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Facebook y la idiotización de España

jueves 19 de julio de 2012, 21:01h
El primer bulo de todos es que las redes sociales nos harán más libres. No hablo de su capacidad, que eso sería discutible, sino de que de hecho lo vayan a hacer, una mentira como una casa. Durante años, todos hemos recibido emails en cadena con protestas o reivindicaciones o supuestos manifiestos firmados por grandes intelectuales que jamás escribieron ni una palabra de las que aparecían en el correo, pero lo bueno de ese “spam” era que tomaba su tiempo, es decir, que para que un amigo se animara a mandarte un correo así necesitaba copiar todo el texto o al menos darle al reenviar y ponerse a elegir direcciones entre sus contactos.

Twitter y sobre todo Facebook han acabado con eso: ahora, inventarse cualquier historia y difundirla a los cuatro vientos es más fácil que nunca. La idiotez se ha democratizado y el mundo es un enorme patio de vecinos gritándose incoherencias. De un tiempo a esta parte, si tienen una cuenta en cualquiera de las dos plataformas citadas, coincidirán conmigo en que el ambiente es irrespirable; no ya porque se hable de política sino porque nadie habla con su propia voz, todo el mundo ejerce de pregonero de una supuesta verdad que no se molesta en contrastar.

Al principio, uno respira hondo y pasa al siguiente mensaje. Le dicen que Sampedro ha llamado hijo de puta a Rajoy –antes fue a Zapatero- y no entra en polémicas, le dicen que en España hay medio millón de políticos, así a bulto, y no se pone a explicar que eso es imposible. Sale una foto manipulada de Andrea Fabra sacando el dedito a pasear frente a un grupo de manifestantes y a lo mejor te puedes molestar en buscar la noticia original, la foto auténtica, y aclarar que no, que la muy maleducada señora Fabra no es la que aparece en la foto, pero lo normal es que entonces te respondan: “¡Y qué más da!” y su cabreo se doble.

La masa enfurecida no solo quiere linchar sino que se niega a conocer las causas del linchamiento.

Lo último ha sido lo de los 56 días de Hollande, un documento que ha pasado de cuenta en cuenta, de muro en muro y que habla de las maravillas que habría implantado el presidente francés en sus dos meses al frente de la República. No sé si saben de lo que les hablo, pero es muy fácil de entender: Hollande habría hecho todo lo que alguien, en algún lugar de España, ha decidido que es lo que hay que hacer, tenga o no sentido, inventándose las cifras, algunas ridículas, y organizando un “Pásalo” en toda regla con el aviso: “Esto no son palabras, son hechos”.

Ya es sospechoso que ninguno de los hechos te suene, pero es que basta con llegar al tercer párrafo para saber que es otro bulo dentro del gran contenedor de bulos. Lo que me preocupa no es eso. No es que alguien se invente algo e intente manipular a los demás. Al fin y al cabo, eso está muy visto y discutirlo es incluso pueril. Lo que me preocupa es que la gente no se atreva a pensar por sí misma ni a elegir sus propios ejemplos, sus propias soluciones, su propia indignación.

Uno pasa por las redes sociales y no ve sino repeticiones de una misma foto, un mismo eslogan, un mismo documento. Nadie quiere individualizar el discurso. Decir “esto es lo que pienso yo”, explicarse qué está pasando. Es muy triste. Denota una idiotización bárbara. La pena no es que tus amigos llenen sus muros de reivindicaciones políticas sino que esas reivindicaciones ni siquiera sean suyas. Queremos que los demás nos den las arengas, que piensen por nosotros, que nos lo den mascado y luego no nos explicamos por qué algunos políticos creen que es tan fácil manipularnos.

No, las redes sociales no nos harán más libres. Y no será porque no puedan sino porque nosotros no queremos, porque preferimos atarnos a la indignación y al odio y a la consigna ajena sin cuestionarla, sin leerla, sin más criba que la de “¿es de los míos o es de los otros?” y de ahí al muro, bajo tu nombre, cómplice tú también de la estupidez masiva.
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