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Crítica de ópera

Boris Godunov: el poder, ¿a cualquier precio?

sábado 29 de septiembre de 2012, 11:40h
No se puede decir, en realidad, que Boris Godunov haya sido la primera ópera de la presente temporada lírica de la capital, ya que a principios de septiembre se ofrecieron dos funciones en versión concierto de Moisés y Aarón. Sin embargo, sí se trata de la primera ópera escenificada – con un total de 9 funciones, hasta el 18 de octubre – y lo cierto es que la velada se ha caracterizado desde el principio por esa atmósfera de inicio: un teatro lleno - con asistencia de la reina doña Sofía, acompañada del ministro de Cultura, José Ignacio Wert - y el reencuentro de los abonados después del habitual parón del mes de agosto. Además, si pudieran clasificarse las obras a tenor de su oportunidad para dar el pistoletazo de salida a una temporada que se intuye prometedora a pesar de los recortes, Boris Godunov presentaría, sin duda, ese perfil. ¿Qué mejor que empezar a lo grande con una esplendida obra?

La ópera de Musorgski - con libreto del propio compositor basado en el drama histórico homónimo de Pushkin y el libro de Nikolai Karamzin, Historia del Imperio Ruso - es, sin lugar a duda, grande. Pero lo mejor de todo, absolutamente proporcionada. Porque, muchas veces decir grande no equivale a decir armónico. En este caso, sí. Y eso que, quizás, el citado calificativo chirríe al principio cuando, como en este caso, se coloca al lado de una historia real que viene marcada por la sed de poder, el sentimiento de culpa y el sufrimiento de un pueblo gobernado por aquellos que ambicionaban ese poder posteriormente malgastado, podrido en la herrumbre de sus propias emociones, que han colocado muy por encima de la misión sagrada que debería de llevar consigo todo gobierno o mando: la del interés general en vez del particular de cada gobernante.

PIE DE FOTO

En esta nueva producción del Real, que supone el estreno en Madrid de la versión completa con la instrumentación original de Musorgski de 1872, y la incorporación de la escena de la catedral de San Basilio, de la versión de 1869, la idea es la de narrar no sólo los acontecimientos concretos contenidos en la obra sino, en cierto modo, trazar el perfil histórico de un pueblo, el ruso, tantas veces sumido en la miseria a causa de los devenires de su casta política. La historia, obstinada, lo que demuestra incansable es que siempre se repite. Igual que un interminable bucle que, aunque parezca que por fin se ha quebrado, vuelve a enredarse. Otra vez. Y una más. El escenario que presentaba anoche, a modo de telón, una suerte de organigrama del poder político en Rusia, desde Ivan el Terrible a Putin II, era la primera señal de que la escenografía iba a revestirse de un trazado atemporal. Por eso, aunque una noche más han sido los responsables de la escena – con Johan Simons como director - los únicos a los que una parte del público ha estimado oportuno abuchear, tanto el escenario como el vestuario y otros elementos de la escena se mezclaban sin orden ni cronología, igual que ese indeseable bucle histórico al que se hacía referencia.

El interior decadente y desconchado de un edificio sirve para albergar toda la compleja trama que narra la obra. No renuncia, en ningún caso, a la mezcla de ese aparente carácter espartano de corte soviético con elementos ostentosos propios de la época zarista. Es cierto que, en parte, con esos vaivenes estilísticos se renuncia a la congruencia que tanto agrada al aficionado pero, salvo ciertos toques innecesarios, la potencia de lo que se narra y, sobre todo, de cómo se interpreta debería ser más que suficiente para pasar de puntillas, y sin ser tan puntilloso, con la escena. Porque lo cierto es que el trabajo actoral es más que notable y los personajes convencen a pesar de que a veces tengan que arroparse con una tiesa alfombra, llevar máscara como las miembros del grupo ruso Pussy Riot o empaparse la cara con la cerveza de una lata impetuosamente abierta.

Musorsgki, por otra parte, compuso una partitura tan bella y melódica como real y descriptiva. El preludio da buena muestra de ello, dulce y expresivo, de aire típicamente ruso, anuncia una composición que ayuda a captar imágenes y que acude a motivos reminiscentes para identificar a ciertos personajes o determinadas emociones, como en el caso de los ataques de culpa, cada vez más frecuentes y violentos, que padece Boris. Este es, en todo caso, el elemento que marca el devenir de la historia de su mandato. Porque Boris Godunov ambicionaba el poder hasta el extremo de mandar asesinar a Dmitri, el hijo de Ivan el Terrible, que había de suceder a su padre. El problema es que, una vez en el poder, el alma corrompida de Boris ya no logra ver a su pueblo, únicamente al espíritu del niño que murió por orden suya. Al menos según la obra escrita por Pushkin, porque también se ha dicho que el niño murió degollado a causa de un accidente. El bajo austriaco Günther Groissböck es el encargado de dar vida a este personaje atormentado hasta la locura, a quien ni el poder conseguido ni el amor de su familia o la esperanza que deposita en él su pueblo consiguen salvarle. Lo lleva a cabo con desgarradora intensidad, haciendo suyo el personaje y su interpretación ha sido la más premiada por el público.

Del resto del extenso reparto de la obra de casi cuatro horas de duración han destacado especialmente la mezzosoprano rusa Julia Gertseva con su brillante interpretación de la polaca Marina, sedienta de poder, el bajo ruso Dmitry Ulyanov, impresionante en su rol de Pimen, y Andre Popov, el tenor ruso que da voz al personaje de “El idiota”, igualmente muy aplaudido. Completan las voces solistas: el tenor eslovaco Stefan Margita, Alexandra Kadurina, Alina Yarovaya, Yuri Nechaev y el tenor germanocanadiense Michel Kónig, que encarna a Grigori, el falso Dmitri.

Pero ha sido una vez más el Coro Titular del Teatro Real (Coro Intermezzo), dirigido por Andres Máspero, acompañado esta vez por los Pequeños Cantores de la JORCAM, quienes han lucido con más brillo. Y es que se trata, en todo caso, de una obra en la que la parte coral tiene un enorme protagonismo, con 120 voces. Desde su primera interpretación, nada más empezar la obra, tumbados en el suelo desde donde brotaban las voces, su actuación ha ido creciendo hasta alcanzar momentos de un poder, este sí, absoluto pero del bueno. Así, las interpretaciones corales han cosechado más aclamaciones entusiastas del público que las de cualquiera de los solistas, con excepción de Gröissböck y Ulyanov. Igual que ha ocurrido con la Orquesta Titular del Teatro Real (Orquesta Sinfónica de Madrid), a las órdenes del impecable director alemán Hartmut Haenchen, que ya estuvo en la capital la pasada temporada para dirigir Lady Macbeth de Mtsenk.
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