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El nuevo internacionalismo británico

sábado 19 de enero de 2008, 22:00h
La administración del presidente George W. Bush, con su plan estratégico para Oriente Medio en ruinas, ha comenzado, aunque con indecisión, a poner gran empeño en resolver los conflictos mediante la paz. Dos ejemplos claros de esta tendencia los encontramos en el acuerdo alcanzado con Corea del Norte por el que se desmantelará su programa nuclear y la conferencia de Anápolis para la paz Israelí-Palestina, con la participación de Siria, un miembro crucial de la región del "eje del mal".

Gran Bretaña, incondicional aliada de Estados Unidos desde 2001, ya se ha retirado de esta senda, divorciándose de una alianza servil con la administración Bush que le llevó a la guerra y la confrontación. La política actual británica, aunque es solo una mínima versión de la situación precaria del imperialismo americano, tal y como la contempla su actual primer ministro, Gordon Brown, podría anticipar la ruta que tome el siguiente presidente norteamericano.

El aval de Tony Blair a los desatinos de Bush en Oriente Medio mostraron que el desequilibrio de fuerzas en la alianza provoca en la parte más débil la sumisión. Gran Bretaña se unió a la aventura americana de Irak con la misma ampulosa sensación de su capacidad militar y despliegue diplomático que tuvo Bush. Pero la aportación militar británica a la guerra no era indispensable por lo que Bush no prestó atención a los consejos de Blair. El resultado fue que Gran Bretaña no fue un puente entre una Europa dubitativa y unos Estados Unidos beligerantes, como Blair pretendió, y su eficacia como una de las principales fuerzas del bien en el escenario mundial se vio seriamente dañada.

Como América, Gran Bretaña ha aprendido la dura lección de los límites que puede alcanzar la fuerza militar y también las consecuencias devastadoras de su abuso para su popularidad en el mundo musulmán y más allá. El alcance y la violencia del sentimiento antibritánico que se vive en el mundo musulmán se ve solo superado por la oposición a Estados Unidos. Rehacer su reputación en esta región llevará años de duro trabajo.

El legado de Blair ha sumido a Brown en una confusa oscilación entre la tradición trasatlántica británica y sus conexiones con Europa. El gobierno de Brown, sin ser ya una fuerza global independiente y aun pagando el eje London- Washington fraguado por Blair, continúa su desatino en su compromiso de una Europa unida. De hecho Brown, para quien América sigue siendo "la relación bilateral más importante de Gran Bretaña", detuvo un discurso de su secretario de Asuntos Exteriores, David Miliband, por considerarlo excesivamente proeuropeo.

Pero tal incertidumbre, habitual en tiempos de transición, no debería ocultar lo que a la postre ha prevalecido en Gran Bretaña de la era Blair-Bush: El unilateralismo y las guerras preventivas deben sustituirse por lo que Brown define como "una agenda para un duro liderazgo internacional", basado en la cooperación de delegaciones y alianzas multilaterales-Naciones Unidas, OTAN, Unión Europea, Commonwealth-.

La nueva política parece realzar el énfasis en un objetivo estratégico de "poder blando" que proyecte a Gran Bretaña como el eje de la economía y la cultura globales. Londres, el British Council, Oxfam y la BBC son los valedores principales para restaurar los valores perdurables de la importancia británica . Pero ya no es Gran Bretaña sino la Francia del presidente Nicolas Sarkozy quien lleva ahora la antorcha de un posible ataque a las instalaciones nucleares de Irán.

Para que la política de Brown prospere, debe promoverse una reforma de cambio social y política en el mundo árabe. Esto significa que debe abandonar la estrategia de Blair de confrontación con el "arco extremista" aliado con presuntos "moderados" quienes, además de ofrecer mercados lucrativos en la venta de armas, son autócratas cuyo comportamiento ha contribuido a incrementar la tensión del Islam radical. El lenguaje de "extremistas" contra "moderados" solo ha servido para reactivar la memoria colonial en la región y dividirla incluso más profundamente.

La Gran Bretaña post-Blair se está convirtiendo en un país para el que las guerras con falta de legitimación internacional solo pueden presagiar la derrota y la decadencia moral. Desde luego que la legitimación internacional puede ser un concepto vacío cuando no está respaldado por el uso de una fuerza efectiva. Incapaz de intimidar ya a nadie, Gran Bretaña ha optado por desarrollar su potencial como inspirador.

Desafortunadamente también la inspiración requiere la amenaza del poder militar efectivo para ser una fuerza seria para el cambio. A pesar de sus muchos contratiempos en los últimos años, los Estados Unidos siguen siendo la única fuerza capaz de liderar una estrategia global que consiste en el equilibrio entre el poder duro y blando. Quizás el próximo presidente americano siga esta vía.

Shlomo Ben Ami

Vicepresidente del Centro para la Paz

BEN AMI SHLOMO es vicepresidente del Centro Internacional de Toledo para la Paz y antiguo embajador de Israel en España

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