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RESEÑA

Irène Némirovsky: Jezabel

domingo 30 de septiembre de 2012, 17:16h
Irène Némirovsky: Jezabel Traducción de José Antonio Serrano Marco. Salamandra. Barcelona, 2012. 190 páginas. 15 €
Si el protagonista de El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, está dispuesto a vender su alma al diablo a cambio de la eterna juventud, no menos dispuesta a hacer lo que sea por mantener esa juventud está Gladys Eysenach, personaje central de Jezabel. Así, Gladys no hará un pacto directo con Lucifer, pero sí con su propio y brutal egoísmo. Su enfermiza obsesión por no perder su belleza y, sobre todo, porque los demás no sepan su edad verdadera ni puedan hacer cábalas para averiguarla la conducen a internarse por malignos caminos, en los que desaparece hasta el amor por quienes llevan su misma sangre.

Esta nueva oportunidad de acercarnos al muy personal universo Némirovsky, nos presenta a Gladys Eysenach, una madura, hedonista, rica y excepcionalmente hermosa, pese a sus años, mujer, que es acusada del asesinato de su presunto amante, un jovencísimo estudiante. Ambientado el relato en la Europa de entreguerras, Gladys lleva una vida regalada, de fiesta en fiesta, sin otra preocupación que despertar la envidia de las mujeres y el deseo de los hombres, a quienes ve como trofeos que halagan su narcisismo: “Qué grato era ver a un hombre a sus pies… ¿Qué había en el mundo mejor que el nacimiento de ese poder de mujer? Eso era lo que esperaba, lo que llevaba días presintiendo… El placer, el baile, el éxito no eran nada, palidecían ante aquella intensa sensación, ante aquella especie de mordedura interior: ¿El amor? –pensó-. ¡Oh, no! El placer, casi sacrilego, de ser amada… Nunca había sentido otra cosa que la sed devoradora de ser amada, la deliciosa paz del orgullo satisfecho. Lo miró pensando: Si lo beso, si me estrecha contra su pecho…No, sería indigno de mí. Que se vaya. Soy hermosa, soy joven, vendrá otro”.

Pero ese embriagador poder de seducción inevitablemente se va aminorando con el paso del tiempo, lo que a Gladys le produce una terrible angustia y no puede asumir. De esta forma, asistimos a un proceso de lucha condenada al fracaso, que no se para ante nada ni ante nadie. Concebida como una novela de intriga -¿ha matado Gladys al joven?-, lo más destacado, sin embargo, es el magnífico retrato psicológico que se nos ofrece de esta moderna Jezabel, que, como algún otro de sus personajes femeninos, encierra rasgos de su propia madre, de escaso instinto maternal y atraída por el lujo, que apenas se ocupó de su hija, cuya infancia transcurrió en manos de niñeras y profesores.

Irène Némirovsky es uno de los últimos descubrimientos literarios más interesantes, cuya obra viene publicando Salamandra. Nacida en Kiev, en 1903, en el seno de una adinerada familia, a la que la revolución bolchevique de 1917 obligó a exiliarse en Francia. Allí estudió Letras en la Universidad de La Sorbona y comenzó a escribir y publicar con éxito. La Segunda Guerra Mundial truncaría no sólo su carrera como escritora sino su propia vida. Con la ocupación nazi del país galo, es deportada al campo de concentración de Auschwitz, donde, en 1942, sería asesinada junto a su marido. Las hijas de Irène Némirovsky conservaron una maleta de su madre con el manuscrito de su novela Suite francesa, cuya publicación en 2004 obtuvo un gran recibimiento por parte de crítica y público, lo que ha permitido la recuperación de una escritora de indudable talento.

Por Carmen R. Santos
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