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Charles y Mary Lamb o la pasión por Shakespeare (II)

jueves 12 de julio de 2012, 20:34h
Era Charles Lamb un hombre mentalmente inestable, como buen romántico –pues larga y fructífera ha sido la estrecha relación entre locura y literatura–, y llegó a afirmar aquello de que “es privilegio de la amistad hablar sin sentido y de hacer que su sinsentido se respete”. Amén de los Shakespeare en relatos (ed. Pigmalión Edypro), trasladados con sabiduría a las letras hispánicas por Eduardo Gallardo Ruiz, a Lamb le debemos los formidables Ensayos de Elia (1823), considerados hoy en día su mejor obra y ampliados en una segunda serie diez años más tarde, además de poemarios, obras de teatro y relatos infantiles. Junto a su hermana Mary Ann coescribió Poesía para niños, La escuela de la señora Leicester y una versión revisada de La bella y la bestia.


Charles Lamb nació en Londres, en 1775, y de los ocho a los quince años se educó en el colegio Christ’s Hospital de Londres; allí conoció a Samuel Taylor Coleridge con el que forjó una amistad que duró toda la vida, una relación que fecundó de influencia las trayectorias literarias de ambos. Lamb interrumpió sus estudios y no continuó su educación en la universidad, debido probablemente a su condición nerviosa, que lo condujo a padecer un tartamudeo severo. Pronto se empleó como oficinista; en concreto, trabajó la mayor parte de su vida como contable en la Compañía de las Indias Orientales. A la muerte en 1792 del abogado Samuel Salt, a cuyas órdenes trabajaba John Lamb, el padre de Charles y de Mary, la familia vivió exclusivamente del sueldo de Charles. Además, para aportar un poco más a la economía familiar, Mary empezó a coser ropa durante jornadas interminables… hasta que una tarde de septiembre de 1796, al regresar exhausta al hogar y tras ocuparse de cuidar de su madre una velada más, le asestó a su progenitora varias puñaladas que resultaron mortales. Durante el juicio por homicidio fue declarada demente y enviada a un alejado manicomio de Islington. Charles y su padre se trasladaron a un hostal y dos años más tarde, consiguió la custodia de su hermana, que regresó a casa tras la muerte de su progenitor y consagró el resto de su vida a ayudar a su hermano a escribir, en una muestra de lealtad y de amor. A pesar del amor fraterno que se profesaban, tanto Charles como Mary sufrieron varias recaídas en los abismos de la locura.


En 1833, se trasladaron a Edmonton, donde Charles adoptó una niña huérfana, Emma Isola, a la que consagraron sus cuidados; por desgracia, Charles falleció al año siguiente, en 1834, sobreviviendo seis meses a su querido amigo Coleridge, cuya muerte le partió el corazón a Lamb. Mary murió en 1847, tras una vida a caballo entre la vesania, el cariño devoto y la sensibilidad. Como dijo T.S. Eliot de Coleridge, podríamos afirmar de Charles Lamb que nació tocado con el dedo maldito de la demencia, que “ya era un hombre echado a perder. A veces, sin embargo, ser un hombre echado a perder es por sí mismo una vocación”. Su otro gran colega y amigo, William Hazlitt, escribió de él en The Spirit of Age que “sufría aversión por los rostros nuevos, los libros nuevos, las casas nuevas, las costumbres nuevas… Se evade del presente, se burla del futuro. Sus afectos se deciden y se vuelven hacia el pasado, pero aún éste debe de tener algo personal y local para interesarlo de una forma profunda y a fondo; instala su tienda en los suburbios de los modales existentes. […]”. Lamb fue un tipo, a lo que se ve, extraordinariamente conservador y pintoresco, contemplado con cierto recelo incluso entre aquellos que más lo apreciaban.


Shakespeare en relatos o Los cuentos de Shakespeare fue publicado al alimón por los hermanos Lamb en 1807 como parte de una colección juvenil, en la editorial de William Godwin, el suegro del gran poeta Percy Shelley. Lamb, que por entonces tenía 32 años, indica en la introducción del volumen que su intención al trasladar al nuevo formato los argumentos de 22 de las obras de Shakespeare no fue otra que la de acercarlos a los niños y a las jovencitas, de trasladar su lenguaje arcaico y hacerlo inteligible, sobre todo porque los niños por aquel entonces disponían de un acceso mucho mayor que ellas a las bibliotecas de sus progenitores. Eran los hermanos, primos y amigos de las muchachas los que habitualmente les comunicaban las apasionadas historias del Bardo de Avon, antes de que cualquiera de ellas se enfrentara con el texto directamente. Charles Lamb se dio cuenta al nacer el romanticismo de lo importante que era atender las demandas lectoras de los niños y las adolescentes, de sus habilidades e inteligencia y de cómo influiría su formación durante el periodo infantil de recepción en su posterior vida de adultos.


Los hermanos Lamb se repartieron el trabajo de la adaptación en dos grupos de obras: aquellas de argumento más serio, principalmente las tragedias, le correspondieron a Charles, mientras que Mary Ann, una década mayor que él, se hizo cargo de las comedias. Ambos se vieron obligados a un ejercicio de reducción de las subtramas, con el fin de obtener un discurso narrativo lo suficientemente fluido como para que las niñas pudieran comprenderlo. No deja de resultar fascinante que dos seres tan arrebatados por el delirio y la ebriedad mental, la rareza y la afectación, el homicidio y el encierro en el hospicio más lóbrego de aquel Londres que tan bien describiría Dickens… se dedicaran a cubrir un espacio de la recepción infantil y femenina que había sido socialmente desatendida con toda injusticia. No deja, sin duda, de emocionar que ambos hermanos se preocuparan, en un generoso esfuerzo de difusión y recepción literarias sin precedentes, de que las niñas pudieran apreciar el sabor y el sustrato poético del que muchos consideran el mejor escritor de todos los tiempos: William Shakespeare.


Con respecto a su enajenación, tal vez los Lamb… nos engañaron a todos.
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