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¿Quién defiende a España?

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Que los nacionalismos periféricos vasco y catalán tienen como ultimo e irrenunciable objetivo obtener la independencia contra España es algo desde hace tiempo bien sabido. Es algo también que debería ser definitivamente interiorizado por todos aquellos que ingenuamente piensan que el tema es simplemente uno de “acomodo” o de “amabilidad”, como si un pequeño arreglo por aquí y un mediano chanchullo por allá sirvieran para cambiar de opinión a los que tienen la secesión como razón última de su propuesta política. Al fin y al cabo el nacionalismo no se alimenta de otra cosa que no sea del horizonte de la independencia, porque sin él dejaría de tener sentido su existencia: los nacionalistas no tienen programa económico, ni armazón ideológica, ni consistencia filosófica. Solo quieren adquirir en propiedad una estructura estatal con todas sus prebendas. Estructura en la que dicho sea de paso y para que nadie se engañe no tienen cabida los que no sean del mismo origen, no tengan la misma raza, no hablen la misma lengua y, como llego a escribir Sabino Arana en sus delirios vasquistas, no bailen de la misma manera.

Ocurre que frente a la insidiosa y creciente marea de reclamación nacionalista el resto de España, es decir la inmensa mayoría de los españoles, siguiendo en ello las directrices políticas e institucionales de turno, han reaccionado, o mejor han dejado de hacerlo, con argumentos no exentos de razón pero siempre insuficientes para calmar la marea que ahora se llama soberanista: no convenía calentar demasiado el ambiente, decían unos; otros, creyendo que todo era un problema de “pelas”, negociaban cesiones con la esperanza de que allí acabaría todo; los de más allá, como por ejemplo los socialistas, que siempre han tenido una visión “discutida y discutible” de lo que fuera la Nación Española, como en frase inmarchitable reconoció Rodríguez Zapatero, propugnaban fórmulas flojas de la unidad nacional, sabiendo que la versión catalana, e incluso la vasca, del PSOE tenían poco del español de la sigla; y no han faltado los que han creído que esto de proclamarse español no deja de constituir una anacrónica antigualla, digna de los tiempos del franquismo o de los Reyes Católicos. El hecho es que poco a poco la Nación Española ha ido quedando indefensa ante los embates crecientemente atrevidos de los separatistas y prácticamente vaciado de sentido el artículo de la Constitución que reza que España es “la patria común e indivisible de todos los españoles”.

No han faltado voces que a lo largo de los últimos años se han ido levantando para denunciar la gravedad de la situación y para argumentar a favor del mantenimiento de la unidad española y sigue hoy resultando evidente que la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país, incluyendo en ella a segmentos importantes y seguramente también mayoritarios del País Vasco y de Cataluña, en la disyuntiva unidad-separación optarían claramente por la primera. Y esas mismas voces, que suelen encontrarse mas en la sociedad civil que en la amedrentada clase política española con algunas pocas y conspicuas excepciones -José María Aznar, José Bono, Rosa Diez, Esperanza Aguirre, Jaime Mayor- han argumentado también y vigorosamente contra el credo nacionalista, una de las mayores pestes de los tiempos modernos, fuente infinita de conflictos injustificados, raíz de desmanes racistas, negación de la sustancia ultima de la libertad personal, noción retrógrada y regresiva para un mundo moderno crecido en la tolerancia y en la responsabilidad personal. Pero, qué duda cabe, de mentira en mentira, de corrupción en corrupción, de clientelismo en clientelismo y de dejación en dejación del que debiera ser el adversario constitucionalista, los nacionalistas están ganando la partida. El medio millón de catalanes que bloquearon las calles de Barcelona el 11 de Septiembre para decir en inglés que Cataluña no es España y después dedicarse al valeroso gesto de quemar banderas españolas, europeas y francesas con la cara tapada -manifestación esta a la que por cierto, y de manera harto contradictoria, asistió el que con socialistas y populares ha conseguido ser el Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados de España, el oscense José Antonio Duran y Lérida- han contribuido decisivamente a aumentar la presión en la olla. Y cuando el 21 de Octubre la suma de PNV y filo etarras de Bildu y compañía sumen mayoría en el Parlamento vasco podremos ver un poco más cerca la desaparición de la España que durante mas de un milenio, y mas de quinientos años si solo se cuenta la configuración estatal del país, ha albergado a gentes diversas unidas por la comunidad de culturas, de lenguas, de propósitos y de religión. Una de las naciones más antiguas de Europa. Una de las naciones más significativas del mundo. Origen de uno de los pocos imperios que en la historia de la humanidad ha merecido tal nombre.

Ante la amenaza terminal que para la misma existencia de España significa el reto nacionalista, y sumido como está el país en las zozobras de una situación económica crítica que contribuye a fragilizar todavía mas la capacidad de respuesta, las voces de los portavoces gubernamentales, y apenas alguna por demás tímida de la oposición, reconocen la gravedad de la situación y con mejor intención que acierto alertan de las graves consecuencias materiales que la secesión o las secesiones tendrían para las mismas regiones que se quieren independientes. Otros, en la misma onda y con el mismo origen, avisan que Europa no estaría dispuesta a admitir a las nuevas entidades estatales, teniendo en cuenta el grave perjuicio que para la estabilidad europea significaría la aparición de nuevas entidades soberanas. Argumentos todos ellos a medias reales y en cualquier caso especiosos: Europa no va a pelear por mantener una unidad que los españoles se muestren incapaces de mantener, y para los nacionalistas los argumentos económicos resultan siempre propuestas baladíes: prefieren morir de hambre independientes que prósperos en España.

En este momento de la verdad, -y ya no cabe la discusión de si son galgos o podencos: unos y otros van a por España- no es el momento de debatir sobre los méritos o deméritos de la independencia y sus consecuencias. Ni siquiera cabe la crítica, por acerba que resulte, de los nacionalistas y sus patrañas. Lo único que cabe es proceder a la defensa de la nación española con todos los argumentos que la Constitución y la ley pone a disposición de los que en ella creen y con otros históricos y políticos que justifican la continuación de la vida en común de todos los españolase. Es tardía la hora y poco el tiempo pero no perdida la causa de los que con los constituyentes del 78, y con los que les habían precedido secularmente, creen que ésta es “la patria común de todos los españoles”. Es decir, la patria de las libertades de todos, de la prosperidad de todos, de la influencia de todos, de la gloriosa historia común de todos, de la solidaridad entre todos. Y en esa hercúlea pero no imposible tarea debe embarcarse toda la institucionalidad española, la que la Constitución recoge y consagra, para llevar al ánimo de todos los habitantes del país la noción de que la unidad es lo mejor de nuestro patrimonio. Con paños calientes, elipsis, ocultamientos y fugas acabaremos en la España dividida que nacionalistas vascos y catalanes desean. Digámoslo con todas las letras: una catástrofe política, histórica y humana.

Allá en los primeros tiempos de la transición, cuando se debatían los respectivos méritos ideológicos de las izquierdas y de las derechas en el contexto de las reapariciones de los nacionalismos periféricos, gentes que provenían del franquismo decían preferir “una España roja a una España rota”. Dilema que como las izquierdas nos han demostrado en las últimas décadas ya no tiene sentido, porque es notablemente incierto su sentido nacional y remota su voluntad de mantener la unidad constitucional. Pero la reclamación de la unidad cobra fuerza además en un contexto de gran exigencia ética e ideológica: son muchos los españoles que están dispuestos a anteponer en sus preferencias electorales a las opciones que defienden sin ambigüedades esa unidad frente a otras que prefieren poner su acento en otros temas de signo moral o económico. España es el programa. Desde el primero hasta el último de los españoles que quieren serlo deberían adoptarlo como propio. Hoy todo lo demás es relativamente secundario.

Javier Ruperez
Embajador de España

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