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La dignidad de la persona y los derechos sociales, según Habermas

Juan José Solozábal
martes 04 de septiembre de 2012, 20:23h
El tiempo de la crisis es un tiempo cerrado en el que nuestros esfuerzos por avanzar parecen vanos. Estamos, por lo visto, condenados a chapotear, sin poder salir de la situación apurada en que nos encontramos. Propongo que mejoremos nuestro estado de ánimo, agotado por la agitación en balde, recurriendo a la filosofía. Leamos por ejemplo al último Habermas, del que se nos acaba de brindar un pequeño, pero provocador, libro, titulado La constitución en Europa.

En el primer capítulo del libro, dedicado a la exploración de la idea de la dignidad, “El concepto de dignidad humana y la utopía realista de los derechos humanos”, y al que limitamos hoy nuestro comentario, lo que se contiene es una propuesta de comprensión de las relaciones entre ambas categorías. Aunque el moderno constitucionalismo no se refiera a la idea de la dignidad hasta después de la segunda guerra mundial, los derechos humanos siempre han estado unidos conceptualmente a la dignidad de la persona. En realidad los diversos derechos de las declaraciones constitucionales se explicitan contra ataques concretos a la dignidad. “Los derechos humanos surgen de la resistencia contra el despotismo, la opresión y la humillación”. Los derechos fundamentales, entonces, remiten a una sensibilidad ética; son exigencias morales, desde este punto de vista. Pero se detallan, no gracias a una operación lógica de deducción a partir de un contenido filosófico radicado en un “cielo de valores”, sino, como viera entre nosotros muy bien García Pelayo, en virtud de una determinada experiencia política propia de la generación que hace la Constitución.

Esta es la primera manifestación de la politicidad de los derechos fundamentales. Se trata de pretensiones frente al poder, al poder arbitrario y reconocible del antiguo régimen, ciertamente. Pero también exigencias dirigidas al poder de nuestras autoridades constitucionales, cuya legitimación no se agota en su justificación de origen, pues la tentación del abuso es inseparable de todo ejercicio de dominio, incluso del democrático. La segunda politicidad de los derechos fundamentales tiene que ver con su dependencia estatal, pues, dice Habermas, los derechos humanos exhiben un rostro jánico que mira simultáneamente a la moral, en cuanto a su contenido, y al derecho, en cuanto a su reconocimiento y protección. Los derechos humanos tienen la forma de derechos positivos, dependiendo institucionalmente del poder público. Han sido diseñados para ser concretizados por medio de la legislación democrática; para ser especificados, caso a caso, mediante la jurisdicción; y para ser impuestos con sanciones estatales. La dirección doctrinal que quizás capta mejor la politicidad de los derechos fundamentales es la institucional que llama la atención sobre la necesaria configuración legal de las pretensiones de que hablamos. Claro que la necesidad legal de los derechos de una regulación para asegurar su ejercicio, no pone a los derechos a disposición sin más del legislador, pues los derechos fundamentales son siempre constitucionales y no simplemente legales.

La identificación del contenido de la idea de la dignidad se nutre de dos aportaciones históricas , cuya conjunción plena se admite cuando se está en condiciones de exigir la generalización de lo que hasta ese momento era exclusivamente un derecho a un trato digno de determinados oficios, sectores sociales o corporaciones, esto es, diversas concreciones del “honor social”. El pensamiento cristiano caracteriza a todas las personas, ante el juicio de Dios, como irremplazables e inconfundibles (la escolástica española trataría de deducir un derecho subjetivo a ese trato, separado del orden objetivo del derecho natural). Kant sumaría a la idea de dignidad la de autonomía, como exigencia de respeto de todos a la voluntad libre de cada cual y como prohibición de consideración de nadie como medio de los fines de los demás.

La relación de todos los derechos con la dignidad de la persona tiene , según interpreto a Habermas, dos importantes efectos. En primer lugar, impide la jerarquización entre los mismos, haciendo imposible, por ejemplo, la preterición de los derechos sociales, frente a los derechos de libertad o los derechos políticos. Conceptualmente no podría subrayarse así una relación especial o más próxima con la dignidad de la persona de unos derechos sobre otros. “La dignidad humana, dice el filósofo alemán, que es una y la misma en todas partes y para todo ser humano, fundamenta la indivisibilidad de los derechos fundamentales”. En segundo lugar, la relación nutricia, o sistemática, de los derechos fundamentales con la dignidad conduce a una colaboración uniforme de todas sus categorías, de modo que se refuerzan recíprocamente, aunque suministrando una función de garantía material a los derechos sociales frente a los demás. Así, respecto de los derechos de participación, el disfrute pleno e igual de éstos solo lo tienen los ciudadanos si gozan de un nivel suficiente de independencia en su vida privada y en su situación económica.

Con todo, habría que concluir, aunque los derechos sociales también en su afirmación y protección dependen del Estado, especialmente de la Administración prestacional, no comparten en el mismo grado la politicidad de los demás derechos fundamentales, lo que no merma su consistencia e imprescindibilidad. Si se puede no ser ciudadano sin que sufra la dignidad de la persona-lo que explica que los extranjeros no tengan algunos derechos políticos, como los que impliquen participación en la soberanía- lo que no se puede es ser persona sin derechos sociales. La actual situación en nuestro país de los extranjeros sin papeles en lo que se refiere a su derecho a la sanidad es un exponente evidente (y lacerante dada su repercusión en la dignidad de las personas afectadas y en la de los demás que nos sentimos concernidos) de lo que decimos.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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