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Sobre la vejez

martes 28 de agosto de 2012, 20:24h
En estos días de verano, tan propicios para la lectura, ha caído en mis manos un libro de un clásico, Cicerón. Decía Borges que los clásicos eran autores a los que todo el mundo cita, pero nadie lee. Afortunadamente no es mi caso, disfruto mucho más de ellos que de los contemporáneos, me llegan más y me admira la grandeza de su sencillez. El libro al que me refiero es Sobre la vejez, y me da pie para escribir hoy este artículo. En él se entreveran ideas de Cicerón con conocimientos actuales de la Medicina. Sorprende la coincidencia.
Cuando Cicerón escribe el libro cuenta ya con sesenta y tres años, una edad en la que hoy aún no se es viejo, pero a la que sólo llegaban siete de cada cien personas en la Roma clásica. En la España de hoy, el veinte por ciento de la población tiene más de sesenta y cinco años; y la esperanza de vida está entorno a los ochenta años, una de las más altas del planeta. Ser viejo o no, es, por lo tanto, algo relativo que depende por lo pronto del lugar y de la época en que vivamos. Aquí y ahora se suele poner los sesenta y cinco años como el comienzo de la denostada tercera edad, que es un eufemismo que nos hemos inventado por el poco aprecio que nuestra sociedad tiene por la vejez. Desde un punto de vista médico-biológico esto de los sesenta y cinco como comienzo de la vejez no tiene sentido alguno. Si por comienzo de la vejez consideráramos, por ejemplo, el inicio del deterioro de los mecanismos biológicos de reparación celular, esto es, procesos genéticamente condicionados que permiten a las células de nuestro organismo mantenerse en un estado óptimo de funcionamiento; entonces nos sorprenderíamos al descubrir que la vejez comienza muy pronto, hacia los treinta años. Es también a esta edad cuando comienza a bajar el rendimiento de funciones cognitivas como la memoria. Ya ven la pérdida de memoria no es cosa de viejos. Y de funciones como las sexuales, mejor no hablemos porque su máximo desarrollo es hacia los veinte años y después, aunque lentamente, declina. La vida va envejeciendo poco a poco y sin sentirlo, no se quiebra de repente, es como un lento atardecer.
No es tan fácil, por lo tanto, decidir quién es y qué es esto de ser viejo. Pero de lo que no cabe duda es que casi todos queremos vivir muchos años con buena salud. Decía Cicerón de la vejez que todos desean alcanzarla y, una vez que lo han hecho, se quejan de ella. Así de inconsecuentes somos los humanos. Él, sin embargo, no se quejaba, todo lo contrario. La vejez le resultaba ligera, nada molesta e incluso agradable: “Tengo mucho que agradecerle porque me ha aumentado las ganas de conversación y me ha eliminado las de comida y bebida. La vejez está alejada de banquetes, de grandes mesas y copas abundantes; y libre de resacas, malas digestiones e insomnio. Es grata porque hace que no apetezca lo que no conviene”.

Ya advertían los romanos, como hoy sabemos por la ciencia, que el estilo de vida es de suma importancia para llegar a la vejez en buenas condiciones de salud. El otoño de la vida hay que ir preparándolo desde la primavera. La falta de fuerzas, decía nuestro clásico, se produce más a menudo por defectos de la juventud que por problemas de la vejez, pues una juventud entregada a los placeres, junto con la falta de moderación, entrega a la senectud un cuerpo agotado. Cicerón decía hace más de dos mil años lo que nos dice la ciencia actual: Mens sana in corpore sano. “Hay que hacer un ejercicio moderado y la comida más bien escasa, justo para reponer las fuerzas y no para aplastarlas. Y la mente hay que ejercitarla con el aprendizaje y la memoria”.
Hoy la Biomedicina muestra claramente los beneficios extraordinarios del comer poco, se promueve así una mayor síntesis de factores de crecimiento neuronal, que son las sustancias responsables de dos procesos cerebrales de importancia capital: la neurogénesis (formación de nuevas neuronas) y la neuroplastia (crecimiento de las conexiones neuronales). Una dieta hipocalórica, pero bien equilibrada, disminuye también los procesos de oxidación celular y se producen menos radicales libres, que son sustancias tóxicas involucradas en el proceso de envejecimiento de las células. Además la comida frugal disminuye notablemente la incidencia de enfermedades neurodegenerativas, arteriosclerosis, diabetes e incluso la aparición de tumores. Curiosamente, el ejercicio físico aeróbico produce exactamente los mismos efectos sobre los factores de crecimiento neuronal. Y aprender cosas nuevas, ya vimos en otro artículo, aumenta las neuronas de nuestro cerebro. Se estima que en el cerebro de una persona que está ejercitándose y aprendiendo pueden nacer entre veinte mil y treinta mil neuronas diarias, y este proceso ocurre a cualquier edad. Pero todo debe ser moderado porque cualquier exceso, sea físico o psíquico, supone un factor de estrés y sabemos también que el estrés disminuye el número de neuronas.

Mantener una vida activa es importante en cualquier etapa de la vida. Por desgracia, con demasiada frecuencia, encontramos a muchos de nuestros ancianos totalmente inactivos y diciendo aquello de “ya no tengo nada que hacer aquí”. Esto no es un problema de la vejez en sí, sino del papel que nuestra sociedad occidental, fascinada por la juventud, otorga a los ancianos. Un anciano, dice Cicerón, no puede hacer lo que los jóvenes, pero hace cosas mucho más importantes y mucho mejores. Las grandes hazañas no se llevan a cabo con las fuerzas, la velocidad o la agilidad de los cuerpos, sino con el consejo, el prestigio y el juicio. Y de todo eso la juventud está huérfana y la vejez sobrada. Los ancianos romanos tenían un papel primordial en la sociedad, de hecho, una de las máximas instituciones del estado era el Senado, cuyos miembros eran en su mayoría personas mayores (senado deriva de senex, senis, que significa anciano). Las capacidad intelectual, la creatividad y otras muchas funciones cognitivas superiores, se mantienen en el anciano si permanecen el interés y la ocupación. Hay muchos ejemplos de genios que crearon sus obras maestras siendo viejos, Sófocles escribió sus tragedias en plena vejez, y Goethe escribió Fausto, obra cumbre de la lengua alemana, siendo un anciano.

Aunque parezca extraño, hay personas que son más felices de mayores que de jóvenes. El paso del tiempo nos va cambiando, a unos a mejor y a otros a peor. Como los vinos, los malos se avinagran con la edad, pero los buenos ganan al envejecer.
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