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¿Independencia?

sábado 15 de septiembre de 2012, 19:37h
Difícil resulta no inquietarse, entre los que confiamos en un proyecto español de futuro liberal, abierto y democrático, ante la manifestación del pasado martes, 11 de septiembre, en Barcelona. Ni ignorar, ni tampoco magnificar, ni simplemente vilipendiar se me antojan respuestas adecuadas. Ni la infravaloración de los actos por parte de Televisión Española ni su omnipresencia -tan complacientemente machacona como persistentemente aleccionadora- en la que se ha convertido en medio esencial del régimen catalanista, TV3, gobierne el desastroso tripartito o lo haga la decepcionante CiU, resultan pertinentes. El momento requiere comprender –sin necesidad de ser comprensivo, evitando asumir el doble sentido del término- y, en consecuencia, reaccionar. Una vía posible consiste en mirar hacia atrás para prever y afrontar mejor lo que nos espera. No es, evidentemente, la única.

A finales del siglo XIX surgieron, en España, nacionalismos, como el catalán, el vasco o el gallego, que se presentaron como alternativos y se lanzaron, con más o menos convencimiento, a la construcción de naciones. A pesar de lo que sostienen los nacionalistas, las naciones no preceden al nacionalismo. La nación no es ni natural ni inexorable, ni tampoco una simple invención. Es una construcción de los nacionalistas. Los procesos históricos siempre son complicados. Entre los movimientos antes citados, el catalán fue el más precoz y el que se implantó más fácilmente. Desde 1901, con la Lliga Regionalista, el escenario político catalán era ya específico. Hasta hoy mismo, pasando por etapas muy distintas, tanto democráticas como dictatoriales.

Para el surgimiento de estos nacionalismos, cuatro condiciones, que se cumplían íntegramente a fines del Ochocientos, resultaban indispensables. Ante todo, una coyuntura crítica propicia. El final del siglo XIX responde bien a esta exigencia, con sus múltiples crisis y problemas. En segundo lugar, un descontento manifiesto en relación con los proyectos de construcción del Estado-nación español. El proceso de “hacer españoles”, esto es, de nacionalizar una comunidad política preexistente, no fue, a lo largo del siglo XIX, del todo exitoso.

En tercer lugar, la presencia de tradiciones, conciencias, realidades, experiencias y signos identitarios más o menos antiguos. Entre estas y estos sobresalen la lengua, una cultura y una historia propias, las lealtades institucionales y las tradiciones jurídicas locales y regionales, la conciencia étnica y las identidades o, entre otros, las realidades socioeconómicas –la industrialización, por ejemplo- y las experiencias acumuladas. Aunque toda nación y todo nacionalismo sean una construcción, no sería posible emprenderla sin unas sólidas bases, sin materiales. Y estos estaban, por aquel entonces, a mano. Finalmente, los actores, personas dispuestas y disponibles, en fin de cuentas, a dotar de fuerza y a dirigir este proceso histórico: intelectuales, políticos y profesionales. La convergencia de todos los elementos anteriores y sus interrelaciones permiten explicar la eclosión del nacionalismo catalán.

Si de los últimos años del siglo XIX pasamos al momento actual, en un ya entrado siglo XXI, los elementos anteriores vuelven a estar presentes (en algún caso, nunca han desparecido). Por lo que a la coyuntura propicia, la actual crisis, económica pero también social y política, sirve plenamente. La cuestión del Estatuto y la del financiamiento constituyen ejemplos manifiestos del descontento en relación con los proyectos de construcción de España, que, en este caso, se concretan en el hoy insatisfactorio Estado de las autonomías.

A los viejos materiales, por su parte, se han añadido muchos nuevos. La posesión de una amplia autonomía y casi ilimitadas competencias ha contribuido a ello. Los resultados del clientelismo, de la educación nacional –no en balde muchos de los manifestantes del otro día eran BPNs (Babys Profundamente Nacionalizados)- y de una prensa altamente subvencionada y de una televisión de régimen tienen un papel fundamental. También el uso y el abuso de la historia y el colaboracionismo de buen número de historiadores, que comparten cartel con humoristas televisivos frikis como Toni Soler o Miquel Calzada (a) MikiMoto, la pareja responsable de los festejos institucionales de 1714-2014. Por último, los actores piden paso, ya sea entre una desprestigiada e inoperante clase política –mucho más preocupada por la propia reproducción y supervivencia que por los problemas que acechan más allá de las paredes del Parlamento- como en la sociedad civil, sobre todo a partir de asociaciones alegremente subvencionadas desde el poder (Ómnium Cultural no es, ni mucho menos, un caso único, aunque sí escandaloso).

El momento es delicado. El populismo de unos (SI, ERC), el tacticismo de otros (PSC) o el oportunismo (CiU) no solucionan nada. La actitud de CiU, el gobierno de la Generalitat y, en concreto, del “president” Artur Mas y de Duran i Lleida el día de la manifestación, así como en los inmediatamente anteriores y posteriores, ha sido de una tremenda irresponsabilidad. Confundir lo institucional con una demanda partidaria –pese a no proceder de un partido- no parece de sentido común, que, como todo el mundo sabe, es el menos común de los sentidos (y menos común, todavía, entre los nacionalistas). El experimento, como ocurre a veces –piénsese, por ejemplo, en el monstruo de Frankenstein-, supera al creador. Sea como fuere, más de un millón de catalanes salieron a la calle pidiendo, en voz alta o baja, la independencia de Cataluña. Únicamente la adopción de medidas que sean fruto de una profunda reflexión y la voluntad de encontrar soluciones a un problema evidente, al margen de oportunismos, cainismos y cinismos, tan frecuentes en nuestra historia, nos van a permitir superar este momento tan complejo. Sin prisas, pero sin pausa.

Jordi Canal

Historiador

JORDI CANAL es doctor en Historia y profesor en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París

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