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RESEÑA

Michèle Lesbre: El sofá rojo

domingo 02 de septiembre de 2012, 12:36h
Michèle Lesbre: El sofá rojo. Traducción de María Oliver. RBA. Barcelona, 2012. 130 páginas. 16 €
La autora francesa Michèle Lesbre (La Creuse, 1947) se dedicó al teatro y a la enseñanza antes de adentrarse en el mundo de la literatura. Su novela Le canapé rouge (El sofá rojo) quedó finalista del Premio Goncourt en el año 2007 y aparece ahora traducida al castellano por María Oliver. Se trata de una novela breve, intimista y reflexiva, también podríamos calificarla de muy “femenina” -si fuera cierto que existen diferentes maneras de escribir siendo hombre o mujer-. El argumento se centra en el viaje de Anne, la protagonista, a Rusia con el propósito de encontrarse con Gyl, un antiguo amor, quizá su único gran amor.

Pudiera parecer que se trata de una novela romántica, pero nada más lejos de su intención. Nos quedamos a falta de besos, de abrazos y demás, aunque la trama inicial se prestara a ello. Estamos ante una novela madura que indaga sobre las edades de la vida, lo que se va dejando con el paso del tiempo, lo que se aprende, las transformaciones, las ilusiones y las desilusiones, los cambios. A medida que avanzamos en la lectura nos damos cuenta de que el viaje transiberiano hasta la orilla del lago Baikal es un viaje de interrogantes, de encontrar respuestas y cerrar capítulos que el pasado dejó abiertos.

“Lo que me atormentaba era la impresión de que ya no sabía estar en aquella constante búsqueda, tal vez en ello consistiera envejecer”, dice Anne en un momento durante su regreso a París. Como álter ego de la protagonista y en contraste con el movimiento del tren, aparece en la novela el personaje “estático” de una anciana, Clémence, la vecina del sofá rojo que da título al libro. Sentadas en ese sofá ambas comparten lecturas, anécdotas y confidencias. Para Anne, Clémence es un espejo de lo que ella misma será (o puede que no) con el paso del tiempo. A través de Clémence, Michèle Lesbre nos brinda algunas punzantes evocaciones de la vejez, uno de los principales temas del libro: “El desamparo de los cuerpos envejecidos que ninguna mano roza, que ningún cuerpo abraza, esa inmensa soledad de la carne que es ya un poco la muerte”. La autora evoca también la sensación particular de soledad del espíritu que genera el viaje “ese olvido momentáneo de las costumbres, de las coordenadas habituales”. Interesa en esta novela observar cómo el tempo del viaje es comparable al tempo de la narración.

La escritora ha escogido una escritura dulce, pausada y comedida, sin estridencias. “Durante aquellas horas un poco lentas, un poco lascivas, transportada a través de aquel paisaje que no dejaba de alargarse bajo mis ojos, descubrí en mí una aptitud para la vida contemplativa que no sospechaba”, de este modo se resume también el tono de la narración, el ritmo, que discurre suave, fluido y reposado. Hay además bajo las líneas de esta novela una gran admiración por Rusia y su cultura, por sus gentes, y una especial fascinación por “la agotadora historia de aquel país, su humor triste, su desmesura, su cruel salvajismo, su grandeza también, una tormenta fija en los ojos azul grisáceo de los rusos”. Y ¡quién no querría viajar a lo más profundo de unos ojos de lobo estepario…!

Por Pepa Echanove

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