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México: tenemos presidente electo

sábado 01 de septiembre de 2012, 18:19h
En México el 31 de agosto de 2012, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación –que es la instancia judicial para dirimir las impugnaciones en las elecciones presidenciales– ha dictado una resolución inatacable. Por ella determinó que las votaciones presidenciales mexicanas del 1 de julio de 2012, que terminaron en los tribunales, dan como resultado que es presidente electo de México el priista Enrique Peña Nieto (EPN).

Quienes no votamos por él consideramos que es un pésimo resultado electoral definitivo, dado el bajo perfil y la grisura que distinguen a Enrique Peña Nieto. México merecía mejor suerte.

Mas les cuento la importancia y trascendencia del hecho, no porque vea un futuro promisorio para México, sino porque se pone fin a un proceso electoral ríspido, en que finalmente se impone una verdad legal frente a la verdad verdadera que muchos olfateamos: el PRI ha invertido más dinero del que autorizaba la ley para que pudiera ganar esta elección, y no solo comprando votos, sino en todo el proceso electoral y desde antes, pero quienes pudieron y debieron probar conforme a la ley, tanto los desfalcos previos del erario público o el dinero de procedencia ilícita y que eso sucedió, no lo hicieron. Solo aportan indicios, no pruebas. Así es difícil darles la razón a los opositores. Flaco favor le han hecho al pueblo de México los abogados de la coalición de izquierda que con torpeza y ligereza brutales, no probaron su dicho impugnando el proceso electoral. Flaco favor al dejarle finalmente el paso libre al priista. Como en democracia se gana llenando las urnas y no las plazas o las calles, es lo que hay: un fallo judicial que confirma el resultado de las ánforas.

Ahora la izquierda solo puede ejercer el “derecho al pataleo” y lo sabe muy bien, aunque, ya crispada, anuncia que cambiará al mundo 180º y “emprenderá acciones” oponiéndose al resultado emitido por el Tribual y desconociendo a su veredicto el ex candidato perdedor López Obrador. Hacerlo es engañar a sus seguidores. Proseguir sería la guerra civil. Punto.

Y no le dejo con la duda amigo lector en ambas orillas del Atlántico…y del Pacífico: hasta ahora la izquierda –secuestrada hace una década por el factótum Andrés Manuel López Obrador– no ha expresado ninguna autocrítica que adelante errores propios y evidentes de estrategia electoral durante la pasada campaña presidencial. Nos cansaremos de esperarla. El mundo es el equivocado y no él y sus seguidores. Flaco favor le hacen a la izquierda.

Centrándonos en Peña Nieto, el candidato del PRI, diremos que el sujeto como tal es inclusive, dada su opaca personalidad y sus evidenciadas carencias demostradas tantas veces al poseer un bajo, bajísimo perfil intelectual. Uno hubiera esperado siquiera un mejor candidato proveniente del partido político que cuenta después de todo, con la mejor estructura de México (no digo con los mejores políticos, que no es el caso). Pero nos tocó Peña Nieto. Para decirlo pronto y rápido: Peña Nieto no está a la altura de las necesidades y problemas de México, si juzgamos sus antecedentes como figura pública y para quién quiera verlos. De allí la preocupación de millones ante este resultado electoral que es una pésima noticia. Y con la corrupción que define al PRI, su partido, esperamos un retroceso y la peor gestión en la historia de México. Así de fácil. Podemos decirlo más alto, pero no más claro.

Más allá de las dudas que millones tenemos respecto a su capacidad, dados sus nimios antecedentes como gobernante, y que muchos dudamos que pueda estar a la altura de las circunstancias y pensamos que le quedará grande el paquete, haré de lado que Peña Nieto fue gris como gobernador del Estado de México, su entidad federativa, y omitiré que su grisura era apabullante. Inepto, pues. Y no se le conoce un solo gran problema resuelto durante su gestión. Dejaré de lado que no ha aportado grandes ideas. Nada menos que hace poco en una entrevista a un medio chino, exhibió en sus respuestas una carencia absoluta de proyecto; aquellas eran para darle escalofríos al más plantado ante el rotundo desconocimiento de las necesidades del país que ¿(des)gobernará?

Dejaré de lado que en la misma semana en que obtiene el aval del tribunal electoral, un juez ha ordenado la detención de su correligionario, el priista Tomás Yarrington, un ex gobernador del estado mexicano de Tamaulipas, una vez que está bajo sospecha de estar involucrado con el narco, una prueba más de ciertos nexos cada vez más evidentes entre su instituto político y tan lacerante práctica. También dejaré de lado que Peña Nieto encubrió corruptelas y no nos supo decir de qué murió su esposa en 2007 ni el nombre de tres libros que hayan cambiado su vida (de ese tamaño, amigo lector) o de que se le acuse de ser el candidato de las televisoras para que, a cambio de catapultarlo vendiéndonos su imagen como la de un Dios que nunca ha sido, les entregue el espectro radioeléctrico.

Lo que no puedo dejar pasar por alto es que ha sido una elección asaz desgastante, asaz debatida, con una sociedad que navega en el hartazgo y quiere soluciones reales, que no ve expectativas. Y en efecto, no solo es que sea Peña presidente, sino que tememos fundadamente el arribo al gobierno de la runfia, runfla para más señas, de la peor calaña, que lo acompañe y que ya habíamos echado a punta de votos en el año 2000. Es que el PRI tiene a demasiados impresentables de pésimos antecedentes y claman su regreso. Dicen que vienen a quedarse en el gobierno otros setenta años. Así de demócratas, así de despreciadores del voto popular que pudiera querer otra cosa. Es su talante natural mostrado por setenta años atrás.

Todos los electores y todos los actores políticos son responsables de este resultado. Los ninguneos a la candidata del partido gobernante, los nulovotantes, la izquierda empeñada en un cartucho quemado como López Obrador. Todos. Los priistas fueron más astutos apelando a las clases más necesitadas y han ganado. Peña Nieto ha sido declarado presidente y nada esperamos de él, careciendo de antecedentes que lo edifiquen ni le ayudan como para imaginar grandes cosas de su desempeño. Es lo que hay.

¿Qué sigue? Esperar al 1 de diciembre a que tome posesión el priista. Mientras, la izquierda mejor apuesta por una envalentonada callejera en vez de la renovación y en trabajar en los problemas reales de México. Seguirá entonces primando su discurso populachero con temas que no son prioritarios en el bolsillo de los mexicanos como permitir el aborto o regalando aceras al vendedor ambulante o haciendo playas artificiales, en vez de cuidarle las manos a Peña Nieto y sin atender los problemas graves que de fondo, merecen resolverse. Entendemos que es más fácil hacerlo que renovarse. Claro, oponerse por oponerse lo hacen “por la dignidad del voto”, no crea usted que por otra cosa, faltaba más. Así, ni hablar de una izquierda moderna y propositiva como afirma pretenderlo ser. Alucinante.
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