. Se dice de Martí que sus deslumbrantes crónicas fueron cuestionadas por los periódicos en los que colaboraba, por ser “demasiado literarias”. Heredero de estos maestros es Gabriel García Márquez, fabulador de nítidas, precisas e intensificadas realidades y, por supuesto, los autores incluidos en este volumen, en especial, Alejandro Zambra, Juan José Hoyos, Leila Guerreiro, Pedro Lemebel, Martín Caparrós, Laura Castellanos y Alberto Salcedo Ramos, María Moreno, Luis Fernando Afanador y Josefina Licitra, quienes nos hablan de las heridas del cuerpo y del alma, de las cicatrices de un Continente de rudos contrastes que vemos, pese a todo, aferrado tenazmente a la vida.


Por Consuelo Triviño Anzola



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