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El nuevo intelectual, según Tony Judt

Juan José Solozábal
martes 21 de agosto de 2012, 20:41h
La admiración moral por Tony Judt , que encaró el tramo final de su existencia con un coraje ejemplar ,se compadece perfectamente con el alto aprecio que merece su obra desde un punto de vista intelectual. Esta valoración alcanza también a su último libro, Pensar el Siglo XX, consistente en una serie de conversaciones que mantiene el historiador inglés con su joven colega americano Timothy Snyder y que acaban de aparecer publicadas en España. Sobre lo que conversan estos autores es sobre la historia del siglo XX, tratando de explicar por qué la democracia liberal triunfa en amplios sectores geográficos sobre las formas políticas y mentales totalitarias, pero su reflexión se dirige igualmente al modo de historiar, o la responsabilidad del intelectual.

Judt se ve a sí mismo en la línea de los moralistas franceses a los que, como es sabido, dedicó un imprescindible libro Pasado imperfecto. Profesionalmente es un historiador, alguien que explica las cosas contextualizándolas, ofreciendo un relato creíble de las mismas." Contextualizar requiere contar con el factor tiempo como variable indispensable". Pero Judt toma postura sobre lo que reflexiona. Así sus estudios históricos son inseparables de sus preocupaciones contemporáneas y sus compromisos éticos.

La función del intelectual es ,como siempre, incómoda :"decirle la verdad al poder", esto es, cantarle las cuarenta a los que mandan, estando dispuesto a la soledad y la marginación entre los colegas y aun al ostracismo en la propia comunidad. La independencia del pensador, "puede suponer un gran peligro y la relegación a un segundo plano dentro de tu comunidad, además de granjearte el desprecio de tus colegas intelectuales". Me llama la atención el rescate espiritual de la benevolencia, la atribución de cierta capacidad iluminadora de la bondad. Con el tiempo, y sobre todo como consecuencia de su colaboración en publicaciones de un espectro no especializado, Judt desarrolló una disposición cada vez mayor sobre personas y lugares que admiraba, y no solo sobre lo que le complacía vilipendiar. "Estaba, dice, aprendiendo a alabar además de a condenar".

La tarea del intelectual moralista sigue siendo la de mejorar el mundo, mostrando lo que la gente debe hacer para ello, indicando el alcance del compromiso ético en cada caso. Decía Camus, que él no creía tanto en la razón como para proponer un sistema. "Lo que me interesa es saber cómo hay que comportarse". En esta línea Judt previene contra la tentación abstracta del intelectual,que puede estar dispuesto a sacrificar el oficio de señalar verdades parciales y modestas por las exigencias de los grandes principios, así la dignidad nacional , el progreso o la revolución.
La cuestión no es averiguar cuál es la verdad superior y después adherirse a ella.Simplemente uno tiene que decir lo que sabe en la forma que sabe.Eso sí, caiga quien caiga.Es convincente la defensa del intelectual modesto que lleva a cabo Judt.Seguramente la persona que más merezca la pena escuchar no es a quien pinta " grandes panoramas de situaciones idealizadas e improbables". La legitimación preferible de nuestros valores en el futuro, a cargo del intelectual, se producirá defendiendo "las instituciones, leyes, normas y prácticas que encarnan nuestra mejor manera de plasmar esas grandes abstracciones".

El progreso moral no es inevitable ni irreversible y por eso no debe sorprendernos la corrupción de la democracia, que ya era el gran problema político para Aristóteles, para quien la degeneración asolaba a las formas de gobierno.Lo que defiende a las democracias es el derecho. Primero, dice Judt, vino la constitucionalidad, el Estado de Derecho y la separación de poderes. La democracia siempre llegó lo último. La democracia, esto es, el derecho de todos los mayores de edad a tomar parte en la elección del gobierno que va a dirigirles, no siempre implica una vinculación lo suficientemente fuerte con los valores morales y los principios jurídicos que necesita para funcionar. Por eso, dice Judt pensando en el Estado de Derecho,"la democracia no es la solución infalible al problema de las sociedades que no son libres".

Judt siempre piensa con los pies en el suelo y cree que las aportaciones intelectuales válidas se hacen normalmente desde un marco preferentemente nacional.Ocurre también con la construcción de Europa, necesariamente gradual y prolongada en el tiempo.Kant habló del mercado único y de la libre circulación de bienes, divisas y ciudadanos. Aunque hoy en día la moneda sea la misma, y se llegue en seguida en tren de alta velocidad, y muchas de las leyes que nos afectan sean similares, "la mayoría se lo piensa mucho antes de dejar su vida, pongamos por caso en el Norte de Francia, y mudarse a Luxemburgo, solo porque allí va a tener un trabajo mejor" . Los seres humanos, concluye Judt, incluso en Europa, viven dentro de marcos nacionales.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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