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RESEÑA

Miguel Sánchez-Ostiz: Idas y venidas

domingo 16 de septiembre de 2012, 16:29h
Miguel Sánchez-Ostiz: Idas y venidas. Pamiela. Pamplona, 2012. 328 páginas. 23 €
No hace mucho tuvimos oportunidad de reseñar en este mismo rincón la última novela de Miguel Sánchez-Ostiz, Zarabanda . Buenos frutos tiene ese abundante novelar del valle de Humberri, sombra literaria de otros valles reales. El prolífico escritor no descuida género literario alguno, incluida esa fusión que él mismo califica como ficciones autobiográficas. Sea como fuere, la vena autobiográfica transparenta aquí y acullá, a salto de página, por la amplia obra del pamplonés. No se apunta con ello a la moda enfebrecida de los últimos años de histeria y escritura narcisista del yo, reflejo de este guiñol burlesco cada vez más individualista y egocéntrico en el que habitamos. Ya saben, el yo es el más raído de todos los pronombres, sentenció Carlo Emilio Gadda. Muy al contrario, la querencia por la introspección en nuestro autor es bastante anterior, y, es voluntad profunda y verdadera a diferencia de otras. El amplio mundo literario de Sánchez-Ostiz demanda también unas cuotas de inmersión del yo con mayor o menor grado de ficción.

La construcción del yo, el trasiego de pensar a ritmo de almanaque, las memorias de uno en la camilla, es tarea escabrosa, camino intrincado, lleno de quiebras, malezas y breñas. Los peligros resultan evidentes a cualquiera: la vanidad siempre acecha o sortear la impudicia. En semejante tesitura no extraña la confluencia de intereses presentada mediante citas y glosas al escritor piamontés Guido Ceronetti o a las memorias de Carlos Castilla del Pino que salpican este dietario.

Corresponden estas páginas al año 2009 y parte del 2010. Con arranque en Dublín, “ciudad leída más que ciudad pateada, como muchas otras”. El autor erudito desgrana obra curiosa y traspapelada como los diarios negros de Roger Casement o una sorprendente, por única, reivindicación de Díaz Plaja. Se muestra buen conocedor de aquel “aldeano ilustrado”, Pablo Antoñana, al que convendría reeditar. Destaquemos también las páginas sobre la valía de Jorge Oteiza, los párrafos sobre Cela o el caso del suicidio de la escritora Inés Palou. Por supuesto están los apuntes de un buen observador de la naturaleza y del alma: los matices otoñales de la luz o el misterio de la vida aquilatado en la imposibilidad de volver a jugar al frontón, “se acabó cuando ni siquiera reparaba en ello”, o esa belleza del vuelo sorpresivo de un martín pescador (donde ¿baila? la “s”, gazapo saltarín que complementa el sentido; en ocasiones, las erratas editoriales perdonan y se alían con la buena escritura). Inevitables también en estas páginas las reflexiones sobre el nacionalismo, ETA o las historias de la guerra incivil.

Los temas consabidos, vaya, que no se pueden rodear. Sánchez-Ostiz los transita al menos sin alharacas, con sobriedad, en intento de calibrar con mesura. Por último, destaco el uso de la lengua con gracejo, elegancia y amplitud léxica. La prosa memorialista no prescinde de algún aforismo de enjundia concentrado en la última palabra “apocados y tímidos, el diario es el escenario de vuestra revuelta necesaria”, neologismos jocosos y muchas otras perlas como la exactitud de bellas expresiones: “La barahúnda de la última ronda”.

“¡No sé qué tiene la aldea / donde vivo y donde muero, / que con venir de mí mismo / no puedo venir más lejos!” cantaba Lope con razón. En Idas y venidas, con el veneno del viaje a cuestas, de Dublín a Bolivia, transcurre un dietario jugoso lleno de mirada viajera para quien siempre tendrá “el equipaje hecho o medio hecho”, a punto de partir. En efecto, “somos la suma de los borrones, los barullos, los aciertos, los errores, las impericias y las limitaciones, entre muchos otros factores. A cada cual el dilucidar los suyos o asomarse a la lectura de los ajenos”. Asomarse a los de Miguel Sánchez-Ostiz es siempre enriquecedor.

Por Francisco Estévez
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