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RESEÑA

Gabriel Rolón: Los padecientes

Gabriel Rolón: Los padecientes. Destino. Barcelona, 2012. 336 páginas. 19 €
¿De qué manera el lenguaje se vincula con la realidad? A través de los géneros discursivos porque, gracias a su existencia, podemos ordenar el mundo. Sin desdeñar la relevancia de la teoría de los géneros narrativos de Mijail Bajtín, proponemos una clasificación taxonómica desde la óptica intuitiva de un lector apasionado. Para quien no sabe de teoría ni crítica literaria, hay dos tipos de libros, los que vale la pena leer y los que no. A los primeros, a su vez, podemos clasificarlos en libros que nos entretienen y aquéllos que nos interpelan. Los padecientes, de Gabriel Rolón (Buenos Aires, 1961), encaja a la perfección en la primera categoría.

Ya desde la lúcida reflexión que el excelente Italo Calvino pone en boca de Marco Polo en su conversación con Kublai Kan para Las ciudades invisibles, en la cual el viajero veneciano parece anticiparse a los célebres versos borgianos “otro cielo no esperes, ni otro infierno”, el autor da una pista clara hacia dónde apuntará la obra: hacia el infierno que todos y cada uno de nosotros construimos naturalmente, por el solo hecho de ser animales gregarios.

El juego de palabras de Los padecientes se plantea como una estrategia retórica del autor para dar cuenta de que en esta trama de actores, síntomas, sangre y semen la delgada línea entre la cordura y la insania, pacientes y terapeutas se encuentran bajo la presión que ejerce la angustia como un síntoma. Allí es donde el protagonista se mueve como pez en el agua, o mejor dicho, como perezoso entre las ramas. Lo mismo que un mamífero arbóreo, el joven psicólogo argentino se desplaza con cautela e inclusive con dificultad en tierra firme, sin embargo es entre los árboles, despejando el camino entre la maraña de ramas donde el terapeuta despliega todo su talento. Porque el psicoanalista Pablo Rouviot es muy famoso y respetado entre la comunidad científica, pero además conoce en profundidad el peso de la angustia porque él mismo la ha sentido en carne propia. Con la carga de sus propios traumas irresueltos a cuestas, siente que hallar la verdad en la palabra de los otros servirá para descifrar los arcanos misterios de la propia. Pero aun cuando Rouviot es una eminencia indiscutible en materia clínica, esta vez deberá probar su eficacia en la psicología forense, un área que le es ajena.

Así, por curiosidad humana y por imperativo categórico se verá envuelto en una trampa de dobles discursos, casos cerrados y vueltos a abrir, psicópatas inocentes y normales patológicos. Todos ellos con algo en común: no dicen todo lo que saben, ni puede que sepan todo lo que dicen. En develar el revés de la trama, en su búsqueda por desentrañar el sentido, el licenciado Rouviot emprenderá una investigación de la cual nadie es del todo inocente, cualquiera puede estar implicado. Y hay en todos ellos un denominador común que es el sufrimiento.

Decíamos al principio que la novela de Rolón entretiene pero no sólo eso, también atrapa al lector a lo largo de sus páginas, lo toma de la mano y lo conduce como testigo ocular de una novela policíaca con visos tortuosos. En este sentido, Los padecientes no decae ni defrauda. No obstante, si lo que busca el lector es un libro que, al concluir su lectura, lo interpele con interrogantes que sondeen en los arcanos de la condición humana, esta expectativa se verá incumplida.

En definitiva, para aquellos que buscan la experiencia del thriller con una dosis de erotismo y final catártico, la novela de Rolón será una elección pertinente. Y para los otros que prefieren interrogantes a respuestas, finales abiertos a historias cerradas tras un escueto “Fin”, para eso, está la vida misma.

Por Verónica Meo Laos
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