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Amago de secesión en Malí

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
Circunvalado por el suroeste de Argelia y el sureste de Mauritania, limítrofe también con Sengambia, Guinea-Conakry, Burkina Fasso y el inmenso Níger saheliano, se encuentra atenazada la república de Malí. El país fue foco y sede de una serie de imperios -de Ghana, Malí mismo y Songhai- entre los siglos XII-XVIII, dotados todos de un armazón administrativo y militar avanzados; lo que les permitió adquirir preponderancia, como se apostillaba enfáticamente en los antiguos manuales de historia.

Como ocurrió con todo el noroeste y centro de África, las incursiones francesas desde el sur profundo del Magreb argelo-marroquí, y también a partir de San Luis, Dakar y Banjul desde la costa de Senegal, -sabana y selva adentro- transformaron las fronteras del Sudán occidental en beneficio de los intereses coloniales de París.

De aquel prolongado paréntesis colonial emergió la república de Malí (1959-1960). Desde la presidencia fundacional de Modibo Keita hasta el golpe de estado que tuvo lugar en marzo de 2012, Malí constituye, lamentablemente, un caso más de estado fallido. El hecho de que la descolonización haya engendrado algo más de un par de decenas de estados fallidos es recordatorio de poco consuelo para los malienses sometidos a vivir por debajo del umbral de la pobreza, internacionalmente establecido en 1.25 dólares per diem.

El proceso de islamización de la franja del Sahel data de hace siglos, aunque el Islam morabítico (de sociedades locales muy dispersas) haya caracterizado el perfil religioso de la Región desde tiempo inmemorial, frente a la tradición sunní que marca la ortodoxia musulmana en todo el norte de África.

No habría, en consecuencia, por qué extrañarse del hecho de la implantación, en dispersas localidades del Sahel, de núcleos de militantes aglutinados bajo el nombre de Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), del que se desgajará un Movimiento para la Unidad y el Yihad en África Occidental (MUYAO), estimado como un fervoroso observante de la ley sagrada y reguladora de la existencia terrenal, o sharia.

Como podemos comprobar en otros escenarios donde el Islam radical (en este caso, tribal) ha vuelto por sus fueros, las organizaciones yihadistas de Malí están imbuidas de su superioridad organizativa, coercitivamente impuesta una vez que su lenta implantación aparece a la luz del desierto. El retroceso de las autoridades capitalinas (Bamako) en las ocho comunas en que está dividido el país, ha facilitado la penetración -a través de la prédica coránica y de la solidaridad calculada entre cofradías- del Islam radical. Cabría, incluso, afirmar que ese revival religioso sería incomprensible si se olvidara el sustrato primitivo del Islam medieval.

De otra parte, la explicación de la constante centrífuga que propulsa a facciones, sectas, cantones, provincias -e incluso a regiones autónomas- hacia su liberación, subyace en la base de muchas teorías antropológicas, y también de no pocas aseveraciones historiográficas. (Sin ir más lejos, Unamuno comentó esto con agudeza en su famoso ensayo En torno al casticismo, y Caro Baroja lo tuvo siempre presente en su obra Los Pueblos de España). Así, en las comunas norteñas de la república de Malí, más allá del codo fluvial del Níger, no pocos seminómadas inveterados de origen tuareg han venido cercando ciudades tan emblemáticas como Tombuctú, a partir de Bir Moghrein, Tanezrouft e, incluso, desde localidades nigerinas. En principio, la trashumancia pareció explicar el asentamiento tuareg en la comuna maliense de Azawad. Sin embargo, el arraigo de la población nómada en Tombuctú y aledaños hizo que ésta mostrara pronto su intención de liberarse de la debilitada presencia del Estado (ejército, Islam oficial) en Azawad. O sea, exhibió un corolario más del estado fallido.

En consecuencia, cierta escasez de recursos llevó al caudillo de origen tuareg, Ag Ghali, a estrechar lazos desde su reducto en la ciudad de Kidal con las cuadrillas de descontentos que pretendían independizarse de Bamako. La bandera unificadora de los dispersos intereses que pululan en aquella región norteña del país ha facilitado que una cofradía musulmana “defensora de la fe” (Ansar Dine) haya impuesto su ley (sharia) a todos los que venían pretendiendo, de años acá, la independencia de la Comuna de Azawad. A grandes rasgos, éste es el pandemónium en que se encuentra Malí en el último tramo de 2012: el de la desintegración en potencia y la vuelta al período pre-colonial.

Ocioso sería abundar aquí en el desconcierto reinante en la población maliense del centro y norte del país, en particular. No menos ocioso sería abundar en el activo tráfico de armas transahariano y transaheliano que se viene desarrollando en una región relativamente vecina de una Libia post-Gadafi, con rumbo hacia la incógnita de su futura opción político y social.

La inseguridad reina, pues, sin limitaciones para musulmanes fugitivos del naciente imperio del Islam radical en el centro-oeste africano. El éxodo hacia Mauritania viene incrementándose desde hace seis meses, mientras que desde Canarias se contempla con inquietud el fenómeno migratorio aludido antes. Mauritania, no se olvide, es un importante retropaís del Archipiélago: el éxodo maliense podría provocar un efecto dominó, hasta poder alcanzar las costas de Canarias. No en vano, además, el ministro García-Margallo advirtió en agosto pasado que los miembros españoles de ONGs que actúan en el centro-oeste de África podrían sufrir las consecuencias de la “piratería” en arenas movedizas que se estila en aquellos parajes, corriendo el riesgo de llegar a ser rehenes de auténticos profesionales de las prácticas de marras, como es el caso del argelino Mokhtar Belmokhtar y de su jefe, el emir Zeid.

Según un término caro a Fernando Reinares, el norte de Malí está en vías de constituirse en un Condominio de islamistas al servicio de sus mismísimas aspiraciones e intereses, sin respeto alguno por la buena tradición musulmana de cultivar el orden y la hospitalidad en la Medina y en el Bled.

Lo que el AFRICOM, o “Mando combatiente Unificado” del departamento de Defensa estadounidense pueda hacer, o dejar de hacer, en los países del Sahel que constituyen el centro-oeste africano, es una incógnita a la altura de la fecha. La declaración oficial del Comando, en mayo de 2008, hablaba de “llevar a cabo un compromiso sostenido para la seguridad a través de programas y actividades militares dirigidas a promover un ambiente estable y seguro en África… en apoyo de la política exterior de los Estados Unidos”
Aunque los no están a la orden del día, repítase a los oídos americanos, desde ahora mismo y sin recato: “¡Cave canem!” -Cuidado, que hay perro (encerrado)-.
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