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Las Autonomías, método eficaz de acabar con España

miércoles 25 de julio de 2012, 21:01h
La doble decisión del Gobierno nacionalista catalán de acogerse al rescate del fondo de liquidez del Estado para las Autonomías y, a renglón seguido, aprobar la exigencia de un pacto fiscal que dote a Cataluña de Hacienda propia sin compromiso de solidaridad con el Estado, es la prueba palpable de que las Autonomías concebidas en la Constitución con tan buena voluntad no eran sino una forma de acabar con el Estado en un plazo rápido, en términos históricos.

Cualquiera que no fuera nacionalista entendería que hay una contradicción bastante notable entre las dos acciones. O eres capaz de valerte por ti mismo, y te mereces un pacto fiscal entre iguales, o no lo eres y necesitas el cobijo de otro. Pero la genialidad nacionalista (habría que llamarla ya sin tapujos independentista) es decir con toda la cara que si existiera el Pacto Fiscal, Cataluña tendría déficit cero. ¡Hombre, pues claro! Si Cataluña recauda sus impuestos y da al Estado lo que le sobra, basta con que nunca le sobre nada para que no tenga que dar nada. Y, si le falta, basta con pedir más al Estado para equilibrar sus cuentas.

La culpa no es del todo de los Mas y compañía. Porque el propio marco constitucional permitió la existencia de ese modelo de concierto ahora reclamado que ha logrado el milagro de que el País Vasco y Navarra siempre hayan tenido cuentas negativas en su cupo, pobrecitos. Razón por la cual, la carga de solidaridad para mantener el conjunto del Estado recaía más, efectivamente, en Cataluña… y en Madrid, Baleares, etcétera.

Pero, en vez de acabar con la lamentable e injusta excepción de los conciertos forales, lo que ahora se pretende es ampliar las excepciones, por lo que podemos llegar a la paradoja de que nadie quiera aportar nada a los demás, pero sí protegerse con lo de los demás, lo que bien mirado es bastante imposible. Salvo que se considere que Madrid, en solitario, puede mantener la solidaridad nacional con las regiones menos desarrolladas, y a lo mejor alguien piensa que le puede sobrar dinero para prestar a Cataluña, si las cosas le van mal.

Lo siguiente viene de suyo. Madrid puede pedir también un concierto. ¿Y por qué no? ¿Es que los residentes en esa Comunidad no son hijos de Dios? Y, si lo hace Madrid, y todas las regiones por encima de la media de desarrollo, ¿quién sostiene el conjunto del Estado?
Podemos hacer lo que el norte Europeo quiere hacer con el sur. Una España a dos velocidades. Una, que se apañe como pueda, y la otra que viva lo mejor que pueda.

Si dejamos aparte el concepto de España, que no es tenido en cuenta por los nacionalismos, la solución es lógica. Lo mismo que en Europa. Si dejamos de lado la concepción unitaria, que Holanda y Finlandia nos quieran dejar en la ruina es normal, desde su perspectiva.
La cuestión es si en Europa o en España creemos en proyectos compartidos. Y lo más grave: si el marco institucional europeo o español permite esos proyectos compartidos.

La respuesta a esto, hoy por hoy, es un no rotundo. Ni hay marco europeo, ni vale el marco español. Pero, puestos a prever el futuro, antes me parece posible que Europa logre más mecanismos de unión política que España mantenga los suyos.

Ahora que acaba de morir Gregorio Peces Barba, temperamento dialogante en el grupo no menos bienintencionado de la ponencia constitucional, se detecta que la buena voluntad del acuerdo no era suficiente para mantener un engranaje político. Porque se dejó éste a la presunción colaboradora de todos en un proyecto común (artículo segundo de la Costitución), cuando se permitía a la vez la fragmentación egoísta de algunos a través del Título VIII de esa misma Constitución.

El resultado lo tenemos a la vista. Cada uno hace de su capa un sayo. Ni siquiera, en momentos de emergencia, hay una actitud común, porque hay que ver la abstención de hasta dos comunidades del PP en el último consejo fiscal. Sin contar con que éste organismo intercomunitario es el campo de batalla de las Comunidades de signo distinto al Gobierno central, señaladamente la socialista Andalucía y la también nacionalista Canarias, junto al verso suelto de Cataluña.

Esto es un desmadre, por tanto. Un desmadre institucionalizado, que ha dado como resultado, además de un descontrol político evidente, un templo para el lenocinio económico.

Lo peor es que casi ya ni genera escándalo, a la vista de los problemas globales que tenemos, al acoso exterior y al desajuste interior de España.

No llama la atención la sarta de amenazas de Mas, Oriol Pujol y demás, si el Estado no doblara la cerviz en el Pacto Fiscal. No llama la atención que el presidente de la Generalitat dijera que por supuesto no permitirá que Montoro vigilase en Cataluña… el dinero que le han pedido a Montoro.

Es tal el lenguaje nacionalista-independentista, que ya a nadie le sorprende. Una genialidad de estos gobernantes, pues en medio de la refriega, no tienen que explicar que los 40.000 millones que deben los avalamos el conjunto de los españoles, esos que le robamos a Cataluña todos los días el pan y la sal. Por eso se mueven los gobernantes catalanes: para que la deuda se la quede España y el déficit cero se lo apropie Cataluña.

Todo puede ir a más, Artur. Porque como a la presidenta de Madrid, que es más chula que un ocho, se le ponga entre ceja y ceja otro pacto fiscal, entonces tiramos a la papelera la Constitución, España y lo que haga falta. La ventaja que tiene Mas es que la mala voluntad no afecta a todos por igual, y algunos querremos que España sobreviva a los particularismos. Aunque quizá también queramos una reforma constitucional que frene de una vez por todas el boquete autonómico.
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