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La otra diáspora vasca: los exiliados

martes 17 de julio de 2012, 20:13h
El País Vasco es una tierra de paradojas sociales, culturales y, sobre todo, políticas, donde la retórica, cargada de metáforas, sinécdoques, metonimias y toda clase de licencias literarias, muy épicas, pero nada poéticas, buscan ocultar y manipular la realidad en favor de la hegemonía identitaria de una parte minoritaria excluyente sobre la mayoría plural e inclusiva. Cincuenta años de terrorismo y violencia, basados en el odio étnico, han servido para apuntalar esa hegemonía de la sinrazón, la cobardía y el aprovechamiento utilitario, que ha aplastado a una buena parte de la sociedad en la “espiral del silencio”. Una de estas paradojas es el mimo institucional (leyes, altos cargos, subvenciones y programas) y simbólico con el que el nacionalismo ha tratado la llamada “diáspora vasca” (anterior a la transición democrática) y el sarpullido y la mala leche que le sale cuando alguien menciona el nuevo “exilio” después de esa fecha. Les repugna mucho más que se hable de “exiliados políticos” que de “presos políticos” (o sea, los terroristas y sus cómplices), aún siendo éstos los causantes de la tragedia de aquellos.

Como ante tantas otras tragedias, el nacionalismo y sus instituciones han soslayado en todo momento la vergüenza de que en el seno de la UE, en pleno siglo veinte y en una sociedad desarrollada y democrática (?), pudiésemos convivir, con apariencia de normalidad, con la existencia de una exilio interior masivo y contado por miles. Pero, mientras su diáspora tiene derechos, esta otra diáspora solo tiene la tragedia, el oprobio y el olvido. Es verdad que en una tierra plagada de víctimas de todo tipo (asesinados, heridos, secuestrados, extorsionados, damnificados en sus bienes, perseguidos, estigmatizados, amedrentados, excluidos, minorizados o sometidos a la ley del silencio), los que han tenido que irse son los que menos cuentan o con los que menos se cuenta. Solo conocemos la punta del iceberg de esta gran tragedia, porque la mayoría sigue prefiriendo el anonimato y el silencio, por si acaso o para evitar reavivar el dolor de su desarraigo. Familias enteras o familias rotas, vidas truncadas, negocios abandonados, costes personales y materiales de todo tipo por la misma causa: la estrategia de limpieza étnica de la “txarriboda” nacionalista, en la que unos matan y otros tiran de la pata, utilizando el simil de la matanza tradicional del cerdo en nuestras aldeas.

La mayoría van a seguir en el silencio y el anonimato, porque, por experiencia propia se, que los causantes de su desarraigo van a seguir haciéndoles mobbing, incluso a distancia, si se les ocurre cuestionar la indignidad establecida en muchos ámbitos institucionales de la sociedad vasca (desde la Universidad o las escuelas hasta la administración, las empresas o los medios de comunicación). Solo hay una forma de resarcirles a ellos y a la sociedad vasca de esta inmensa injusticia: reconocerles a todos los que se han ido después de la amnistía de 1977 el derecho a elegir donde quieren votar (o incluso, tributar), independientemente de sus condicionantes censales (empadronamiento obligado), residenciales, generacionales (ya hay hijos del exilio) o laborales, y hacerlo con celeridad y sin grandes complejidades legales antes de que acabe la actual legislatura. El nacionalismo no lo va a hacer, ni lo va a aceptar, a la vista de las muestras de desagrado y descalificación en clave étnica. Y lo mejor es hacerlo en el propio Parlamento Vasco. Solo la actual mayoría autonomista puede y debe hacerlo. Este si sería un síntoma de normalización política y no otros, que solo son concesiones, sin contrapartida alguna, a los causantes de esta inmensa tragedia. La frustración de este derecho a quienes, desde fuera, han sido actores de la disidencia y de la resistencia contra la violencia étnica, sería un inmenso error de nuestra democracia y un lastre imperdonable para el autogobierno vasco.
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