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Nosotras parimos, en mi cuerpo decido yo

domingo 19 de agosto de 2012, 19:25h
Hace unos años una amiga que trabajaba en un programa de salud reproductiva para mujeres nicaragüenses me regaló un bolso que hacían las mujeres de una cooperativa para financiar sus actividades. Era del tamaño perfecto para llevar una carpeta (en la era preordenadores, que también cabrían) y estaba hecho de tela de jeans azul con costuras rojas. Estampado en uno de los lados decía: “Saca tu rosario de mi ovarios, que en mi cuerpo decido yo”. Hoy, yo le diría al señor Gallardón y al cuerpo del ejecutivo que gobierna España: “Saquen sus rosarios de nuestros úteros, que en nuestros cuerpos decidimos nosotras”.

Ante la inminente reforma de la ley del aborto que ya trajo un largo debate en la legislatura anterior al suprimir la farsa de los 'supuestos' a favor de un plazo (22 semanas de gestación), ahora entramos de nuevo en los supuestos. En cambio se pretende dejar el de riesgo psicológico de la madre, precisamente el que motivó una reflexión sobre como servía de 'sitio de nadie' para que de hecho el aborto se ejerciera libremente, de forma que con la ley vigente se eliminaran las farsas y se aceptase la decisión de las mujeres sin tener que dar explicaciones de ningún tipo y sin testigos médicos que secundaran el espectáculo.

Pero más allá de los supuestos permitidos o no, hay dos cambios que a mi parecer son un retroceso gravísimo en los derechos y libertades logrados con la ley anterior. El primero de ellos es que la infracción de la ley en este caso volverá a ser un delito. El segundo, que vuelve a poner el cuerpo de las mujeres (aunque al parecer no su psique) a disposición de la reproducción, sometiéndose a la posibilidad de la reproducción, perdiendo la autonomía de su persona a decidir sobre su propio cuerpo. Como decirlo, reduciendo otra vez a las mujeres a su papel reproductivo...Me quedo sin palabras.

Un primer punto que pasa muchas veces desapercibido es el coste físico que tiene el embarazo. La pérdida de calcio, las anemias, las secuelas físicas (y no me refiero a engordar o a las estrías de la panza, sino que más bien pienso en como pasa factura en la vejez) parecen gratuitas cuando el legislador piensa en que el embarazo debe proseguir independientemente de las circunstancias de la madre, y el recién nacido ya se verá: la adopción parece la opción más valorada por la derecha. ¿Pero y mi cuerpo?

El segundo punto, y más importante, es el caso de las malformaciones del feto. Cuando la tecnología hoy permite el diagnóstico intrauterino se me antoja atroz dar el conocimiento y eliminar la posibilidad de elección de no dar lugar a ese ser que sufrirá viviendo. Esa elección, no es gratuita, es dolorosa. Dolorosísima. Y me parece un acto de prepotencia propia del poder político aludir precisamente a los avances médicos para mantener esas vidas imposibles de vivir mientras se merman las de los progenitores y sus entornos familiares, a la par que se eliminan las ayudas a la dependencia.

La voluntad humana es infinita, pero no omnipotente. La ciencia puede, pero a veces no debe. La capacidad de sacrificio de los humanos parece siempre subrehumana y no deja de asombrar, pero cada cual debe poder decidir de qué se siente capaz.

El debate sobre qué es la vida es mucho más amplio que el debate sobre qué es la vida humana. Es cierto que no se pueden aplicar los mismos criterios para un caso que para otro, si no, no existirían los productos y medicamentos que matan plagas, que matan hormigas, cucarachas o virus. Mi opinión personal ya sobra en este tema, y sin embargo, diré algo más, creo que hay una sobrevaloración en esta nuestra sociedad del hecho del nacimiento en general y una dejadez e infravaloración del resto de la vida con sus etapas y evoluciones en las que hay otras necesidades que no despiertan ningún debate en la sociedad, es más, ni siquiera se verbalizan. Definir la vida humana debe abarcar la vida entera, el debate debe ser extenso, y el lugar de la reproducción en esta vida debe estar, pero no puede ser absoluto para las mujeres y absolutamente relativo para los varones. Si no, que criminalicen a la par el abandono o el no reconocimiento de un hijo por parte del varón. Otro gallo cantaría.
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