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CRÍTICA

E. L. Doctorow: El lago

domingo 30 de septiembre de 2012, 16:37h
E. L. Doctorow: El lago. Traducción de Iris Menéndez. Miscelánea. Barcelona, 2012. 314 páginas. 19 €

E. L. Doctorow es uno de los grandes autores de la literatura estadounidense. Quizá no tan conocido y aclamado en nuestro país -al menos de momento- como Philiph Roth o DonDeLillo pero cuya obra ofrece un retrato de la sociedad de los Estados Unidos en momentos determinantes de la historia del país. Narra el episodio final de la Guerra de Secesión en La gran marcha, (2005) y se ocupa de la Gran Depresión de los años treinta en obras como La feria del mundo (1985) y en la que aquí nos ocupa, El lago, publicada en 1980 y recientemente editada por Miscelánea en España. Originada a partir de la caída de la Bolsa de Nueva York un 29 de octubre de 1929 (el día que ha pasado a la historia como “martes negro”), la Gran Depresión fue una crisis económica mundial que sumió a la sociedad en niveles muy cercanos a la miseria. Precisamente estos días se cumplen ochenta años desde la toma de la fotografía de los obreros del Rockefeller Center, todo icono de la década de los treinta.

La decadencia moral, derivada de la decadencia económica del momento, parece acompañar la vida del joven Joe, el protagonista de El lago. Este ha huido de su ciudad natal, de las “presencias aborrecibles” que suponen sus progenitores y de un modo de vida opresivo y cerrado. Tras unos meses de estancia en Nueva York, fundamentales en su proceso de maduración y de adaptación a las duras condiciones de vida de una gran urbe, decide emprender rumbo a California, el que era destino por excelencia de aquellos que buscaban nuevas oportunidades en los difíciles años de la Depresión. No obstante, un suceso casual, lo que podría haber supuesto simplemente una anécdota de viaje, le desvía de su objetivo inicial. Un tren en mitad de la noche, y dentro de él un grupo de hombres alrededor de una mesa y una bella joven desnuda frente a un vestido blanco, guían sus pasos hasta un enigmático lugar: el paraje aislado de Loon Lake, propiedad de un enriquecido empresario del país.

Doctorow construye una novela en la que transmite al lector el profundo utilitarismo y la rampante bajeza moral de la época. El protagonista se refiere a personajes y situaciones sin mostrar emoción alguna, como un mero espectador de su propia vida que da testimonio de las gentes con las que se cruza y de los lugares por los que pasa. El autor aprovecha para abordar el tema de los circos en los que el espectáculo estaba basado en la exhibición de toda clase de deformidades y rarezas humanas, un fenómeno triste y abominable, pero frecuente en los EEUU a principios del pasado siglo. La estancia de Joe con un feriante de “Bestiarios Humanos” refuerza la sensación de deshumanización y desolación de la sociedad que el autor pretende -y, en efecto, logra- transmitir al lector: “Era un verdadero genio en la trata de monstruos. ¿Dónde los conseguiría? ¿Habría en algún sitio una distribuidora de monstruos? La había: una agencia teatral de Nueva York, al final de Broadway.”

E. L. Doctorow no sólo se dedica a la producción literaria, también imparte clases de Escritura Creativa en la Universidad de Nueva York. El autor ha confesado que desde pequeño se ha preguntado cómo los autores pueden conseguir emocionar al lector, y posiblemente esa misma pregunta se la ha hecho a las sucesivas generaciones de alumnos que se han formado en materia narrativa gracias a un maestro de las letras como él -entre los que se encuentra, por ejemplo, Richard Ford-. En El lago, Doctorow emplea incluso la puntuación como recurso para emocionar al lector, para atraparle en la ficción que crea y sentir que el protagonista le está contando a él, personalmente, su trayectoria y experiencias en una época dominada por la ambición y el dinero (o más bien por la ausencia de éste). La ausencia de comas en determinados momentos refuerza la indiferencia del protagonista ante ciertos sucesos, su condición de mero observador, o aumenta la intensidad dramática de determinadas escenas, como ocurre en uno de los primeros encuentros entre Joe y Clara, la joven que Joe ve en el tren y que le impacta desde un primer momento: “Me incliné por encima de la alfombra de piel de oso que nos separaba, nuestras manos se rozaron, sentí el calor de la suya”.

Y es que, a pesar de todo, el amor no deja de estar presente en la novela. El lago es una historia de amor, si bien el contexto en el que se desarrolla cobra una importancia vital. Es también una historia de ambición, de misterio, de desatada lujuria, de pasiones y pulsiones primarias. La literatura también tiene un destacado papel: hay un poeta que confiesa haber empleado versos de Wordsworth en los combates de la Guerra de Secesión, y se incluyen algunos extensos poemas que también contribuyen a la narración de los hechos. Narración, por cierto, caótica y salpicada de saltos en el tiempo y cambios de narradores, que supone un reto para el lector. Narración caótica de una época sumida en el caos, en definitiva.

Por Lorena Valera Villalba
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